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Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

Las 13 hermandades cordobesas de 1770 (I)

A pesar de los cuantiosos estudios y los esfuerzos de todas aquellas personas que, a lo largo del tiempo, han intentado aportar informaciones contrastadas respecto a la historia de nuestras hermandades, el pasado de ellas no deja de estar plagado de interrogantes y vacíos que, por unos u otros motivos, nos siguen dejando con la sensación de la curiosidad insatisfecha, esa que intentamos saciar con cada detalle que, hasta la fecha, había logrado pasar desapercibido pero que sumado a un conjunto – siempre incompleto – nos ayuda a hacernos una idea más clara acerca de la vida de las cofradías cordobesas.

Con ese objetivo en mente, nos remontaremos al lejano siglo XVIII gracias a los medios facilitados por el Conde de Aranda, ministro ilustrado de Carlos III. Esto fue posible con motivo de una orden del mencionado ministro, fechada el 11 de octubre de 1770 – y comunicada a las autoridades cordobesas a través de Pedro Francisco de Pueyo, intendente de Córdoba – mediante la que se solicitaba la formación de un “plan individual de todas las cofradías, hermandades, congregaciones, gremios y gentes colegiadas que hay en esta M. N. y M. L. ciudad de Córdova”.

Así pues, dos fueron las piezas que dieron forma a la respuesta de la exigencia del Conde de Aranda, las cuales se conservaron y guardaron celosamente en el archivo de la Real Academia, lo cual supuso la recomposición integral de una guía completa de las corporaciones y procesiones que recorrían la ciudad califal en el antedicho año de 1770. La réplica del Ayuntamiento puso en nuestro conocimiento la cantidad de cofradías, la aprobación real o episcopal de ellas así como las fiestas que se llevaban a cabo de forma anual, los hermanos mayores y capellanes, los gastos generados de cada año e incluso los templos desde donde salían.

A diferencia de lo que ocurriese en otros períodos históricos, en 1770 la Semana Santa cordobesa se abría con el Domingo de Ramos y la Cofradía de Jesús del Calvario, dirigida por el hermano mayor, Francisco de Castro. Por curioso que nos resulte hoy en día, esta era la hermandad y la procesión con la que quedaba inaugurada la Semana Mayor, poniéndose en la calle en la tarde de dicha jornada, partiendo, como siempre, de la emblemática Parroquia de San Lorenzo.

Los actos celebrados en honor del conmovedor nazareno se limitaban a una única fiesta que tomaba como escenario la propia iglesia y a la expuesta procesión, lo que ocasionaba un gasto de 650 reales en total que procedían – como cabe suponer – de las limosnas de los fieles y de los propios hermanos de la cofradía, la cual contaba con la aprobación episcopal.

Como ya apuntábamos en anteriores ocasiones, también la entonces conocida como Congregación de Nuestra Señora de los Dolores amenizaba el señalado Domingo de Ramos con una estación de penitencia que daba comienzo al caer la noche, saliendo, por supuesto, de la iglesia del Hospital de San Jacinto. La denominada “congregación” de la Señora de Córdoba por excelencia – encabezada por Bernardo Rubio – celebraba hasta siete fiestas en su sede amén de la ya citada procesión, necesitando para ello una suma que ascendía a los 2.100 reales, también procedentes de las limosnas de los hermanos de la cofradía.

Lejanos de la intensidad de la que gozan hoy en día, el Lunes y el Martes Santos quedaban desprovistos de desfiles de clase alguna, obligando al pueblo cordobés a esperar hasta la jornada del Miércoles Santo, en la que la hoy desaparecida Hermandad de la Pasión de Cristo – de la que ya hablamos detenidamente en otras ocasiones y cuyo hermano mayor era entonces Bartolomé Medina – transitaba por nuestras calles saliendo del actualmente ruinoso y vacío Convento de Campo Madre de Dios. De ella sabemos, como recordarán, que a pesar de asociarse al Miércoles, sus salidas no mantenían una regularidad, cambiando a menudo su día de salida, sujeta, pues, a las determinadas condiciones que se dieran cada año.

El Jueves Santo, por su parte, dada su consabida relevancia, se presentaba mucho más prometedor en lo que a hermandades se refiere. Obligado es, mencionar en primer lugar, a una gran desconocida como lo es la Cofradía de Jesús de la Sangre. Esta había sido constituida, contando con la aprobación del Obispo, en la iglesia del Convento de Jesús y María – nombre que adoptó la céntrica calle y situado, concretamente, en el solar hoy ocupado por el Teatro Góngora –, sede de las religiosas de San Francisco de Paula. Con Juan de Mancha como máximo responsable de la extinguida hermandad, se organizaban, también anualmente, tres fiestas en la iglesia además de la propia procesión, lo que se traducía en un coste de 1.712 reales aportados por las limosnas de los devotos y por las rentas de la corporación.

Hemos de cambia de escenario ahora para situarnos en la célebre iglesia del Convento de la Merced, donde estaban establecidas nada menos que tres hermandades, todas ellas aprobadas por el Obispo de la Diócesis. La que hoy nos ocupa y de la que hemos podido obtener ciertas referencias es la enigmática Cofradía de Jesús Humilde que, asimismo, realizaba su estación de penitencia en la tarde del Jueves Santo gracias a los donativos y al pago de las cuotas de los hermanos.

También por artículos previos podrán recordar a la antiquísima Cofradía del Santo Crucifijo y San José, cuyo titular no era otro que el Santísimo Cristo del Amor de la Hermandad del Cerro. Había sido erigida dicha corporación en la pequeña y discreta Ermita de San José, ubicada en la hermosa Plaza de la Magdalena y en 1770, según consta, su hermano mayor respondía al nombre de Juan de Morales. Para correr con los gastos de la procesión del Jueves Santo – y de cualquier otro acto pertinente – la cofradía se servía de las limosnas entregadas por la feligresía y de las propias rentas, con lo que llegaban a emplear la cantidad de 1.668 reales de la época.

Sin duda más popular, gracias a sus constantes resurgimientos y la demostrada superación que ha permitido su supervivencia hasta nuestros días, es la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Huerto. De ella se pudo saber que, poco tiempo después de la desamortización, se trasladó a la iglesia de San Francisco. No obstante, antes de ese momento, la corporación partía de la Parroquia de San Nicolás de la Ajerquía, ubicada junto al paseo de la Ribera y de la que tan solo se conserva, como un mudo vestigio la entrada de esta. La Hermandad del Huerto, también aprobada por el Obispo y regida en 1770 por Luis de León, invertía, por su parte, la cifra de 1.830 reales en sus actos cultuales anuales.

No dejaba de ser trascendental el Viernes Santo, jornada ocupada, entre otras, por la interesante Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, también erigida en la iglesia del Convento de la Merced y, al igual que la de Jesús Humilde, había sida recibido el privilegio de la aprobación episcopal. En aquel punto de su historia, su hermano mayor era Antonio de Vega y los documentos corroboran que la corporación llevaba a término hasta cinco fiestas de iglesia y la exterior, asociada al Viernes Santo, todo ello – reflejado en la suma de 1.942 reales – soportado por sus propios fondos y con limosnas de los cofrades.

No podía quedar al margen de este repaso la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias del Convento de San Agustín. A su salida penitencial había que añadir la fiesta en honor a sus titulares, celebrada en su iglesia conventual original, todo ello dirigido por el máximo responsable, Agustín García, debiendo pagar por ello la alta cifra de 3.180 reales generados de donativos y cuotas.

Esencial en la Semana de Pasión era también la Cofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de las Penas, fundada en la iglesia del Convento de Nuestra Señora del Carmen. La vida del origen de la Hermandad del Santo Sepulcro – por entonces confiada a Francisco de León y Reina – se centraba exclusivamente en la preparación de la estación de penitencia presidida por sus titulares en la jornada del Viernes Santo, necesitando para esta un total de 2.000 reales.

Cabe destacar, finalmente, el papel de la Hermandad de Jesús Nazareno, popular por organizar la procesión – realizada en la madrugada – considerada como la más fastuosa de cuantas existían, lo que explica que esta requiriese la vertiginosa cifra de 11.000 reales para su puesta a punto. En cambio, resulta curioso que no gozase de aprobación de alguna clase. Estaba compuesta por “los cavalleros y personas más ilustres de esta Ciudad, dirigida y gobernada a el cargo de dos cavalleros Comisarios que todos los años se nombran, y al presente es uno de ellos el señor don Nicolás de Valenzuela Faxardo”. Asombroso resulta también que la corporación celebrase anualmente hasta 19 fiestas y estaba asentada en la iglesia del Hospital de San Bartolomé, conocido con el nombre de Jesús Nazareno, en la feligresía de San Lorenzo.

Este superficial estudio nos lleva, inevitablemente, a reparar en el hecho de que la mayoría de las cofradías cordobesas existentes en 1770 se hallaban establecidas en las iglesias de religiosos – principales promotores de la vieja y profunda religiosidad popular – como por ejemplo la Merced, Madre de Dios, San Francisco o el Carmen. Posteriormente con la desamortización, prácticamente todas pasaron al clero diocesano, formando así la base primitiva e interpretativa de la Semana Santa de Córdoba.

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