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Sevilla, ⭐ Portada, 💚 El Rincón de la Memoria

1933, aquel año de veneraciones

Sin desfiles procesionales las cofradías se esmeraron para levantar altares efímeros durante los días grandes

Con la instauración de la II República comenzó en la España reciente un periodo que se extendería desde 1931 hasta 1936 y que según el libro Las cofradías de Sevilla en el siglo XX sería conocida como “La gran crisis” para nuestras hermandades. Era la segunda ocasión que el país vivía se adentraba en un camino que ya había recorrido tras la abdicación de Amadeo de Saboya en el lejano 1873. El periodo se dividiría en tres etapas, siendo la primera de ellas la que va desde 1931 hasta 1933 y donde la coalición republicano-socialista, con Azaña a la cabeza llevó a cabo diversas reformas.

Las cofradías sufrirían un duro revés debido a que la nueva Constitución anulaba las ayudas económicas a la Iglesia algo que afectaba a los ayuntamientos —en el sevillano se encontraba al frente José González y Fernández de la Bandera—, que dejaron de contar con una partida para ayudar a las cofradías. Comenzado 1933 Nicolás Salas en Sevilla en tiempos de los Anti-Dios recuerda que «los desórdenes sociales provocaron la crisis socioeconómica, y en el Congreso de los Diputados fue debatido el caos sevillano. Capital y provincia vivieron este año, como los dos anteriores, en continua zozobra por el miedo y la indefensión».

Un año en el que no habría cofradías en la calle debido a un imperante anticlericalismo que sembró el medio en diversos sectores de la población. Según Nicolás Salas el primero mes del año se vivieron enfrentamientos entre comunistas y anarquistas en Adriano y Almirantazgo y cerca de San Julián dos guardias municipales fueron desarmados y apaleados, resultando gravemente heridos. Tampoco la provincia mostraba signos de mejoría. En Valencina de la Concepción, por ejemplo, el consistorio prohibía en febrero la manifestación pública con el viático por las calles del pueblo.

De una Semana Santa tranquila, la de 1931 se da un salto a la del 32 en la que la Estrella fue la única que realizó estación de penitencia. Y fue tal el número de incidentes que ya para 1933 las calles quedaron desiertas en los días grandes. Las hermandades idearon entonces una Semana Santa vivida de puertas hacia adentro. Montaje de pasos, altares de culto para el recuerdo, sagradas imágenes cerca de los fieles para paliar la tristeza de una ciudad que no tendría desfiles procesionales.

En la Catedral el Monumento con el Santísimo contó con importante presencia de las cofradías, que se habían organizado para realizar turnos de vela. El mismo Domingo de Ramos comenzó un solemne triduo con la presencia del Lignum Crucis y la Santa Espina. Era el 9 de abril y en Omnium Sanctorum se encontraba sobre unas andas el misterio de la Santa Cena y en su palio la Virgen del Subterráneo. En devoto besapié esperaba muy cerca el Señor de la Humildad y Paciencia. La hermandad acordó la celebración de un vía crucis. La Hiniesta residía en San Marcos, tras el incendio del año anterior de su sede canónica y en San Juan de la Palma el discípulo amado consolaba a la Amargura en el palio, quedando Nuestro Padre Jesús del Silencio sobre unas andas. Expectación en torno a la Hiniesta, que estrenaba nueva imagen mariana que vino a sustituir a la anterior, perdida en el incendio de 1932. Por su parte los titulares de la Estrella, recibían a los fieles en San Jacinto en su habitual ubicación, donde además podrían contemplarse sobre su paso los titulares de las Aguas, que también permanecieron de este modo el Lunes Santo.

El Museo también se afanaba en presentar a sus sagrados titulares ante el pueblo, celebrando un vía crucis. Y en San Vicente las Penas exponía al Señor exornado con claveles rojos y a la Virgen de los Dolores en su altar. El Martes haría lo propio la hermandad de San Benito. Más triste fue esta jornada en el Salvador —donde celebró sus cultos la hermandad del Amor dos días antes—, donde se encontraban los Estudiantes, que realizaron sus cultos ante dos cuadros con las imágenes de los titulares. El Estado había manifestado su intención de que le fueran devueltas el crucificado y la dolorosa, como así sucedió. En Santa Cruz esperaban los titulares de la corporación y en San Lorenzo el templo se quedaba pequeño ante el besamanos del Gran Poder. No muy lejos de allí, en San Antonio de Padua, la Virgen del Dulce Nombre amanecía sobre su paso de palio. También lo hacía Jesús ante Anás, protagonizando una procesión claustral.

Los titulares de San Bernardo en un altar improvisado. Foto: Hermandad de San Bernardo

El Miércoles Santo sorprendió la Virgen de Regla acompañada por San Juan Evangelista y el besapié en San Gregorio de la Lanzada con el antiguo titular cristífero. En el Baratillo era la Virgen de la Caridad la que recibía a los sevillanos en su paso de palio. En San Vicente el paso de las Siete Palabras. Misas en San Bernardo, el Buen Fin y Cristo de Burgos para cerrar una jornada que comenzó en la Catedral con un pontifical a las ocho de la mañana. En Las cofradías de Sevilla en la II República Juan Pedro Recio recoge que en este acto «fue trasladada Su Divina Majestad a la custodia de Arfe, alojada en el monumento eucarístico. Por la tarde, un sermón conmemoraba el XIX centenario de la Institución de la Eucaristía con la asistencia de ocho concejales, portando las varas de palio de respeto».

El misterio de la Quinta Angustia fue contemplado sobre su paso, algo que también hicieron en la Trinidad y en la Exaltación. Esta última optaba por recuperar bajo palio la imagen de la dolorosa, que por entonces había sido sustituida. Montesión y Pasión celebraron la Hora Santa y el Valle asistía al monumento instalado en el Santo Ángel, celebrando el sermón de las Tres Horas el día siguiente.

Imágenes inéditas dejarían las corporaciones de la Madrugada. Si el Gran Poder y el Silencio realizaron cultos la tarde anterior, la Macarena lo hacía en torno a la medianoche. Pero las puertas tuvieron que ser cerradas ante la afluencia de un público deseoso de que la Reina de San Gil derramase Esperanza por la ciudad. Juan Pedro Recio afirma que «las saetas fueron constantes durante toda la jornada». En la Magdalena el Cristo del Calvario se encontraba en su paso al igual que la Esperanza de Triana en el viejo arrabal o los titulares de los Gitanos en San Román, permaneciendo de esta guisa hasta el final de la Semana Santa.

Señor de las Tres Caídas de San Isidoro el Viernes Santo de 1933. Foto: Hermandad de San Isidoro

El Viernes Santo actos de la pasión en la Carretería, la Soledad de San Buenaventura y La O, que además expuso al Nazareno en besapié. Montserrat también optó por hacer lo mismo con el crucificado. La capilla del Patrocinio abría sus puertas de 15:00 a 21:00 horas, haciendo los hermanos turnos de vela con cirios encendidos ante el crucificado. En San Isidoro, el Señor de las Tres Caídas era trasladado desde su capilla hasta el presbiterio, regresando tras la celebración de los cultos. El Santo Entierro celebró besapié con el Cristo Yacente en San Antonio Abad. Según Juan Pedro Recio trasladado desde San Gregorio, cuyo templo se encontraba en mal estado. Llamativo fue el montaje en Santa Marina. La Mortaja mostraba a la dolorosa sola, al pie de la cruz en un altar. El Cristo Descendido aparecía en unas pequeñas andas, dispuesto a ser portado por hermanos en un vía crucis que se celebró por el interior del templo. La Soledad de San Lorenzo cerró la Semana Santa con el ejercicio de la Soledad.

Las hermandades culminaron así la Semana Santa de 1933, según Juan Pedro Recio «quizá la más trascendente del siglo XIX al cumplirse 1900 años de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo». Triduos, ejercicios de la pasión, traslados… estampas inéditas en muchos casos, en medio de una ciudad con las calles vacías en Semana Santa pero con templos abarrotados. Nuestra historia reciente demuestra que ni en los tiempos más difíciles dejamos de dirigir nuestras miradas hacia Dios y su bendita Madre.

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