Córdoba

La despedida de un Capataz con mayúsculas

Resulta extremadamente complejo hacer una semblanza de una persona que lleva toda su vida formando parte del universo cofrade. Un cofrade con mayúsculas con un bagaje indiscutible en su faceta profesional y en el trabajo que ha desarrollado a lo largo de décadas formando parte de ese núcleo de capataces que fueron germen de lo que hoy en el mundo del costal en la ciudad de Córdoba. Hablar de Ángel María Varo Pineda, dorador, capataz y cofrade es hacerlo de una de esas figuras indiscutibles que gozan de un lugar de privilegio y del respeto de propios y extraños, de quienes han compartido experiencias vitales con él y de quienes solamente pueden hablar de él en virtud del testimonio de terceras personas. Un elogio sincero del que pocos pueden presumir.

Más allá de su faceta como dorador, cuya calidad incontestable se deja notar en multitud de trabajos diseminados por los cuatro puntos cardinales de la geografía cofrade, este Jueves de Corpus, se despedía uno de los capataces que han marcado una época en el seno de la realidad cofrade cordobesa, al mando del paso que la Hermandad de Ánimas, una de sus cofradías, dispone cada año para portar por las calles de San Lorenzo a Su Divina Majestad. Y lo hizo como lo hacen los más grandes, rodeado de amigos, de aquellos que respetan su herencia mayúscula, de quienes profesan una devoción inalterable a la labor que ha desarrollado durante más de tres décadas mandando pasos.

Muchos fueron los que se dieron cita en esta jornada sumamente especial para Varo y sería injusto relacionar para olvidar a algunos de los muchos que no quisieron faltar a la cita. Pero todos ellos quisieron rendir su particular homenaje a un capataz con una trayectoria intachable al frente de pasos como los del Santísimo Cristo de la Misericordia, su hermandad de cuna y donde construyó su primera cuadrilla de hermanos costaleros allá por 1984. Una trayectoria que tuvo su origen un año antes delante del paso de la Virgen del Socorro y que se prolongó hasta este jueves.

Capataz del paso del Cristo de la Misericordia entre 1984 y 1993, del paso de palio de la Virgen de las Lágrimas como segundo de José Luís Ochoa, capataz del palio de Nuestra Señora del Buen Fin en 1987, segundo de Rafael Soto en el Misterio de la Sagrada Cena en 2010, contraguía con Lorenzo de Juan en la Sentencia, capataz de la Fuensanta Coronada en 2014, del Cristo de la Clemencia y del trono del Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas desde 1985 y hasta 2016 cuando las vicisitudes de la vida le indujeron a poner punto y final a su extensa trayectoria, Ángel María Varo es uno de esos personajes insustituibles sin cuya existencia la Semana Santa de Córdoba hubiera sido netamente diferente. Pregonero de Glorias, del costal y de la Semana Santa de Córdoba, su figura respetada y admirada ha sido y es un verdadero referente y ejemplo para varias generaciones de cofrades y espejo de trabajo incondicional alejado de cualquier pretensión accesoria en el que deberían mirarse las presentes y futuras hornadas de capataces.

Este Jueves, con su marcha, se marcha un capataz pero permanece su legado, ese que se añade al aportado por otros muchos cofrades que no han precisado jamás de aureolas impostadas ni loas artificiales porque han erigido su herencia sobre bases mucho más sólidas, la honestidad y la auténtica sabiduría, la que se nutre de las fuentes adecuadas y se potencia haciendo siempre lo que se debe, exactamente cuando se debe, aquella cuya esencia, sin necesidad de forzadas poses de cara a la galería, se convierte de manera natural en parte de la historia de la Córdoba Cofrade.

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