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López del Espino, nombrado Consejero de los Institutos de Ciencias y Bellas Artes Narciso de Estenaga y Echevarría y Alfonso XIII

Ocupa las vacantes de Manuel F. Garabal y Luis Álvarez Duarte, respectivamente

El artista lucentino, Francisco Javier López del Espino, ha recibido el importante nombramiento como Consejero de Número del Instituto de Estudios Históricos Humanísticos de Ciencias y Bellas Artes Narciso de Estenaga y Echevarría y como Consejero de Número del Instituto de Estudios Históricos Políticos de Ciencias y Artes Alfonso XIII, otorgados por el Presidente de ambas instituciones, José Liberto López de la Franca y Gallego. Sendos nombramientos, en virtud de los que el imaginero ocupa las vacantes dejadas por Manuel F. Garabal y Luis Álvarez Duarte, han llenado de satisfacción a López del Espino que ha declarado a Gente de Paz que «es un orgullo y también a la vez una gran responsabilidad, pues soy consciente de todo lo que me queda aún por aprender». «Lo más positivo es que este tipo de cosas que te ocurren en la vida sin buscarlas, vienen a reforzar las ganas, el empeño, el tesón y en definitiva la búsqueda constante para intentar dejarme dicho todo lo que quiero en el mundo de la escultura y la imaginería», ha subrayado.

El escultor Francisco Javier López del Espino es una de las figuras más importantes entre las nuevas generaciones de imagineros. Domina las técnicas necesarias para la realización de imágenes sagradas, como el modelado en barro, la talla y la policromía al óleo. Su completo conocimiento de la anatomía humana y del estudio de proporciones le permiten esculpir imágenes religiosas de gran equilibrio visual y de altísima calidad. Su producción artística posee un marcado carácter personal, debido al riguroso estudio de los sentimientos del ser humano antes de ser trasladados a la madera y a la excepcional capacidad expresiva de sus imágenes. Sus obras de imaginería son cada vez más apreciadas y solicitadas, y ha recibido multitud de críticas elogiosas que le animan a proyectar su carrera como escultor – imaginero con aún más energía de cara al futuro.

Nacido en el seno de una familia humilde y trabajadora, cursó estudios primarios en Lucena y su sensibilidad artística fue evidente desde pequeño, pues desde que tuvo uso de razón recuerda haber dibujado y pintado infinidad de imágenes, hasta que en la adolescencia empezó a sentir atracción hacia la escultura y en especial hacia la imaginería. A los 17 años, con la intención de empezar a formarse como imaginero, se trasladó a Córdoba para realizar los estudios de grado medio de talla artística en madera. Con posterioridad, inició los estudios de grado superior en escultura, a la vez que entró a trabajar con importantes imaginemos  cordobeses. Para enriquecer su aprendizaje como imaginero, también trabajó durante dos años y medio en la escuela taller La Merced VI, encargada de reconstruir el retablo mayor de la iglesia de La Merced en el edificio de la Diputación de Córdoba, desarrollando su labor como oficial en el modulo de imaginería, ejerciendo labores de policromía, dorado y restauración.

Finalizado el periodo de estudio y aprendizaje, se trasladó a Lucena, donde abrió su propio taller en la calle Julio Romero de Torres nº 21. Enseguida comenzaron a llegar los encargos, y la buena reputación adquirida entre sus clientes ha posibilitado que los encargos se multipliquen. Tiene el orgullo de tener una de sus obras más queridas, la escultura de San Juan Pablo II bendecida por el Papa Francisco, en la Plaza de San Pedro de la Ciudad del Vaticano desde febrero de 2014; y de contar con obras en Sevilla, Almería, Conil (Cádiz), Córdoba, Tarancón (Cuenca) Ciempozuelos (Madrid), Ciudad Real, Elche (Alicante) Albacete, Malagón (Ciudad Real), Écija (Sevilla), Lucena (Córdoba) Huesca, Valencia, Porcuna (Jaén), Guadalajara, etc.

“Para mí, como escultor-imaginero, desabrocharme el alma y volcar todos mis sentimientos sobre el barro o la madera resulta, aparte de algo indescriptible, una obligación”, afirma el imaginero que subraya que busca como escultor que sus imágenes trasmitan un sentimiento determinado, igual que lo transmite una persona, para lo que imprime a sus obras la divinidad que cualquier imagen religiosa debe tener, la tristeza, la belleza, el sufrimiento y el dolor, con la intención de que parezca que la imagen que estamos contemplando posea el mismo sentimiento que nosotros. 

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