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Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

La devoción de Manolete por la Virgen de los Dolores

Sobradamente conocida en la ciudad de Córdoba es la devoción de Manuel Rodríguez Sánchez, quien fuera apodado Manolete, por Jesús Caído. Sin embargo, no sería justo obviar la relevancia de la Virgen de los Dolores en la vida del matador de toros. El fervor del torero hacia Nuestra Señora de los Dolores, es un hecho que se evidenciaba con su pertenencia a la célebre corporación y con la fotografía de una dolorosa por excelencia de la ciudad califal, la cual llevaba consigo en sus viajes y presidía el improvisado altar que el diestro disponía en la habitación del hotel en que se hospedase. Allí, como vemos en las fotografías, Manolete elevaba sus oraciones a la Santísima Virgen, poniéndose en sus manos en los tensos momentos previos a las corridas de toros que él protagonizaba y que los amantes de la tauromaquia no podían pasar por alto.

Muy comentados han sido los hábitos del torero, que se han ido narrando en una multitud de ocasiones hasta transformarse en una tradición que, a su vez, ha hecho que las generaciones posteriores imaginen infinidad de veces a un sentido Manolete rezando frente a la Virgen de los Dolores. Para llegar a Ella, el torero subía por un lugar tan rebosante de cordobesismo como es la emblemática Cuesta del Bailío, punto que, como bien sabemos nos obliga a encontrarnos de lleno con el popular azulejo de la venerada Señora. Lejos de pasar de largo, el inigualable matador se detenía frente al retablo cerámico que retrata a la inconsolable dolorosa de Juan Prieto para mirarla fijamente el tiempo que él, en su fuero interno, estimase oportuno.

Este procedimiento no respondía a otra cosa que a una necesidad sembrada por el profundo respeto y desgarro que la Virgen de los Dolores ha suscitado a lo largo del tiempo en la sociedad cordobesa en general y en Manolete en particular, quien reconocía que era menester “entrenarse” antes que entrar decididamente al templo que custodia la Señora de Córdoba desde su privilegiado camarín, donde se alza majestuosa, con la cabeza alta y una mirada baja con la que parece contemplar a los incontables fieles que, en toda su historia, han recorrido la blanca Plaza de Capuchinos en eternas filas a la espera de rezar ante Ella.

Una prueba más de la devoción del matador de toros más notable de la historia hacia la Virgen de los Dolores quedaba bordada en el magnífico e imprescindible capote de seda y oro en el que llamaba la atención el busto de la afligida Señora, que para él hiciera las veces de escudo, interponiéndose entre su vida y la amenaza constante que representa la azarosa y arriesgada profesión del torero.

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