La Franciscana Hermandad de la Humildad de Villa del Río hizo ayer una Propuesta Penitencial a través de la Oración. A la hora de su salida procesional, las redes de la Hermandad y su Web fueron la fórmula para hacer llegar este momento de reflexión a los hermanos cofrades y villarrenses en torno al conocido como “el Señor de la mirada dulce”.
Pero también quiso inaugurar el Miércoles Santo de esta localidad cordobesa con la publicación del Cartel de la Hermandad 2020 y de su vídeo catequético que edita en Cuaresma, pero que este año por las circunstancias que vivimos no pudo presentarse en el acto que tradicionalmente se realiza con un concierto extraordinario de marchas procesionales en el Teatro local.
Transcribimos parte de la emocionante reflexión de esa oración e invitamos a los lectores de Gente de Paz para conocer a esta Hermandad y disfrutar de la Oración de la Hermandad del Miércoles Santo y de su Vídeo catequético inspirado en las palabras del Profeta Isaías.
Hermanos Paz y Bien.
Hoy es Miércoles Santo, y nuestro corazón se agita, sabe que es un día importante en nuestro calendario, sabe que hay una cita obligada con Aquél que vela cada instante por nosotros, con el Jesús humilde, encorvado y maniatado que esperamos ansiosos en las puertas de nuestra Parroquia.
Coincidiendo con el confinamiento decretado por la terrible pandemia que sufrimos, comenzaban los cultos que cada año dedicamos en honor a nuestro Señor. Todo había sido dispuesto como siempre, mimando el detalle: las flores, las velas, las insignias…
Pero todo quedó detenido en el tiempo, y allí solo, sin rezos, sin velas encendidas, sin incienso, ni miradas… quedó el Señor de la Humildad. Arriba, presidiendo el Altar Mayor, allí quedó, allí sigue; en el eco del templo, en el silencio, en la más absoluta soledad, como en su retiro cuaresmal al desierto y como en su oración en Getsemaní.
Allí sigue, solo, representando a cuantos hoy viven la muerte de sus familiares sin poder despedirse de ellos. Solo, como los enfermos aislados en los hospitales o privados del cariño de los que más quieren, a tan solo un tabique de distancia. Solo, como los médicos, sanitarios y fuerzas de seguridad que velan, que se la juegan por nosotros, mientras nos quejamos de no poder salir a tomar una cerveza.
Solo, como los ancianos que fallecen en sus hogares o en residencias, y de los que ahora nos preocupamos, porque nuestra vida se llena de demasiadas preferencias antes que prestarles atención: una visita, una llamada, un abrazo…
Allí sigue, solo, cabizbajo, avergonzado, derrotado, ofendido, humillado, como la dignidad de muchos de nuestros hermanos refugiados y pobres. Solo, callado, sentenciado como solemos hacer con nuestras críticas y nuestros juicios fáciles.
Allí sigue, presidiendo la grandeza de nuestra Parroquia, como faro de luz, como ejemplo en el que mirarse. Dios ha querido que sea el suyo el mensaje principal en estos momentos: solo, coronado de espinas, maltratado, expuesto y sacrificado siendo Dios para regalarnos la lección de la Humildad.
Humildad para conocerse y saber de nuestra pequeñez, Humildad para perdonar, para debatir, para conciliar. Humildad para unirse, para entenderse y luchar contra esta pandemia. Humildad para hacernos sensibles a los demás y a nuestras debilidades. Humildad para convivir, para compartir con los de casa y con los vecinos. Humildad para reconocer el gran regalo de las cosas pequeñas: un paseo, un baño en el mar o una charla de amigos. Humildad para ser mejores en las relaciones y en el encuentro con los que menos tienen.
Hoy es Miércoles Santo y esta familia franciscana no puede reunirse, pero sí que puede hacerlo poniendo en nuestras oraciones y en nuestras obras el color azul de la Humildad. Esa ha de ser nuestra bandera, nuestro distintivo: Humildad durante todo el año. Sintiéndonos orgullosos de esta Hermandad: que con su trabajo y esfuerzo intenta dar ejemplo del nombre de su Señor.
Hoy es un Miércoles Santo diferente, pero no dudéis que aunque no podamos encontramos en la Parroquia, en nuestra casa. Aunque no preparemos el hábito de Nazareno, de acólito o de mantilla. No doblemos el costal y calcemos las zapatillas. Aunque no se abran las puertas, no se escuchen los sones de nuestra agrupación, y no caigan las flores sobre su paso…
ÉL, que preside desde el altar mayor, que preside nuestro corazón, saldrá a nuestro encuentro en nuestras casas, en la procesión más sentida y más cercana. Regalándonos “levantás” del ánimo, de fuerza para superar estos momentos. Nos aliviará el cansancio con el “Agua viva”. Resonará su voz en nuestro interior: “la luz no se enciende para ponerla en un lugar escondido”, por ello, seamos “luz de humildad” para nuestras familias y hermanos sabiendo siempre que Él nunca, nunca, nos abandona.
¡QUE NO SE QUEDE SOLO!
Enrique Sánchez Collado





