Pasado el verano, he vuelto. No sé si con más ganas o menos. La saturación de eventos me tiene un poco abrumada y sobrepasada, os lo confieso. Pero bueno, intentaré volver a coger el ritmo de la pluma, mejor o peor, para evadir un poco esta sensación.
Poco menos de 7 días restan para que Córdoba viva uno de esos días que quedarán en la memoria de los cofrades de la ciudad. Cada uno lo vivirá como le dé la gana. Unos desde las sillas, otros a pie de calle con mochila y de peregrino, otros acompañando a su Hermandad con cirio, vara o simplemente de traje y otros, simplemente lo vivirán a través de una pantalla por algún que otro motivo.
Algo se está hablando del tema de las decoraciones. No seré yo quien intente convencerles sobre si deben o no gustarle. Allá cada cual con sus gustos. Para mí, es señal de querer adornar tu casa con tus mejores galas, pues es tu Titular, Aquél o Aquella que es parte de tu familia porque, además te conoce mejor nadie, sale a la calle a visitarte. Y no hay nada más bonito que vengan un día a ti. Y no hay nada de malo en querer hacerlo especial. Ellos son eso para ti, algo muy especial.
Pero es que además, cuando parte de esa decoración está realizadas por niños, más especial es aún. Hace muchos años, leí que «cuando un niño te entrega un dibujo, no te da solo unos trazos, sino un trozo de su corazón». Y eso es lo han puesto Los pequehumildes, los niños de La Paz, en sus dibujos para su Madre Bendita, un trozo de su alma.
Hay quienes ven unas flores, unas anclas o unas simples colgaduras, pero nadie sabe del sentimiento que cada uno ha puesto en su elaboración. Horas que han quitado a sus familias y amigos. En el caso de los niños, días pensando que dibujar para que esa ancla de esperanza sea digna de llegar a su Virgen. Ellos, el futuro de todo esto, son partícipes activos en una simple demostración de amor y respeto a una Madre que siempre los acompaña, y los tratan de forma tan familiar que, incluso, cuando les rezan, lo hacen de forma coloquial.
Muchos se acuerdan de esos familiares que no están, que no han conocido, pero que estarían tan orgullosos de ellos… Nuestra religiosidad popular emana del sentimiento del pueblo, que es soberano en todos estos temas. No tengamos miedo a expresar lo que llevamos dentro, como hacen nuestros niños; quienes lejos de protocolos, son capaces de expresar en una sola mirada, todo el amor y devoción que sienten dentro. Dejémonos embriagar por la inocencia y el amor puro de los más pequeños, creo que a veces nos iría mejor en todo esto.
Volvamos a vivir con alegría cada día que se nos regala y si, el Señor o su Madre, viene a nosotros, más aún, pues tenemos un privilegio tan grande difícil de explicar…
Recordad, ¡en los niños está la paz y la Esperanza!
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