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La Madrugada de 1897, del lucimiento extraordinario al escándalo en San Gil

La prensa de la época refleja cómo se vivió aquella lejana jornada en la ciudad

A las puertas del nuevo siglo, España se enfrentaba a la pérdida de sus posesiones en ultramar. El 2 de diciembre el país concedía la autonomía a Puerto Rico y semanas antes William McKinley anunciaba la intervención de Estados Unidos en la insurrección cubana contra España. Era el convulso año de 1897, al que se encadenaría el catastrófico 1898, con una serie de consecuencias que acelerarían el desastre que marcaría a toda una generación.

Aquel año fue descubierta la Dama de Elche y Benito Pérez Galdós, grande entre los más destacados escritores de nuestra literatura, fue recibido por la Real Academia en la villa de Madrid.

La Semana Santa arrancó el Domingo de Ramos con cuatro cofradías: la Cena, los Negritos, las Aguas y la Amargura. Algarabía de capirotes blancos en una jornada que en Triana se vivía junto a su hermandad de silencio. El Miércoles Santo continuó con la Estrella, los Panaderos, el Calvario, Cristo de Burgos, las Siete Palabras y la Lanzada, mientras que el Jueves Santo se iniciaba con Monte-Sión y las Cigarreras y proseguía con la Quinta Angustia, el Valle —que salía desde el Santo Ángel—y Pasión, que cerraba las estaciones penitenciales de la jornada.

Para El Noticiero Sevillano llamó poderosamente la atención el fervor que acompañaba a la Virgen de la Victoria durante su regreso hasta los Terceros, templo en el que residía por entonces: «Detrás del paso de la Virgen iban muchas cigarreras y maestras vestidas de negro la mayoría y con mantilla. Iba también una hermosa joven, penitente, con hábito de Jesús y descalza. En la plaza de los Terceros hubo un grandísimo entusiasmo al entrar la cofradía. Las cigarreras habían hecho gran número de ofrendas a la Virgen».

La prensa recogió detalladamente los Monumentos que se levantaron en las distintas iglesias. Así por ejemplo sabemos que el de San Lorenzo constó «de cuatro caras, existiendo además un Sagrario reservado en una capilla inmediata al retablo de Ánimas». El cronista relató que la céntrica parroquia «ha sido la iglesia más transitada de todas las de Sevilla. […] Durante todo el día se ha visto aquel templo lleno de fieles. El número de extranjeros que se estacionaban perplejos ante los pasos del Señor del Gran Poder y de Nuestra Señora del Mayor Dolor y Traspaso, era grandísimo». En San Juan de la Palma se levantó en la capilla sacramental, con cuatro caras, resultando «muy severo y elegante en su conjunto». En uno de los lados se hallaba «una cruz cubierta con un paño fúnebre». Por su parte, en San Juan de Dios, el Monumento constó de tres cuerpos y una sola cara, con gran profusión de flores, ubicándose dos altares portátiles con «dos magníficas efigies, representando una de ellas la flagelación de Nuestro Señor Jesucristo atado a la columna y la Coronación de Espinas».

Tumultos a última hora

Pasión puso el broche de oro a la jornada. Sin embargo, cuando pasaba por la calle Sierpes la cofradía sufrió el desorden en sus filas. El Noticiero Sevillano informaba así: «Parece ser que entre un vendedor y un caballero que ocupaba una silla se cambiaron algunas frases gruesas. Intervinieron cuatro individuos que sacaron armas, entones prodújose el tumulto: las personas que estaban más inmediatas, principalmente señoras comenzaron a correr para ponerse a salvo, y una vez que cundió la alarma, como en tales casos sucede, fue imposible restablecer la tranquilidad hasta pasado bastante tiempo». Y finaliza el relato afirmando que un importante número de personas llegó hasta la Campana, «otras hasta la plaza de San Francisco y la mayoría se refugiaron en los establecimientos donde pudieron».

La Madrugada

«Con orden completo y con lucimiento extraordinario, pasaron por la plaza de San Francisco esta madrugada las cofradías que salieron de las iglesias de San Antonio Abad, San Lorenzo, San Gil y San Jacinto». Así comienza la crónica de la noche más esperada, destacando las agradables temperaturas que contribuyeron a unas calles con numeroso público. A la hora del cierre de la edición ya se encontraban en el interior de sus respectivas sedes las dos primeras y la Esperanza de Triana en su barrio. «La multitud se dirige hacia la calle de la Feria y barrio de la Macarena para ver por centésima vez la imagen predilecta de los sevillanos. La cofradía no entrará en San Gil hasta después de las diez, si los macarenos no hacen, como otros años ha sucedido, que permanezca en la calle hasta el mediodía», recoge el medio. Resulta curioso no se hayan encontrado referencias en prensa consultada a la estación de penitencia de los Gitanos, quedando constancia de que desde 1891 ya formaba parte de la jornada. Tampoco aparece mencionada en algunos programas de mano de la época.  

La crónica destaca el importante número de nazarenos que figuraban en el Gran Poder, asistiendo detrás de la dolorosa alrededor de doscientos penitentes, en su mayoría mujeres. A pesar de que las calles estuvieron abarrotadas no sucedieron incidentes reseñables. De los diarios de la época, como El Porvenir o la Andalucía —los dos grandes órganos hispalenses del XIX—, es precisamente El Noticiero Sevillano el que más centra su información en las corporaciones penitenciales.

Sobre la entrada de la Macarena —en este año se reorganiza la centuria— expone lo siguiente: «En el típico barrio donde con más fervor se venera a la milagrosa Virgen de la Esperanza, ha reinado durante la mañana de hoy esa característica animación que es allí peculiar en este día. Mucho antes de que los pasos de la cofradía de San Gil entraran, de regreso, por la calle de la Feria, había grandísimo bullicio y animación en aquel barrio: la mayoría de las muchachas paseaban o exhibíanse en sus balcones, lujosamente ataviadas y es inútil decir que se veían muchísimas caras bonitas. […] La cofradía llegó a las calles inmediatas a San Gil cerca de las nueve de la mañana. […] La mayoría de los nazarenos se habían descubierto la cara y muchos daban muestras de haber trasegado no poco mosto durante la estación. Se oían constantemente vivas a la Virgen de la Macarena, a la «Reina de las Vírgenes» y otros gritos que demuestran cuánto es el fervor con que se venera a la milagrosa imagen».

La mañana en San Gil

«Es raro el año que no ocurre algún suceso desagradable en el barrio de la Macarena con motivo de la cofradía de la Esperanza». De este modo se inicia la información relativa a un suceso que tendría lugar a primeras horas de la mañana. Titulado «Escándalo en San Gil», el cronista se hace eco de un episodio protagonizado por un beodo. Prosigue la narración refiriendo: «Parece que poco antes de entrar en la iglesia el paso de la Virgen, algunos de los que habían bebido más de lo regular dieron vivas a la Virgen a la vez que pronunciaron otro gritos censurables siempre y dignos de la mayor censura para escucharse en un recinto sagrado. Un agente de vigilancia trató de arrojar de allí al más bullanguero, pero este se opuso, promoviendo un altercado que produjo gran confusión y pánico entre los concurrentes». A continuación, prosigue el relato: «Un soldado salió en auxilio del agente de la autoridad y desenvainó el sable para hacerse respetar, aumentando este exceso de celo un escándalo mayor del que hasta entones dominaba en el templo, el cual abandonaron presurosos y alarmados la mayoría de los concurrentes. La escota del paso, que pertenecía a la benemérita, penetró en la iglesia, consiguiendo con gran tino restablecer el orden y deteniendo al autor del escándalo, que condujo a la sacristía, donde quedó durmiendo la mona en uno de los bancos».

Restablecido el orden, el Viernes Santo se vivió con oficios en los templos —en la Catedral predicó el capuchino fray Cándido de Monreal y se descubrió y adoró la cruz— y con las últimas cofradías en la calle: el Cachorro, la O, San Isidoro, Montserrat, la Mortaja, el Museo y la Soledad de San Lorenzo.

Conocemos aquel año por las instantáneas de Almela, algunas reflejadas aquí, que nos muestran visualmente cómo fue la Semana Santa de finales del siglo XIX. La prensa, en su afán por informar sobre los acontecimientos, no faltó tampoco a su cita con la celebración más universal.

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