Sevilla, 💚 El Rincón de la Memoria

Una Inmaculada atribuida a Francisco Pacheco en el coro alto de la Iglesia de Santa María Magdalena de Sevilla (Segunda Parte)

En el siguiente apartado –tras la primera parte publicada hace unos días-, analizamos las representaciones sobre la Inmaculada de María de los más grandes escultores y pintores. El primero de ellos es Gregorio Fernández, escultor nacido en Sarria (Lugo) hacia el año 1576 y fallece en enero de 1636. Es considerado por ser el heredero del saber del S. XVI, de la mano de Juan de Juni o de Pompeyo Leoni y máximo exponente de la Escuela Castellana. Uno de los ejemplos más sobresalientes en la escultura inmaculista es la que se encuentra en la Catedral de Astorga (León), encargada por el obispo don Alonso Mexia de Tobar hacia 1626, año en que el obispo y el cabildo hacen voto de defensa de la Inmaculada Concepción de María.

La mujer vestida de sol se caracteriza por el hieratismo que le confiere el autor, remarcando un carácter más solemne. Los colores elegidos son el azul y el blanco, aludiendo a las visiones de Santa Beatriz y es de tipo Apocalíptica, ya que carece de las mariologías. Se encuentra rodeada de una ráfaga de puntas y en su cabeza se encuentra la corona como Reina y Señora. Las manos están en posición orante, los cabellos caen sobre el manto, que está decorado por estrellas. Destacar la parte inferior, protagonizada por el dragón que se encuentra en la media luna, simbolizando el mal.

En tierras andaluzas, la devoción de la Inmaculada es más sentida y se hace patente en la misma. En este sentido, la figura artística que sigue con el modelo de María como Pura y Limpia es Juan Martínez Montañés (1568- 1649). Conocida como la Cieguecita, la escultura fue encargada en 1628 por doña Jerónima de Zamudio, viuda del Jurado Francisco Gutiérrez Molina, con el objetivo de que presida la capilla funeraria que dicho matrimonio había dotado la Catedral. No es hasta diciembre de 1631 cuando se inaugura la capilla, puesto que el maestro se encontraba enfermo, habiendo retrasos. El escultor nos presenta a María con un carácter sereno y de majestuosidad, donde casi cierra los ojos, la boca no la presenta abierta y sus delicadas manos se encuentran juntas y de manera orante. Destacar el manto de la Señora, colocado en los hombros y, creando numerosos pliegues, en el que se crea un juego de luces y sombras. Por último decir que en el S. XVIII, se tuvieron que renovar el estofado y la policromía de la imagen por el revestimiento de textiles.

En el entorno de la pintura dejó huella una de las figuras magnificentes de la pintura universal como es Diego Velázquez. Nacido en la ciudad hispalense en 1599, en su etapa de adolescencia, entró en el taller de Pacheco, cuyas enseñanzas en el joven sevillano son más que patentes en sus primeras obras, gracias también al tratado anteriormente descrito. Realiza una Inmaculada, en la que se plasma la pureza virginal de María, donde la serenidad y las manos juntas en señal de oración se hallan en su máximo esplendor. Destacar también los efectos lumínicos del cuadro, cuyas nubes le dan un efecto de claroscuro impecable, en contraste con ese cielo anochecido. La imagen de María Santísima porta túnica blanca y manto azul oscuro, coronada de doce estrellas y la luna bajo sus pies.

El siguiente a analizar no podía ser otro que Bartolomé Esteban Murillo, el pintor predilecto de la Inmaculada, que representó a la Pura y Limpia de todas las maneras posibles. Pero sin duda la obra maestra de la iconografía inmaculista del S. XVII y de su producción artística es conocida como la Colosal, que hoy se exhibe en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Sevilla. Encargada por el Convento Casa Grande de San Francisco hacia 1650, se nos presenta a una mujer de plena madurez, en contraposición a las realizadas por él que poseen rasgos más aniñados. Porta túnica blanca y el manto azul noche, a destacar el tratamiento de los pliegues, provocando ese claroscuro y el naturalismo con que muestra a María es majestuoso. Se pueden destacar también las nubes con las que se sustenta a la triunfante vestida de sol y los pequeños querubines, que se asombran ante tal magnificencia. En el tema compositivo, se marca una diagonal desde la luna, que se encuentra descentrada, también del manto desplegado al viento que establece otra diagonal.

Por último, en el ámbito granadino se hace patente la influencia del tratado de Pacheco con Alonso Cano (1601-1667). Es el Miguel Ángel granatensis, ya que tocó las tres nociones que componen las Bellas Artes, la arquitectura, la escultura y la pintura. De su amplia carrera destacamos la pequeña Inmaculada de la Catedral de la ciudad, de composición romboidal, a diferencia de la escultura sevillana, siendo pentagonal. Se nos presenta como una niña de 12 años y siguiendo la iconografía inmaculista imperante en el S. XVII, sin embargo, la luna se encuentra boca abajo, siendo en el ámbito escultórico no muy bien visto. Por este motivo, se presentan habitualmente con los cuernos hacia arriba. De mirada serena, la Virgen junta sus manos en actitud orante, portando manto azul oscuro y túnica blanca.

Por último, hacemos hincapié a la que es la protagonista de este artículo, la Inmaculada con el Niño Jesús del Coro Alto de la iglesia de Santa María Magdalena. El historiador del arte Álvaro Cabezas ha investigado esta pieza singular, y le ha llevado a pensar que sea de Francisco Pacheco, pero no siendo un trabajo menor, sino de plena madurez. Anteriormente dicho y reitera el investigador que su estilo mejoró sobre todo por ese viaje al Escorial y a Toledo. Podría haber sido encargado por la orden franciscana, puesto que las cuestiones teológicas sobre la concepción de la Virgen todavía estaba vigente y que repitió en varias ocasiones esta representación. En este sentido, el cuadro se podría encuadrar en una cronología comprendida entre 1620 y 1625, puesto que la etapa de mayor plenitud pictórica de Pacheco se encuentra por estas fechas, al hacer compararla con otras obras de su etapa, ha dado pie a este breve espacio de tiempo.

No hay más que ejemplificar esto que, en cuanto a composición, en sus Inmaculadas se denota la misma, incluso añadiendo otras representaciones o personajes como ocurre en la Inmaculada de la Parroquia de San Lorenzo de Sevilla, o con el retrato de Vázquez de Leca o la del Miguel Cid, que poseen mayor simplicidad de figuras. También en rasgos podemos de manifiesto, parece más relacionable con la mirada serena de la Virgen y el Ángel, que se encuentra en el Rectorado de la Universidad de Sevilla. El cuadro protagonista presenta a la Virgen María, que coge en brazos a un rechoncho Niño Jesús, pintado a la manera italiana, oculta con el pañal de su hijo la mano izquierda. Como atributo identificativo relacionado con la Inmaculada es la manzana que tiene el niño, símbolo del pecado original. Nos encontramos con dos partes claramente diferenciadas, aunque predomina la celestial, donde María se rodea de nubes, que provocan un rompimiento de gloria, además aparecen elementos vegetales que se hacen perceptibles en la misma. De la cabeza de la Virgen aparece un gran resplandor, simbolizando la santidad de que es una mujer sin mancha alguna, la luna se dispone bajo sus pies y Sevilla se representa como si fuera la Jerusalén celeste, demostrando que María es nuestra salvación. Por tanto, la escena nos remite a la visión que tuvo San Juan Evangelista en Patmos, reflejado en su Apocalipsis, 12.

El naturalismo con que se expresa el rostro de la Santísima Virgen es extraordinario, en que la boca se encuentra cerrada, las cejas están levemente arqueadas, la nariz es larga y delgada y ojos semicerrados, sumiéndose en una ternura que se hace patente. Por otra parte, el Niño no presenta ese mismo tratamiento expresivo del rostro, siendo un tanto enigmático. El cuerpo se arquea, provocando que el manto cree numerosos pliegues, motivando al claroscuro. Si bien, en cuanto a composición de la imagen si se refiere, copia de varios grabados de Alberto Durero(1471- 1528), uno de los grandes grabadores de la Historia del Arte y que ha sido copiado hasta la saciedad, puesto que los artistas buscaban libros de grabado con el objetivo de poder inspirarse para realizar sus obras. Vivió casi toda su vida en Nuremberg, salvo algún que otro viaje a Italia o los Países Bajos, siendo su maestro el también grabador y pintor Michael Wolgemut.

En este sentido, nos encontramos en un contexto donde se encuentra protagonizado por la invención de la imprenta, producida en 1489, por lo que el contacto de los grabados hacia Europa fue muy grande, como ya se ha comentado. El invento está atribuido a Gutenberg, si bien la imprenta se halló en China y la Iglesia Católica fue de las primeras entidades en utilizar este aparato tan novedoso en el momento. Por tanto y volviendo a la pieza recientemente atribuida a Pacheco, se fija en varios grabados realizados por Durero, sobre todo en la Inmaculada con el Niño Jesús sobre la luna creciente, por lo que no es original la manera con la que se representa.

Cito un texto que dijo Pacheco en su tratado de Pintura, donde nos habla de que la invención de una obra parte de un precedente, para recrear algo nuevo: “La invención procede de buen ingenio, y de haber visto mucho, y de la imitación, copia y variedad de muchas cosas, y de la noticia de la historia, y mediante la figura y movimiento de la sinificación de las pasiones, accidentes y afectos del ánimo, lo guardando propiedad en la composición y decoro en las figuras”.

Por último, mencionar que, ya tratado en el artículo, Pacheco, también en su tratado, explica que el beato Juan Duns Scoto se le apareció la Virgen Inmaculada, poniendo en las manos del beato al Niño Jesús mientras oraba. Sin embargo, Pacheco no participa de esta iconografía pero la dio por válida.

”Sin poner a pleito la pintura del Niño en los brazos, para quien tuviere devoción de pintarla así, nos conformaremos con la pintura que no tiene Niño, porque ésta es la más común… Esta pintura, como saben los doctos, es tomada de la misteriosa mujer que vio San Juan en el cielo, con todas aquellas señales; y, así, la pintura que sigo es la más conforme a esta sagrada revelación del Evangelista, y aprobada de la Iglesia Católica, la autoridad de los santos y sagrados intérpretes y, allí, no solo se halla sin el Niño en los brazos, más aún sin haberle parido, y nosotros, acaba de concebir, le damos hijo…”

Ponemos por conclusión que la iconografía de María como Pura y Limpia, la mujer llena de gracia, sin mancha de pecado es el conjunto de guerras, reyertas entre órdenes, sobre todo franciscanos y dominicos, visiones de santos, escritos que, durante siglos, toda persona ha ido buscando para darle su sentido, por lo tanto, no es una simple iconografía. La síntesis de todo esto llega en el S. XVII, testimoniado de la mano de Francisco Pacheco, con su tratado de pintura, que sentó las bases de las representaciones iconográficas a partir de dicho siglo. Por último, decir que el acercamiento a la Iconografía de la Inmaculada es recordar cuando estaba en primero de carrera, en clase de Iconografía con Jesús Palomero, en el que explicaba todo lo referente a la misma. Sirva esto para agradecer a Álvaro Cabezas, historiador del arte de la ciudad de Sevilla, por haberme animado a realizar el reportaje, devolviendo la ilusión a ese niño de primero de carrera, que entró en Historia del Arte para marcar una huella en ella.

Todo el mundo en general,

a voces, Reina escogida,

diga que sois concebida

sin pecado original.

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