El Capirote, Sevilla, 💙 Opinión

La inevitable manía de cargárnoslo todo

En estos tiempos que corren la Semana Santa dista mucho de ser lo que era cuando fuimos niños. No solamente hay un boom de fotógrafos y cámaras que impiden la visión de las imágenes, como pude comprobar hoy en el Vía Crucis del titular cristífero de la Hiniesta, que en ocasiones era imperceptible dada la lluvia de flashes y la gran cantidad de cámaras y móviles.

Aunque hay quien afirme que la Semana Santa permanece intacta, no hay más que darse una vuelta por la Plaza del Salvador al pasar la Macarena o transitar por zonas donde antes el silencio era prueba inequívoca de que una cofradía estaba pasando por delante. Ahora el silencio se busca en algunos rincones y ni qué decir tiene que las sillitas llegaron para quedarse.

Pero también la mala educación parece abundar más que en años anteriores. Uno no puede pasar por delante de quienes llevan horas esperando -según ellos- porque emergen como auténticos dueños de los adoquines aledaños y de los que pisan y te impiden tan solo cruzar al otro lado. Y no basta solo con eso, son capaces de increpar, de faltar el respeto y llamar la atención, todo al mismo tiempo.

En semanas pasadas escribí sobre el triste espectáculo que se vivió con la llegada de la Virgen del Rosario de Montesión al Convento del Espíritu Santo donde parte del público dejó bastante que desear. Pero más allá de palpar esta pérdida de respeto en procesiones, traslados y cultos también puede medirse en exposiciones.

Sucedió el pasado viernes, en la exposición del Gran Poder. En la sede de la Fundación Cajasol hay montada una soberbia muestra donde se exponen obras reconocidas por el público cofradiero con otras que no lo son tanto, en una muestra que seguro será recordada durante años no solamente por el notable patrimonio expuesto sino por la organización de la misma.

En la sala donde se exponen las diversas túnicas que forman parte del ajuar del Señor de Sevilla hay un espacio donde la “túnica de los devotos” cobran gran protagonismo. Ha sido expuesta aparte, en el centro de una pequeña sala. Los nombres de los devotos están sobre un adhesivo que recorre todo el perímetro de la pared. Y en un rincón, entrando a mano izquierda, aparece el forro de la misma, donde, como saben, se encuentra serigrafiados los nombres de las casi cuatro mil personas que han sufragado la pieza.

Una señora accede al interior de la sala y rauda y veloz se dirige hasta este rincón, para buscar su nombre en el forro. Debió pensar que los nombres impresos en la pared estaban solo formando parte del atrezzo, pues se dirigió de tal modo a la pieza que comenzó a voltearla para buscar su nombre grabado. Acto seguido accede una de las responsables de seguridad para pedirle que no toque la obra. Pero la señora sigue dando vueltas al forro buscando por las mangas el nombre. “Es que yo he visto la túnica en la Basílica y vi los nombres”, refirió la señora. “Se mira pero no se toca”, respondió la empleada, intentando colocar bien una pieza que ya, tras ser volteada, no lucía igual que en su posición original. Ni un perdón, ni una disculpa, la mujer que había colaborado con la pieza se limitó a decir que no la había tocado, cuando los allí presentes acudimos a presenciar un espectáculo que muestra una vez más adónde estamos llegando. Y no es la primera vez que han de dar un toque a quienes se acercan a ver esta joya. Al margen de esto, no se pierdan la exposición. Y recuerden, no tocar.

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