Sevilla

Una nueva Madrugá para la historia de Sevilla

La Madrugá es la jornada en la que todo se sublima, en la que las palabras sobran y la contemplación es la vida misma, la que se escapa entre las manos conteniendo la respiración y convirtiendo los sueños en un hervidero inabarcable de promesas materializadas. Un universo casi incontrolable en el que la noción del tiempo se difumina lentamente por los callejones del sentimiento y de la memoria, la que encuentra acomodo entre los recuerdos que se han ido atesorando a lo largo de nuestra existencia, como cuando te cogieron de la mano para andar delante de la Macarena, te dieron el primer beso enamorado viendo alejarse al palio de la Esperanza de Triana, o rezaste emocionado ante el Señor de Sevilla y del mundo entero, entre lágrimas y sollozos por ser consciente de habitar por un instante en el mismísimo paraíso.

Una Madrugá que estalla ante nuestros ojos exactamente en el preciso instante en el que se sobrepasa la frontera del Jueves Santo y la cruz de guía de la Macarena atraviesa la muralla imaginaria del atrio para confundirse entre el gentío que espera el maná de los cielos en forma de devoción mariana, convirtiendo la Resolana en un oasis de luz en este miserable mundo que nos ha tocado vivir. Una espera que claudica en presencia del misterio de Jesús de la Sentencia cuando camina dejando a su derecha el arco que tanta veces atravesase – qué raro se hace que no lo haga -, clavando una punzada en el corazón de Sevilla. Una saeta de José de la Tomasa… y el paso, mandado por Ernesto Sanguino, bullendo de claveles rojos, comienza su peregrinación al son de la Centuria, dirigida por Francisco Moraza, y dos marchas de ensueño, «En tus manos Macarena», dedicada al recordado Pepe Hidalgo y «Roma», para arrancar la ovación generalizada en un gentío que vuelve a mirar con ansiedad al interior de la Basílica preguntándose cuándo llegará Ella.

Una punzada que se convierte en herida de amor cuando sale la Virgen de la Esperanza entronizada en el navío que dirige José María Rojas Marcos… todo alegría y júbilo en su presencia. Un suspiro de respiración contenida justo antes de la marcha real dé paso, sin solución de continuidad, a «Coronación de la Macarena», la primera marcha para la Reina de Sevilla. Un instante de sosiego para que Ana García Cano le regale a la Virgen una espectacular saeta en el instante previos de traspasar la verja y que todo estalle de nuevo en un vergel incontenible de emociones para fundirse con el pueblo que la esperaba al compás de «Esperanza Macarena» y, ya en la Resolana, «Pasa la Macarena», al son inconfundible y siempre magnífico del Carmen de Salteras. Brillantez, elegancia, dulzura, majestuosidad… un rosario imposible de abarcar con los sentidos, solo de sentir con el alma… hasta que se pierde por el torrente indefinible de la calle Feria camino de corazón de otros miles de sevillanos. Particularmente memorable fue la revirá hacia Correduría, que a los sones de «Rocío», regaló la Macarena al enfervorizado público que aplaudía.

En otro extremo de la ciudad, la una de la noche se convierte en la hora del rito. Un rito concebido con Silencio, ruan negro, trascendencia, oración de siglos y memoria colectiva de una ciudad orgullosa de su historia, la misma cuyos hijos fueron capaces de prometer derramar hasta su última gota de sangre por defender un dogma mucho antes de que la propia iglesia lo convirtiese en dogma. Porque a esa hora el silencio solo queda matizado a las puertas de San Antonio Abad por el rachear de los costaleros y el aire oliendo a azahar, siempre azahar. La fragancia que empapa de un ambiente exquisito a cualquier calle, fundido con el incienso convirtiendo la calzada en un escenario único para contemplar la mirada de la Virgen de la Concepción.

Aroma embriagador del azahar que exorna su paso de palio y silencio tamizado por el sonido ancestral que siempre acompaña el devenir de la más antigua de las hermandades de Sevilla. Silencio imperecedero, eterno, solamente profanado por los golpes de llamador, el racheo, la música de capilla y una saeta desde un balcón. Cruz de Carey y plata en el hombro derecho de Dios Hombre que camina hacia la muerte por salvarnos de la muerte, flanqueado por una pareja de ángeles mientras el universo entero redimido observa extasiado. Con música de capilla llega también a la Campana, desde su feudo de la calle Alfonso XII, la bellísima Virgen de la Concepción, la dulcísima dolorosa de Sebastián Santos, recibiendo el consuelo confortador del San Juan Evangelista de Cristóbal Ramos en su exquisito altar itinerante bizantino, un consuelo que se convierte en desolación cuando se aleja por Sierpes.

También es la hora del ruan en San Lorenzo cuando el Señor de Sevilla comienza a cruzar la ciudad con su zancada indefinible e irrepetible. Silencio a su paso, oscuridad arrebatada por los flashes de los móviles y el rezo continuo. Él es Dios, la devoción de la ciudad, el Hombre que se aparece en los sueños de cualquier niño, el que está en la estampa de la mesita de noche, el de la medalla del abuelo, el que siempre habita en un rinconcito del corazónRacheo infinito, mágico, todopoderoso, metáfora perfecta del Gran Poder omnipotente y omnipresente, del mismísimo Dios. Saetas que rompen el silencio en una secuencia continua de promesas convertidas en oración perfecta por obra y gracia de un quejío.

De repente, sin poder evitarlo, el Señor, el único Dios verdadero, se pierde a lo lejos dejando en el alma una mezcolanza indescriptible de sanación absoluta por los favores recibidos y un desamparo imposible de definir por la ausencia de su divina majestad. Y detrás de su infinitud, Ella, todo Dolor y Traspaso. Dulzura, ternura y llanto inconsolable de Madre a la que han robado su joya más preciada. Un tesoro incalculable que sigue los pasos de Dios alumbrándonos con su mirada cuáles son los pasos que conducen al paraíso, entronizada en el maravilloso paso de palio cuyos bordados diseñara Juan Manuel Rodríguez Ojeda, inspirándose en un frontal de altar de la trianera parroquia de Santa Ana, con un marcado estilo regionalista.

Y es precisamente en la otra orilla del río cuando donde la alegría brillante e inolvidable se conjuga con el nombre de Esperanza. Es la cofradía de barrio en toda la extensión de la palabra, porque la Esperanza es Triana y Triana es la Esperanza, la que explota de alborozo al filo de las dos de la mañana para hacer latir a Sevilla. Vistiendo la nueva túnica de Paquili y llevando al hombro la nueva cruz de Enrique Lobo, el Cristo de la Tres Caídas atravesó la frontera de los sueños en que cada año se convierte el umbral de la Capilla de los Marineros. Tras el silencio, el mar embravecido, y una maravillosa sorpresa de la Banda de las Tres Caídas, un hermosísimo homenaje a la centenaria marcha «Amarguras» que fue el preámbulo del derroche más absoluto.

La tradicional y simbólica cesión momentánea del timón del barco, por parte de Paco Ceballos a Juanma López, fue la antesala de roneo de la cuadrilla más espectacular de Sevilla con el Rey de Triana. El genuino compás de «Abrazado a Triana», la primera marcha que fue interpretada en su honor y «La Fe», sirvió para poner a la calle Pureza boca abajo. Pasos atrás, expectación, éxtasis, espectacularidad, miles de teléfonos queriendo captar el instante y cientos de manos soñando acariciar por un instante los respiraderos para santiguarse a continuación. Y la magia trianera por obra y gracia del Dueño del Cielo y la Tierra que enseña a la humanidad entera a levantarse cuando la vida obliga a clavar la rodilla en tierra.

Una eternidad de parejas nazarenas y se hizo el silencio absoluto. La Reina de Triana atravesó el mismo umbral de los sueños para entregar su esencia más pura a quienes invaden la calle Pureza. Sonó «Esperanza de Triana Coronada» y una petalada mágica a las mismas puertas de su casa, se convirtió en la ofrenda de sus vecinos más cercanos para provocar el esbozo de una sonrisa que los miles de trianeros que allí estuvieron juran que la Virgen les regaló por un instante, al compás de la Banda de las Cigarreras, adecuado contrapunto para el memorable recuerdo. «Triana de Esperanza» para convocar a la oración inmediatamente antes de volver a provocar el éxtasis, tras un interminable diluvio de pétalos, por cada calle que conduce a la Catedral.

Cuando rebasaba un minuto las tres y media, los nazarenos de ruan negro del Calvario comenzaron a salir de la Magdalena para encontrarse con Dios en la Catedral. Presencia impecable la de un cortejo nacido para ser el contraste perfecto y la distinción en una jornada de derroche y fantasía y de devociones que se pierden en la memoria de los tiempos. En una Madrugá como la de Sevilla, la cofradía del Calvario se antoja esencial para hacer comprender al universo que es en la verdad de la devoción personal e intransferible, la que se hereda de generación en generación y corre por las venas, de donde emana la esencia misma que conforma los pilares esenciales de la Semana Santa, lejos de modas y mareas masivas.

Un cortejo en el que la oración, que se multiplica bajo los antifaces, se nutre de promesas de penitentes descalzos y el palpitar ligero de devotos cuando se acerca Cristo en la cruz del Calvario. Sencillamente imponente el crucificado de Francisco de Ocampo, maravillosamente sobrio, caudal inmemorial de devociones de la antigua hermandad de mulatos que se terminó convirtiendo en la actual corporación. Una cofradía con un aroma a misticismo que se acrecienta en presencia de Nuestra Señora de la Presentación, la dolorosa atribuida a Juan de Astorga, que derrama espiritualidad en su paso milimétricamente concebido. Una auténtica delicia es la contemplación de la cofradía pese a caminar en práctica soledad en algunos enclaves de su itinerario, como la calle Canalejas.

A las dos y media, ponía su cruz de guía en la calle la Hermandad de los Gitanos, una de las joyas perennes de la Semana Santa de Sevilla. Una cofradía que siempre permite a quienes la contemplan percibir el aroma de canela y clavo, el sabor del trabajo cuidado y el regusto de la esencia más pura. Las puertas de su hogar de la calle Verónica, mutaron en el tradicional hervidero de devotos que siempre acuden a la llamada del Señor de la Salud, espectacular con túnica bordada, que comenzó su caminar hacia la catedral con la tradicional marcha «La Saeta», todo un himno, y «Mi Ángel de la Madrugá», para provocar una encendida ovación y la emoción descontrolada ante la presencia del Hijo de Dios.

Una emoción que se reprodujo al llegar a San Román, en el Convento de Santa Ángela y cuando Raúl Fernández dedicó una hermosísima saeta a la Virgen de las Angustias, en las mismas puertas del templo, antes de que la mecida siempre elegante del paso de palio de la dolorosa, inalterable pese al cambio de capataz, que la mano de José Miguel Gallardo ha conservado y quizá potenciado, comenzase a prodigarse camino de la carrera oficial. Un caminar dulce, entregado y delicado muy del gusto de los hermanos y de la ciudad de Sevilla que busca reflejarse, en cada rincón, en la mirada infinita de la dolorosa de José Manuel Rodríguez Fernández-Andes, una de las bellezas incalculables de la Semana Santa hispalense, que ha lucido este año el «manto de la duquesa» y un exorno floral con tonalidades malvas de las rosas se mezclaban con otras de color champán. Cabe destacar la presencia de mayor cantidad de público acompañando a la hermandad a la ida a carrera oficial, sobre todo cuando el primero de los pasos llegaba a «las Setas».

En suma, una Madrugá plagada de matices, de oración y de magia, de sentimiento y de fantasía, en la que en determinados enclaves se apreció una considerable presencia policial – fruto de los últimos acontecimientos -, en zonas como la Magdalena o la plaza del Duque y menos público del habitual en puntos como Reyes Católicos, al paso de la Esperanza de Triana, el Calvario en Canalejas o en el Salvador al paso del Silencio y en la que lo mejor que se puede decir al respecto es que, felizmente, no ocurrió nada destacable desde el punto de vista de la seguridad, pese a que se desarrolló con una sensación de calma tensa, cualquier sonido más alto de lo normal hacia que la gente mirase con preocupación hacia el lugar en el que se producía.

Nada reseñable salvo que continúan acrecentándose determinados comportamientos más relacionados con la falta de respeto y de educación de ciertos especímenes que en absoluto se pueden subsanar con presencia de fuerzas y cuerpos de seguridad del estado sino con el compromiso de padres realmente preocupados por la formación integral de sus hijos. Detalles negativos de una nueva Madrugá para la historia de la Semana Santa de Sevilla, eterna pero cambiante, que hemos heredado y tenemos las responsabilidad de proteger y transmitir.

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