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Por quienes se dejan la vida ensayando

La tristísima noticia del fallecimiento de los cuatro componentes de la Agrupación Musical Arroquia Martínez de Jódar ha sacudido con enorme fuerza el ámbito bandístico de toda nuestra geografía. Innumerables muestras de dolor, cariño y respeto, a las que por supuesto nos sumamos desde esta web, se han prodigado hacia la formación jienense como si de un abrazo a través del pentagrama se tratara, tras la desalentadora pérdida de esos cuatro jóvenes que se dejaron la vida en la carretera, camino al ensayo de la banda. Todo ello precisamente este mes, en el que se conmemora la festividad de Santa Cecilia, patrona de los músicos.

Muchas veces digo que cuando estamos montados en la velocidad nuestro tren de vida cotidiano, realmente no somos conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor. En ocasiones ocurren sucesos o tragedias inevitables como la anteriormente comentada, que suponen una durísima bofetada de realidad para quien lo recibe. Golpes duros que vienen a evidenciar las nimiedades por las que nos preocupamos en nuestro día a día, obviando lo verdaderamente trascendental, cada pequeño detalle del que se puede disfrutar en la vida si nos detenemos a pensarlo.

Que cuatro chavales pierdan la vida en el camino a poder realizarse como personas a través de esa pasión que combina a partes iguales el amor por la música y por la Semana Santa, supone una conmoción tan sumamente desoladora y elocuente que debería hacernos reflexionar, en general, a todos los que, de un modo u otro, estamos relacionados con este mundillo. Por supuesto, me incluyo entre ellos.

A las personas que se encargan de gestionar el devenir de una banda, para valorar más si cabe el enorme esfuerzo que hace cada uno de sus componentes de dejar su particular mundo, sus otros quehaceres, madres, padres, hijos, parejas, con tal de acercarse y compartir una o dos horas al día tratando de montar una marcha o simplemente perfeccionarla y matizarla. Las bandas, y lo dice alguien que jamás ha pertenecido a una, son verdaderas familias en las que, tal y como su propia definición indica, puede haber diferencias, pero los nexos de unión entre sus miembros son férreos como el metal de una trompeta. A los componentes hay que cuidarles y comprenderles. La inquebrantable voluntad de cualquier músico que, por ejemplo, se mete en carretera, con todos los riesgos que ello conlleva, es algo digno de reconocer y aplaudir.

quienes se ocupan de la faceta musical desde el punto de vista de una Hermandad, para ser consciente de que, como suelo decir, detrás del banderín van personas que cuando se plantan tras un paso, en determinadas situaciones, llevan muchas horas de cansancio detrás en la propia Semana Santa, pero más aún durante todo el año, cuando ensayan y se afanan por mejorar musicalmente haga frío, calor, llueva o ventee. Esa oración hecha sones para tu Cristo o tu Virgen, en la gran mayoría de ocasiones, no está retribuida de forma material, aunque la mayor satisfacción que recibe el músico es la del trabajo bien hecho, y cuando se siente verdaderamente valorado y querido por parte de una Cofradía. Las Hermandades tienen mucho que aprender sobre cómo tratar a ese grupo de personas que, durante unas horas interpretan sus acordes tras tu imagen titular, pero lo que en ocasiones se olvida es la inmensa carga de preparación, sacrificio y esfuerzo que cada músico lleva a sus espaldas. Uno de los deberes de una Cofradía es salvaguardar también su patrimonio humano, donde por supuesto ha de incluirse el de los componentes de la banda que cada corporación contrata. No son máquinas que pueden ser llevadas hasta la extenuación. Son chicos, chicas, hombres y mujeres, abuelos y abuelas, que en muchas ocasiones se desplazan, vía incómodo autobús e incluso AVE, cientos de kilómetros para ir a acompañar a nuestra Hermandad. Es necesaria una cálida acogida para todos ellos.

Para las familias, amigos o acompañantes varios, para llegar a entender hasta qué punto la pasión por la música y la Semana Santa puede llegar, llegándose a poner en riesgo, en ocasiones, la propia vida con tal de compartir unas horas a la semana junto a otros «locos» como él o ella, realizándose como persona en aquello que le hace verdaderamente feliz. Aquella tan utilizada excusa del «no puedo, tengo ensayo», para nada es tal, sino una verdadera y firme declaración de intenciones que cada cual es libre de elegir. Como acompañante, sea desde la posición que sea, al músico hay que entenderle, respetarle y apoyarle en su deseo de hacer música.

A quienes nos dedicamos, y permítanme que me incluya, a contar los devenires de las distintas bandas de nuestra geografía, para tener en la más alta consideración esa sonrisa, aunque sea pequeña, que puede esbozar un músico de una banda cuando ve reflejada alguna noticia en referencia a ella en un sitio web. Si nuestra humilde contribución, aunque altruista y con nuestras equivocaciones y aciertos, supone un ápice de motivación y satisfacción para el músico que ve premiado su esfuerzo, aunque sea en unas pocas líneas escritas como buenamente se puede, continuaremos dando lo mejor de nosotros mismos aunque ello suponga que, en ocasiones, debamos descuidar otros menesteres. No hay mejor pago que ello. Reconozco que, y ya hablo en primera persona, puedo brindar mayor y mejor atención a todas las bandas de nuestra geografía. Trataré de mejorar en ello. Por otra parte, los medios quizá hemos de centrarnos más en todo lo bueno que las bandas aportan en lugar de en aquellos aspectos nocivos que empañan tan sana dedicación que, además, supone un ámbito más de formación -musical y en valores- para cada componente.

A las autoridades que corresponda, para que de una vez por todas se den cuenta de la indiscutible labor formativa y social que ejercen las bandas, ofreciendo una actividad enriquecedora a una juventud que en demasiadas ocasiones se ve obligada a ensayar en locales que no están acondicionados adecuadamente. Y eso cuando lo tienen, porque por desgracia muchas formaciones han de realizar los ensayos al aire libre merced al desamparo de los organismos municipales correspondientes, en condiciones indignas para quienes tanto aportan a la cultura y la Semana Santa de nuestra tierra, y que aún así vencen al verano y al invierno sin flaquear

El universo cofrade en general ha de reflexionar seriamente sobre las implicaciones de tan triste suceso, que ha caído como un verdadero jarro de agua fría entre todos los que amamos la música cofrade y en tan alta estima la situamos, a pesar de que, como en mi caso, jamás hayamos sido capaces de hacer sonar un instrumento. La vida de un músico es dura, y en demasiadas ocasiones infravalorada. Conviene no olvidar todo el sacrificio que se realiza a lo largo de los 364 días del año para que al que hace el 365 todo salga a la perfección, aunque después no siempre sea así. 

Las bandas son un aspecto secundario o terciario dentro del organigrama que compone esta bendita locura llamada Semana Santa, pero hay que tener bien presente que las formaciones musicales son grupos humanos que han de ser tratados como tal, sin mirar matrículas, estilos o aspectos cualitativos o cuantitativos. Cada Cofradía, faltaría más, es soberana de determinar su acompañamiento musical, pero siempre bajo el amparo de unos mínimos de estimación y respeto. Al igual que una banda ha de cuidar a la Hermandad que deposita su confianza en su música, ese respeto ha de ser recíproco, y las Cofradías han de valorar el esfuerzo del músico por hacer las cosas bien. Vaya desde estas humildes líneas mi abrazo a la familia de Arroquia Martínez, también a la del Rosario de Arriate que recientemente sufrió otra tragedia, y sobre todo mi más sentido homenaje por todos los que se han dejado la vida ensayando, no solo en el sentido de la luctuosa noticia que nos ha abrasado el alma, y que por supuesto está más que incluido, sino también por quienes, desde cualquier rincón de nuestra tierra dejan familias, estudios, trabajos, amigos, otras aficiones y, en definitiva, parte de su vida, por hacer disfrutar a los demás con todo su corazón a través de un instrumento a modo de ofrenda a Cristo o María. Gracias por vuestra música, de corazón, y sed felices, que nada es para siempre.