Hay palabras prohibidas, frases que nunca deben pronunciarse y deseos que no se pueden decir en voz alta porque no se cumplirán. Hay quienes lo catalogan de superchería, pero sin embargo eso es parte de la piedad popular, cuando se cruzan dos miradas (la de la divinidad y la persona) y todo está dicho.
Eso cuesta entenderlo hasta cuando eres de un pueblo chiquito y te has criado entre nazarenos y patronas (del tuyo y los alrededores) y te obnubilas con la grandeza de otras semanas santas. Pero la realidad es que, en el detalle ínfimo, está la clave.
Y, dentro de ella, se halla la Romería de Votos y Promesas de Maria Santísima de la Sierra, cada 15 de agosto, en el preludio certero de la Bajá del 4 de septiembre, pero menos multitudinario y, en consecuencia, más cercano, más fiel a la fe de un pueblo. Con su previa, su misa y la procesión alrededor del santuario con la bandera ondeando para que no haya nadie que no haya pasado bajo el manto de la Virgen. La analogía es brutal, es un bautismo de fuego en la fe cuando está es verdadera.
Esta no es una crónica al uso y, para colmo, es la que le debía haber escrito hace dos años. Pero las cosas pasan cuando pasan, cuando Ella quiere y no somos nadie para enmendarle la plana. No se trata de golpearse el pecho ni de hablar de milagros, porque esos pasan sin necesidad de que se nombren. Pasan y solo puedes admirarte y dar las gracias.
Uno aconteció hace nueve años y, justo ahora, la segunda parte explica la obra completa que hizo la Virgen. Pero no el voto ni la promesa se cuentan, por lo que solo queda el beso y las gracias por volver a dejarme escribir de Ella dos años tarde.





