Hace de esto, ya unos años, escribí un artículo que titulé “Y el costalero cogió su túnica”. En dicha crónica me refería a una de los pocos cofrades que conozco que tiene las cosas claras, ¡muy claras! para ser exactos, no voy a entrar en detalles acerca de su persona, sólo diré que ha desarrollado una larguísima trayectoria como costalero, habiendo llegado a tocar el martillo y que, en la actualidad, lleva varios años enfundándose en la túnica de su hermandad, en la que ha formado parte de numerosas Juntas de Gobierno, habiendo llegado a ocupar el puesto de Hermano Mayor. En mi humilde opinión, quiero poner de relieve algunos aspectos de su forma de pensar, que deberían ser muy tenidos en cuenta, tanto por los hombres de abajo, como por los de negro, aunque la regla sea de aplicación para todos cuantos amamos o simplemente gustamos del mundo de las cofradías, con demasiada frecuencia plagado de tópicos y lugares comunes vacíos de contenido.

De sobra son conocidas las situaciones sufridas por algunas hermandades de nuestra ciudad y fuera de ella, en las que la presión de los costaleros ha derribado juntas de gobierno con la sola finalidad de imponer un capataz. De sobra son conocidas las actuaciones de grupos de “hermanos costaleros” que se han hecho con el control de sus cofradías, ante el temor de perder sus prebendas, con resultados ciertamente penosos. Con esto no quiero negarle el pan y la sal a estos esforzados que ponen su cuello y su corazón, para que nuestros Titulares luzcan con todo el esplendor. ¡No!, no me refiero a eso, porque, como ha quedado anotado, estoy hablando de alguien que, ante todo, es y será siempre costalero. ¡No!, me refiero a que, en este mundo de la faja y el costal, como en todas partes, cada cual debe tener muy claro el lugar que ocupa y la función que debe desempeñar, y la del costalero, como la del capataz, es hacer lo que ordena la junta de gobierno, porque se supone que cuando alguien está dispuesto a sufrir cinco, seis, siete horas bajo una trabajadera, es por lo que va sobre su cabeza, sin importarle nada más. Así lo entiende este cofrade y por eso afirma, con toda la razón del mundo, que el costalero debe ser un “profesional”, lo que no quiere decir que cobre, sino que realice su trabajo dando lo mejor de sí mismo, siguiendo fielmente las instrucciones que recibe de su capataz, que es el interlocutor válido entre sus hombres y los que marcan las directrices de la cofradía. Siguiendo esta misma línea argumental, para él está muy claro cuál es su lugar durante la estación de penitencia cuando, por ejemplo, se ocupa la máxima responsabilidad dentro de una hermandad. Con sabia percepción y un sentido común aplastante, afirma que el lugar del hermano mayor, haya sido costalero, capataz o aguaor, es la presidencia, delante del paso que cierre el cortejo procesional, vistiendo el hábito nazareno y portando la vara indicativa de su posición y condición; cuando finalice el mandato, será el momento de volver a la trabajadera, al martillo, al cántaro de agua, o pasar a engrosar la inmensa nómina de hermanos anónimos que portan su cirio o prestan cualquier otro servicio para el buen desarrollo de la estación de penitencia. Sin duda todo un ejemplo de honradez y coherencia en tiempos en los que estos valores cotizan a la baja. En la actualidad, por desgracia, sobran costaleros de fulanito o de menganito y faltan costaleros comprometidos, de verdad, con las hermandades donde realizan su labor cofrade. Esto no significa que aquí sobre nadie, ni siquiera que los costaleros tengan que ser, obligatoriamente, hermanos de las cofradías donde prestan sus servicios, ¡no! Todo lo contrario, aquí siempre faltan cuellos y corazones dispuestos a ceñirse y dar un paso adelante, por lo que tienen cabida tanto los costaleros o capataces de una sola hermandad, como los que prestan su cuello o su saber para que tal o cual cofradía no se quede en casa. Y si no existieran estos últimos habría que inventarlos, o volver a las cuadrillas de faeneros. Aquí, lo que sobra de verdad es el comentario absurdo y despiadado acodados en la barra de una taberna cofrade, o en el bar más cercano al lugar de ensayos. Sobra ese partidismo absurdo que sólo sirve para disgregar fuerzas, restar energías y dar pábulo a quienes no ven en esto más que folclore. Aquí sobran quienes toman este trabajo como una pasarela para lucir palmito, costales ingeniosos, o como un ejercicio de culturismo, aunque siempre es recomendable poseer la mejor forma física posible, y no lo ven como lo que realmente es: una oración hecha esfuerzo, compañerismo donde nadie es más que nadie, sudor, corazón y arte. Nuestra misión como cristianos cofrades, es unirnos entorno a nuestros Titulares y, a partir de aquí, a todos y cada uno de los que, de alguna manera, se ponen a los pies de Cristo porque… sólo Dios y sus conciencias saben por qué están dispuestos a sufrir bajo las trabajaderas, pero me pregunto, de los centenares de costaleros que, en la actualidad, pueblan nuestro mundo cofrade… ¿Cuántos, en caso de incapacidad temporal o porque los años no perdonan, están dispuestos a coger la túnica de la hermandad de su preferencia? Que cada cual se ponga la mano en su corazón.

Foto portada: Descansando del esfuerzo. PacoRomán
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