Relicario de ausencias

La Virgen de las Aguas del Salvador vuelve a mirar hacia el pueblo como viene haciéndolo desde hace años. Aunque no haya pasos ni mañana Jesús Sacramentado recorra las calles como arterias de un corazón que guarda la esencia misma de la ciudad, la Madre de Dios recuerda a quien pasa las vísperas de un miércoles refugio de soledades.

La mirada de la Virgen emerge tras el ventanal ante una calle que no huele a juncia y romero. Plata en la memoria y esperanza de los mortales, presentando al Salvador en medio de un temporal de frío y nieve que arrasa un junio de tímida nostalgia. Faltarán a su cita los que no están, los que durmieron en sueño profundo, quienes a la deriva forjaron caminos lejanos. Pero la Virgen de las Aguas seguirá recordándonos la fugacidad del tiempo. Pasaremos. Quedará.