Córdoba

La túnica de Marta

En muchas ocasiones, las hermandades son los nexos de unión con los que conectamos con las personas. Son los núcleos en el que muchos jóvenes han crecido y se han llevado para sí amistades, parejas, e incluso, muchos podrán decir que en este universo han encontrado a la madre de sus hijos. Y es así, en las cofradías se vive o, si quieren decirlo de otra forma, nos dan la vida. Pero, ¿pueden las cofradías quitarnos la vida? Tampoco, porque siempre habrá quien te recuerde viendo solamente la mirada de esos titulares.

Al cabo del tiempo, Lucas descubrió en un cajón varias fotografías de su pasado, y sin buscarla, encontró una muy especial para él. La instantánea retenía a Marta y a él. Llevaba ya muchos años fuera de España y apenas volvía a Córdoba. Se preguntaba qué había sido de Marta, su amiga incondicional. En tanto tiempo ninguno de ellos había reparado en saber el uno de el otro. Perdieron su número de teléfono y la distancia rebanó su amistad poco a poco. Al encontrar aquella estampa rememoró muy buenos momentos de su adolescencia, y se le ocurrió enviarle una carta con ésta a la dirección de sus padres, que si no mal recordaba, aún tenía apuntada por su agenda. Efectivamente, así era.

En el sobre, además de la dicha fotografía añadió una carta dirigida para Marta, en la que decía:

«Hoy encontré esta foto buscando un viejo papel. Me emocioné porque con ella vinieron muchos de los recuerdos de los que nunca me he olvidado. Como tampoco me he olvidado de ti. Siento no haber vuelto a tener contacto, pero quiero recuperarlo. ¿Te acuerdas de tantas tardes limpiando en la casa hermandad? ¿Te acuerdas de lo nerviosos que nos poníamos cada Lunes Santo? Yo sí. Sobre todo de cada vez venías a consolarme cuando estaba mal. Me quedaron tantos besos que darte amiga, pero aún estamos a tiempo para dárnoslos. No se que es de ti, pero seguro que estás tan guapa como siempre. Espero que me respondas cuando puedas, aún así te dejo también mi teléfono para que me llames.

Un beso enorme.»

Al llegar la carta, la recogió el padre de Marta. Se extrañó porque no conocía el nombre del remitente. Cuando le preguntó a su mujer, ya le explicó quién era y abrió el sobre. El padre le contaba lo que Lucas había escrito. Ambos decidieron ir esa misma tarde a llevársela a su hija. Seguro que le haría mucha ilusión.

Hacía ya dos días que Marta estaba sedada y lista para despedirse de este mundo y reunirse con sus titulares. El cáncer había acabado poco a poco con la mecha de su vida, pese a todos los tratamientos que tuvo y su fuerza de voluntad tan fuerte, el diablo le había vencido en la vida.

Sus padres llegaron, y justo en el momento en el que estaban leyéndole la carta, Marta soltó dos lagrimas e intentó esbozar una ligera sonrisa. Pese a estar sedada, ella sabía lo que estaba sintiendo. La foto se la puso su madre en el foco, encima de la cama junto con un leve beso en la frente.

Al día siguiente murió.

Los padres llamaron a Lucas con el teléfono que le había dejado. Su cara palideció y rompió a llorar. Jamás pensó cuando escribía esa carta que la situación de Marta fuera esa. Cogió el primer avión que salió, y llegó justo para el entierro. Decidió pasar varios días en Córdoba, iba todas las tardes a San Fernando a ver a su Señor y a su Virgen y siempre les decía:

«¿Porque os la habéis llevado? Tenía que estar aquí ahora, es muy pronto para que esté con vosotros»

Dos días después del entierro los padres de Marta llamaron a Lucas, para que fuera a su casa a tomar café. Y así fue. Él aceptó encantado y sabía que en esos momentos tan duros no podía dejarlos solos. Cuando llegó a la casa se encontró con una sorpresa que no se esperaba. Le dijeron que Marta le había dejado un regalo aquí antes de morir.

Al llegar a su cuarto se le vinieron miles de momentos ya que estaba igual que como lo recordaba y en el que tantas tardes habían estado juntos y tantas risas compartieron. Encima de la cama se encontraba una caja de cartón alargada. Al abrirla, Encontró una carta que ponía «para Lucas» y que decía:

«No sé dónde estarás, como estarás o de qué manera. Te perdí la pista, y no sé nada de ti. Una pena. Tenía tantas cosas que contarte, tenía tantos abrazos prometidos contigo y tantas fiestas que ahora sé que no compartiremos jamás. Ahora ya es tarde. Se que estás bien, eres un portento en cada cosa que haces porque le pones corazón, pasión y esfuerzo. Y eso, mi corazón lo siente. Te dejo mi túnica, llevo ya años sin sacarla y quiero que la tengas tú. Tú me enseñaste el verdadero valor de la amistad, y ellos, los que nos protegieron. Dentro de poco, me iré con Ellos y si cada Lunes Santo, ves que a les brillan los ojos, no llores. Sonríe. Porque yo estaré a tu lado abrazándote y al lado suyo, calmándole el dolor»

Y así fue, el Lunes Santo Lucas volvió a ponerse la túnica. Aunque esta vez era la de Marta. Al llegar, se volvió para mirar a sus titulares. Le brillaban la mirada. Porque aunque no fuera físicamente, sabía perfectamente que Marta estaba allí con él. Abrazándolo como hacía tantos años, delante de los titulares de la Estrella.

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