Córdoba

La Virgen de Linares convoca al pueblo de Córdoba

La Virgen de Linares es una de esas devociones esenciales de la ciudad de Córdoba, profundamente enraizada en la esencia misma de lo que significa ser cordobés que congrega a sus gentes periódicamente a lo largo de año para ejercitar esa reciprocidad que existe desde hace casi ocho siglos entre la Madre de Dios y el pueblo que le reza y le venera. Así ocurre cada mes de mayo, cuando recorre la Sierra de Córdoba protagonizando su tradicional rosario vespertino y volverá a ocurrir el próximo 15 de agosto cuando tenga lugar en el Santuario que lleva su nombre, la Misa solemne y Ofrenda Floral, a partir de las 11 de la mañana, celebradas con motivo de la celebración del Día de la Asunción de la Virgen.

La devoción en Córdoba a la Virgen de Linares se pierde en la memoria de los tiempos. El 29 de junio de 1236 tuvo lugar la entrega de las llaves de la ciudad del príncipe Abul-l-Casan al Rey Fernando III de Castilla. Un acto simbólico que culminó un duro asedio al que fue sometida la ciudad tras el cual sus dirigentes decidieron optar por la rendición. Según narran las crónica, aunque algunos nobles hablaron de “pasar a cuchillo a los moros de la ciudad”, el rey Fernando aceptó la rendición en los mismos términos en los que había sido pactada antes; salir vivos y con sus bienes muebles a todos los musulmanes de la ciudad.

Todos los edificios quedaron intactos tras la toma. En el alminar del Alcázar fue colocado el pendón de Castilla y un crucifijo. La caída de Córdoba en manos cristianas conmocionó al mundo musulmán, ya que era la antigua capital del antaño poderoso Emirato, y posterior Califato, de Córdoba, la etapa más gloriosa de Al-Ándalus.

El 30 de junio Fernando III hizo su entrada solemne en la ciudad. El Obispo de Osma, y el maestro Lope Fitero, futuro obispo de Córdoba, purificaron aquella tarde la Mezquita para el servicio al culto cristiano, bajo la advocación de la Asunción de la Virgen María. En la Mezquita-Catedral pasó a celebrarse solenme pontifical por el Obispo de Osma y se entonó el Te Deum.

Después Fernando III pasó a residir en el Alcázar. Las campanas de la Catedral de Santiago de Compostela, que Almanzor trajo en 997 a hombros de cristianos, fueron encontradas en la mezquita cordobesa utilizadas como grandes lampararios y fueron llevadas a hombros de moros a Galicia para que sonaran de nuevo ante la tumba del apóstol.

En torno al propio monarca, giran igualmente los orígenes de la devoción a esta imagen mariana, ya que al parecer depositó la talla de la Virgen en una atalaya de la sierra. El fervor a dicha imagen se inició unos años más tarde con la ayuda e influencia del por aquel entonces obispo, D. Pascual, que fomentó la peregrinación anual hasta el Santuario de la Santísima Virgen, tradición que, como bien sabemos se prolonga hasta nuestros días fruto de la gran devoción que esta Virgen sigue suscitando.

Desde aquellos lejanos tiempos, el mayor templo de la Diócesis se halla a la advocación cuya festividad de celebra cada 15 de agosto y la ciudad de Córdoba íntimamente ligada a la Santísima Virgen en virtud de esta advocación y a través de la Virgen de Linares ambas vinculadas a la ciudad de San Rafael por obra y gracia del Rey Santo.