Punto de inflexión

La mañana toma cuerpo de Jueves Santo, aún siendo Viernes. La Iglesia de la Anunciación ha abierto sus puertas a primera hora descubriendo el cartel de los carteles.

El marco impecable del altar mayor, las flores, los dos pasos de misterio en un lateral, Dios Coronado de Espinas y bajo el peso de la Cruz en el otro, y ella en el centro. Siempre ella en el centro.

La Virgen del Valle te mira a la altura de los ojos, de tú a tú, sin la distancia celestial de las alturas.

Ese momento inigualable es, cada año, el punto de inflexión. La Cuaresma avanza sin tregua hasta ese desenlace esperado y a la vez desconocido que marca nuestra vida desde hace dos milenios.

El tiempo del cofrade y del creyente se dan la mano en los ojos de la Virgen del Valle, marrones en su día a día y verdes en el Cenit de su hermosura, cuando pasea su realiza en el aterciopelado manto nocturno del Jueves Santo.

Rendirle cuentas a la Emperatriz de Laraña es abrir el alma y entregársela en cada beso, oración o genuflexión.

Ella inicia el ocaso del tiempo de la paciencia, del reposo y la interioridad. Ella logra, al mismo tiempo, cubrir y descubrir la humanidad del ser humanidad, transformándola en esencia mística y en carne de Santidad.

Su proyección lejana desde el presbiterio del templo, oteando ya el dintel de la Casa del Señor, proyectará la nostalgia de los días de la Pasión que no siquiera han comenzado.

Su expresión triste, dulce y comprensiva te repiterá en el silencio que ya viene lo que viene, y tal como llegue se irá.

El crujido de la evidencia con la realidad llega con la Señora, aflora como cada pétalo que la adorna, parpadea como la llama los cirios que la iluminan.

Queda todo un fin de semana para pedirle, darle las gracias o simplemente saludarla, sin ofrendarle con el beso que este maldito virus se llevó.

Deje que se pare el tiempo mientras mira a los ojos, de tú a tú, a la Virgen del Valle. Después despertará del letargo, y, aún embelesado, comprenderá que todo empieza a acabarse.