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Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

Toda una vida en Silencio a nuestro lado

Hoy es el día. Hoy se cumplen 29 años que ocurrió algo que cambió los corazones de muchos cofrades del Cerro, que un nuevo “amor” nacía en nuestros corazones. Y hoy, a mi mente vienen muchos recuerdos que jamás se podrán borrar. Yo era un niño que estaba a punto de cumplir 11 años, casi no me enteraba de nada. Es verdad que partía con algo de ventaja, porque mi padre era el Hermano Mayor. Llevaba ya varios días oyendo comentarios en mi casa, que si venía un Cristo, que si nos lo regalaban, pero la verdad, no daba crédito, ni sabía lo que aquello podía llegar a ser para nuestra Hermandad.

Pero después de unos días de preguntas y dudas, llegó el 25 de septiembre de 1991, creo recordar que era miércoles, y llegó aquel camión a la Puerta de la Residencia de Jesús Nazareno, ¿providencia del Señor o casualidad?, lo tengo claro, providencia del Señor que parará en aquel lugar, que tan importante ha llegado a ser y es en mi vida. Cuando abrieron aquel camión y se vio al Señor, eso jamás lo olvidaré, el Señor iluminado por cuatro cirios, la pequeña procesión por la calle Isaac Peral, la Eucaristía en aquella capilla, el trasiego de cofrades asombrados por lo que se estaba viviendo.

Por ejemplo Juan Carlos Jiménez, hermano de la Cofradía lo recuerda así: “Recuerdo la llegada a Córdoba del Señor del Silencio como un día muy especial en mi vida de hermano de la cofradía del Amor. Días antes, D. Antonio Prieto Hurtado, Consiliario de la Hermandad, me contaba en su despacho la donación que iban hacer un grupo de devotos de Cádiz de una imagen del Señor. Con mucho adelanto me encaminé hacia la sede de la Agrupación donde se iba a depositar temporalmente la imagen. Con inquietud escuchaba pasar las horas que iba marcando la campana de la vecina iglesia de San Lorenzo. Como un suspiro llegó y al abrirse las puertas del vehículo me pareció ver el cielo, luz de cera y la potente imagen del Silencio al fondo. Fueron momentos de mucha intensidad, cargados de emoción”.

O como Rafa Soto, miembro por aquella época de la Junta de Gobierno de la Agrupación de Cofradías, recuerda ese momento de la siguiente manera: “Dentro de la imaginería del siglo XX, hay dos autores por los que siento una especial admiración: Luis Ortega Bru y Francisco Buiza. El fallecimiento de ambos en muy corto espacio de tiempo (noviembre de 1982 y marzo de 1983 respectivamente) coincide con mi incorporación al mundo cofrade, con la fundación de mi hermandad de la Santa Faz. De la obra de Buiza tenemos dos magníficos exponentes en la hermandad mercedaria del Zumbacón, además de la Virgen de los Dolores de Alcolea. Pero siempre me quedó la tristeza de no contar en nuestra capital con ninguna imagen del maestro de San Roque.

Cuando la sucesión de acontecimientos hacen que en 1991 el Señor del Silencio venga a Córdoba, gracias a la divina Providencia, tengo el honor de pertenecer a la junta de gobierno de la Agrupación de HH. y CC. y vivo muy intensamente la llegada y estancia de la sagrada imagen en la sede de Isaac Peral. Nunca podré olvidar aquella noche. Mientra esperábamos la llegada del Señor pude conocer a la gente maravillosa de Cádiz que se desplazó, y cuando se abrieron las puertas del vehículo que lo transportaba apareció ÉL, imponente, majestuoso. No pude contener las lágrimas y ni siquiera se me ocurrió acercarme a tocarlo mientras lo bajaban, como si solo pudieran hacerlo aquellos que lo traían. Fui uno de los pocos privilegiados que vivió aquellos sagrados momentos. Ya en la capilla sí me acerqué a besar su mano y pasé todo el tiempo que pude contemplando cada centímetro, cada detalle.

Desde ese día el Señor del Silencio ocupa un lugar muy destacado en mi corazón. Durante el tiempo que estuvo en la sede de la Agrupación fueron muchos los días que estuve con ÉL, a solas, hablándole de mis cosas (mi padre había fallecido un año antes) y dándole las gracias por estar ente nosotros. Asimismo tuve la inmensa suerte de vivir el traslado desde San Andrés hasta su nueva parroquia de Jesús Divino Obrero, y años más tarde también fui su costalero bajo las órdenes de mi gran amigo y capataz José Luis Ochoa. 

Que vuestros Sagrados Titulares os premien vuestro esfuerzo y vuestro cariño y que os iluminen a todos para llevar en el corazón y en toda vuestra vida el mensaje de la gran Hermandad a la que pertenecéis. Un fuerte abrazo”. Después de este día vinieron las Misas de los Sábados ante su mirada, los rezos, etc… hasta que llegó el 16 de noviembre que por fin el Señor llegó al Cerro. 

Recuerdo esa mañana de sábado, mañana llena de preparativos, de ver esa dulce mirada, que aunque llevara con nosotros menos de dos meses, ya había cautivado nuestros corazones. Fue emocionante ver la respuesta de todas las cofradías, como todas participaron en llevar al Señor del Silencio a su nueva casa. Recuerdo como viví aquella tarde noche junto al Señor, con mi incensario, preludio de sucesivos Domingos de Ramos junto a Él. Recuerdo con emoción al llegar al Puente Romano y a la altura del Custodio, Fray Ricardo le dedicaba unos versos, que servían de bienvenida a su nuevo barrio. Y el culmen fue al llegar al Cerro, un barrio esperaba ansioso a su nuevo “Vecino”, del que habían oído hablar durante dos meses. Recuerdo el poema espontaneo de un vecino, que hizo que afloraran mis primeras lágrimas de emoción. Estaba viviendo un momento inolvidable en mi vida. Recuerdo una Iglesia abarrotada, dándole la bienvenida. Por ejemplo, Guillermo Rodríguez, director de Gente de Paz y por aquella época miembro del Coro Paz y Esperanza, lo vivió así: “Recuerdo aquél día perfectamente. Es uno de esos recuerdos inolvidables imposibles de borrar. Yo era componente del Coro Paz y Esperanza y nos llamaron para cantar la misa de bienvenida del Señor a su nuevo hogar. Mi amigo Juan Jesús Puebla compuso una canción expresamente para Él que no he logrado encontrar a pesar de haberla buscado. Nosotros éramos conscientes de lo ocurrido en Cádiz de modo que nuestro sentimiento era una mezcla de ser conscientes de estar siendo testigos de un momento histórico y en cierto modo de reivindicación por lo que considerábamos una injusticia. En el momento en que Él entró por la puerta comenzamos a cantar y el tiempo pareció detenerse. Fue un momento especial, único e irrepetible, imposible de explicar con palabras, y me siento muy afortunado por haberlo vivido. Desde entonces siempre le he considerado como algo mío. Le tengo un especial cariño”.

Por ejemplo, José María Manzano, un devoto gaditano del Señor del Silencio y actualmente costalero de Él, recuerda aquel otoño del 91 de esta manera: “Preferí olvidar todo lo desagradable…. Recuerdo la última vez que lo vi en su altar… majestuoso. Recuerdo el camino de la primera vez, los nervios para ir a verlo a la agrupación. Las lágrimas, los abrazos… Pero sobre todo recuerdo La Paz que se respiraba en aquella capilla y como la llenaba con su presencia. Esa sensación de familia…. personas que no se conocían unidos por un sentimiento… por una devoción. Esa familia del Silencio que ha ido creciendo año tras año… Con eso me quedo, con los abrazos, con las lágrimas compartidas, con las risas, con el sudor bajo las trabajadoras…. con el sol en su cara. Con la devoción de su barrio. Bendito el día que dejamos atrás todo para que El fuera el todo de un barrio, de una ciudad y de muchos cordobeses que ven en su túnica blanca su fe, su Amor y su esperanza.”

Son recuerdos que se quedan en mi memoria, y que me hacen ver el privilegio que he tenido de nacer en el seno de una familia cristiana y cofrade. Son vivencias, que nadie podrá robármelas, son vivencias que puedo decir con orgullo que “yo estuve allí”,  son vivencias que me hacen ver que yo fui participe de algo histórico, de algo muy bello, y que gracias a esto tan bello, me ha dejado a unos grandes amigos gaditanos que para mí son como familia.

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