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Córdoba, El Cirineo, España, Opinión, Sevilla

La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad

En los últimos tiempos resulta extremadamente desconcertante dedicar un tiempo mínimamente razonable a revisar y analizar el modo en que la prensa analiza la realidad que nos rodea. Conste que yo siempre he sido un ferviente defensor del concepto de objetividad controlada, una teoría que afirma que en prensa, la objetividad absoluta no existe de modo que cualquier información siempre está matizada por un componente subjetivo que es personal e intransferible de la persona que suscribe una noticia. Otra cosa es que esa visión personal transcienda de manera más o menos sutil. Sea como fuere, siempre me ha parecido absolutamente legítimo que la información, si bien se presente del modo más aséptico posible, se vea en cierto modo condicionada por la visión del suscriptor o en su caso del medio, la línea editorial de toda la vida. Lo que pasa es que muchos periodistas no lo reconocen, pero basta con leer la misma noticia en diferentes medios de comunicación para constatar que esto que les cuento es una verdad incuestionable.

Partiendo de esta máxima, nada debería extrañar encontrar un mismo hecho tratado de manera diametralmente opuesta bajo cabeceras con una orientación política divergente. Hasta ahí, todo normal. El límite se encuentra, no en el prisma bajo el que se cuente un sucedido, sino en la verdad. En el momento en que esta verdad se prostituye, tenemos un problema. Le voy a poner un ejemplo. En julio de 2017 un etarra murió en una cárcel de Badajoz. Un hecho objetivo que reducido a esa frase permite múltiples interpretaciones de muy distinto calado. Profundizando en el asunto, resulta que el terrorista falleció de un infarto haciendo deporte.

Sin embargo, si usted lee determinados titulares de la época, el detalle de que el fallecimiento fue consecuencia de un infarto se omite u oculta, de tal modo que puedan presuponerse otras causas. Y aun cuando se hable de que la causa de la muerte fue un infarto, en algunos diarios hay que rebuscar con fruición para encontrar que el infarto obedeció a una práctica deportiva. Vaya, que el asesino murió por lo mismo que podría haber muerto cualquier inocente haciendo footing en un parque público. Sin embargo, debidamente aderezada y convenientemente adornada, la información puede llegar a inducir a que las causas no fueron necesariamente naturales y llevado al extremo, incluso llegar a sospechar que las razones podrían estar relacionadas con esas presuntas denuncias que periódicamente realiza Amnistía Internacional acerca de presuntas torturas organizadas en cárceles españolas, que jamás han sido demostradas de manera contundente y que desde hace muchos años han provocado mi absoluto desprecio por esta supuesta ONG y su descrédito internacional – si te mienten en esto, te pueden mentir en todo lo demás -.

Y es que ocultar estos datos exceden con mucho la aplicación de la teoría de la objetividad controlada para convertirse en burda manipulación. El colmo de la poca vergüenza lo perpetró Público, esa cabecera de extrema izquierda que miente más que habla, que al titular la noticia incluyó un elemento cuando menos curioso para abordar el asunto. Público, diario sectario donde los haya, tituló “Muere un preso de ETA, Kepa del Hoyo, en una cárcel de Badajoz, ubicada a 750 km de Euskadi”. Por descontado que el titular llama poderosamente la atención, fundamentalmente por el añadido del kilometraje que separa a Badajoz del País Vasco, ya que trasciende de semejante enunciado una presunta injusticia cometida sobre – no lo olviden – todo un asesino, al mantenerlo “de manera inhumana lejos de su tierra prometida”, convirtiendo un simple titular en una denuncia de la política de dispersión de presos etarras que aplica desde hace años el Gobierno de España.

Una manipulación burda que añade un elemento, que nada tiene que ver con la información, y convierte el tratamiento en bazofia politizada. Bazofia politizada que, curiosamente en este caso, resulta aún más ridícula, si atendemos a la casual circunstancia de que el etarra en cuestión, nació en Almendralejo, por lo que murió a escasos kilómetros de su lugar de nacimiento. Cierto es que, tratándose de Público, puede ser ignorancia e incompetencia pura y dura pero no me negarán que, pese a todo, cabe la posibilidad de una repugnante utilización política y una impresentable defensa de un condenado por asesinato que no tuvo consideración alguna para apretar el gatillo por la espalda y dejar con “su valentía” huérfanos y viudas.

Si este tipo de manipulación vergonzosa afecta a informaciones inmediatas, perfectamente comprobables y constatables, ¿qué no ocurrirá con aquellos textos que versan sobre cuestiones históricas? Esta misma mañana ha llegado a mis manos, a través de un amigo, un artículo titulado “La misteriosa y falsa foto de unos seminaristas con fusiles en 1936” publicado en navarraconfidencial.com, medio cuya existencia hasta hoy, para serles sincero, desconocía. El artículo habla de una foto, presuntamente tomada en la plaza de toros de Badajoz, que muchos hemos visto a través de las redes sociales acompañada, como bien recoge el mencionado artículo, de una densa secuencia de comentarios insultando a la iglesia y llamando asesinos a los “religiosos que mataron impunemente a miles de valientes e inocentes republicanos defensores de la democracia y la libertad, durante la guerra civil y la represión que la sucedió”. Comentarios apenas trufados por respuestas “compensando” con los miles de religiosos asesinados durante la república y la guerra civil a manos de algunos de estos maravillosos demócratas por el mero hecho de vestir sotana y tener unas creencias que odiaban y cuyo asesinato, a la vista de esta foto, estaría plenamente justificado.

Si ustedes leen detenidamente el artículo, descubrirán que la foto es falsa. Es mentira que se trate de unos seminaristas fusilando a nadie en Badajoz en 1936. En primer lugar porque la plaza en cuestión no es la de Badajoz sino la de Pamplona, como demuestra el artículo y se aprecia en la siguiente imagen, y en segundo, porque la plaza de Pamplona donde realmente fue tomada la foto, no es la actual sino la antigua, que sufrió un incendio en agosto de 1921 y fue demolida en 1922. La foto de la derecha, que demuestra la mentira, fue tomada poco antes de la demolición y en ella se aprecian algunas de las secuelas del incendio.

La manipulación llega hasta el punto de que una presunta directora de cine – a la que tampoco conozco y cuyo nombre me importa un bledo, disculpen mi ignorancia – incluye la foto en una película – imaginen de qué tipo – subrayando que “esta escena está inspirada en una fotografía tomada en 1936, en la Plaza de toros de Pamplona, en la que se muestra a sacerdotes armados y en formación militar”, añadiendo “mi película abre una puerta para que la Iglesia pida perdón”. Y se queda tan pancha. Me sumo a los compañeros de Navarra Confidencial, al afirmar que es posible que la presunta directora “se disculpe públicamente con la Iglesia en cuanto se entere de esto”.

El artículo concluye aportando una posible justificación histórica de la foto alegando que “a partir de 1912 se terminaron las exenciones del servicio militar, incluyendo a los seminaristas. No obstante, por las peculiaridades de su condición, es posible que no tuvieran que integrarse en el ejército como soldados sino que meramente recibieran un cierto nivel de instrucción en las armas. La imagen correspondería a uno de los momentos de esa instrucción, que habría tenido lugar en la plaza poco antes de ser demolida”. Explicación que, para el caso que nos ocupa, no deja de ser una mera curiosidad porque lo realmente trascendente es que la mentira fluye sin descanso y es usada sin decoro alguno por muchos, en ocasiones por desconocimiento y en muchas otras sencillamente por alimentar el odio contra aquello a lo que odian y desprecian.

En los últimos tiempos, el odio contra la religión – la católica por supuesto, contra el Islam no se atreven a ladrar – se ha incrementado de manera exponencial alcanzando niveles muy peligrosos. Se agrede, se insulta, se destroza e incluso se han llegado a arrojar objetos incendiarios contra templos e imágenes en una escalada de violencia que comienza a parecerse demasiado a determinados hechos que se multiplicaron durante la Segunda República, esa que algunos siguen defendiendo como un paraíso de igualdad, de progreso y de democracia, pero que en realidad fue un sendero continuo de desmembramiento del país, de destrucción de valores y de construcción de un castillo de naipes y miseria contra una parte de la sociedad, cuyo único destino posible, para muchos de sus actores, no era otro que la instauración de un régimen totalitario a imagen y semejanza del construido en la antigua Unión Soviética.

Un sendero infernal que terminó provocando una guerra fratricida en España cuyas secuelas están más latentes que nunca. Y toda esta manipulación está encaminada a alimentar el mismo odio que nos llevó entonces al abismo, por totalitarios de la misma calaña. Una manipulación sectaria pregonada hasta el hartazgo por la extrema izquierda que solamente parece tener un fin, un nuevo enfrentamiento social, para aniquilar todo aquello que odian, entre lo que se encuentra, no lo duden el catolicismo y todo lo que huele a incienso, cofradías incluidas.

Un camino de perdición que solamente puede contrarrestarse con la firme defensa de nuestros derechos como ciudadanos, la libertad y la democracia frente a todos aquellos que desean subyugarnos bajo un régimen autoritario como el que ha apropiado en los últimos años de Venezuela y denunciar cada mentira que llegue a nuestras manos. Parafraseando al personaje más importante que ha dado la historia de la humanidad, Jesús de Nazaret, sólo la verdad nos hará libres. Luchemos pues por gritar al mundo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad; nos va en ello nuestra propia supervivencia.

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