La desaparecida tradición de los altares domésticos

Si el tiempo es siempre el factor clave para entender los distintos sucesos acaecidos en casi cualquier ámbito de la vida, cuánta más relevancia tendrá a la hora de viajar a épocas pasadas para llegar a conocer en profundidad y comprender la sociedad en la que se desarrollaban sus tradiciones y costumbres, algunas para quedarse y otras para ir desapareciendo paulatinamente hasta convertirse en auténticos desconocidos para las generaciones venideras.

Entre una de esas olvidadas costumbres de la Córdoba Cofrade, se encuentra una tan llamativa y hermosa – y viva en contadas excepciones – como la de los altares domésticos. En un leve intento de devolverla al presente por unos instantes para rememorar nuestra historia y la profunda religiosidad de otros tiempos, el polifacético cronista Miguel Salcedo Hierro dedicaba un interesante artículo en el interior de las páginas de la publicación de 1970 de Patio Cordobés, recordando la práctica de la que aún se podía ser testigo “no hace muchos años, en la Córdoba de los barrios populares”.

Dichos altares eran instalados por particulares en sus propios hogares en la jornada del Jueves Santo en una muestra del característico misticismo y recogimiento que tanto se asocia a la antiguas maneras de vivir la Semana de Pasión. “parecía como si la gente, para tener una mayor participación en la liturgia de las fechas, alargase el Misterio, trayéndolo del templo, en religiosa importación, para que el domicilio pudiera ser considerado como una prolongación de la iglesia”.

Salcedo Hierro no dudaba en hacer referencia al sello propio de los altares domésticos cordobeses, establecidos con la más absoluta convicción religiosa a diferencia de los poquísimos que aún en 1970 seguían levantándose y que el cronista justificaba más con un claro objetivo turístico, incluso a pesar del poder del Ayuntamiento de la ciudad sobre la población, pues la extinguida tradición era a menudo fuertemente incentivada con los sucesivos concursos y consiguientes premios que se repartían.

La idea original, respaldada por la poderosa espiritualidad que se desprendía de los altares, comprendía las constantes visitas de la comunidad cordobesa durante todo el Jueves Santo así como durante la madrugada del Viernes Santo. Frecuentemente, los vecinos de los barrios de mayor popularidad se reunían con la intención de velar al Santísimo que, “por supuesto, no estaba corporizado, sino en el espíritu y en el deseo de los acompañantes. ¿Sería posible hoy, un enfoque así de la espiritualidad? Me temo que no. Por eso creo que los altares no están ya más que en el recuerdo y en la historia de las tradiciones cordobesas”, se atrevía a afirmar con rotundidad el recordado Miguel Salcedo.

La preparación de los altares era, sin duda de lo más interesante, pues la colocación de estos se llevaba a término tras haber elegido para tal fin la habitación de mayores dimensiones y con vistas a la calle, ya que era esencial que los fieles pudiesen observar cada uno de los altares a través de una típica reja. Como es lógico, estos se disponían siempre en la planta baja de la vivienda, salvo en los bares y tabernas, donde los dueños de los establecimientos los instalaban en el piso principal, aunque en este caso las hojas de los balcones permanecían abiertas de par en par para que pudiesen ser contemplados a pie de calle.

Cabe destacar, asimismo, que los montajes de los altares solían contar con la numerosa colaboración de los vecinos, quienes se prestaban entregando cuantos materiales y piezas fuesen necesarias, empleándose para tal fin mayoritariamente mesas, cajones de madera, cajas y listones, dando lugar a un esmerado y minucioso ensamblado que finalmente sería cubierto con sábanas blancas y bordadas. Para completar la estética del altar se usaban, además, flores, lámparas, macetas, floreros, papeles de colores, imágenes, exvotos, vasos, cristales, aceites, mariposas amén de otros muchos elementos que sirviesen para demostrar la fe y el fervor de quien lo donaba para la instalación del altar, siempre y cuando estos tuviesen un cierto mérito artístico.

Una vez dispuestos, los cordobeses acudían a visitar alternativamente los sagrarios de las iglesias y los altares domésticos en las anteriormente mencionadas jornadas del Jueves y la madrugada del Viernes. Para suscitar una devoción aún mayor, los propietarios invitaban a quienes habían demostrado gran destreza a la hora de cantar saetas “para que expresaran el recuerdo de la creencia cristiana a la manera tradicional andaluza. Se dice que, al amanecer, como los acompañantes del altar, se sintiesen ya adormilados, como consecuencia de las largas horas de vigilia, no faltaba a la ventana un hombre que entonase esta copla:

Qué hermoso está el Monumento
con tanta vela ensendía:
mujeres que estáis adentro:
despertad, si estáis dormías,
y adorad al Sacramento.

Como prueba de la gran familiaridad que se propiciaba con los altares domésticos, las veladas solían prolongarse y no era en nada extraño que las reuniones de devotos en la casa de los propietarios se amenizasen con copas de anís y tortas con almendras.

Concluía Miguel Salcedo Hierro su documentado artículo añadiendo que “los altares cordobeses pertenecen a un pasado distinto. Es imposible su resurgir. Pero fueron dignos de ser cantados y, mucho más, de dejar constancia de ellos aquí, al hablar de aspectos de la Semana Santa cordobesa”.