La sociedad y las hermandades cordobesas en los siglos XVII y XVIII

Se aproximaba la Semana Santa de 1985 y Soledad Gómez Navarro, en su particular artículo de la correspondiente edición de Alto Guadalquivir, se planteaba la cercana celebración sin poder evitar mirar al pasado para basarse en él y preguntarse, a continuación, cuántas de las hermandades que configuraban el panorama cofrade de aquel momento seguirían escribiendo las páginas de su historia y cuáles, por el contrario, estarían condenadas a desparecer con el paso del tiempo.

Esa cuestión hacía inevitable recurrir al más puro empirismo, lo que, a su vez hacía necesario remontarse a las experiencias pasadas de las corporaciones cordobesas más emblemáticas como las de Nuestro Padre Jesús del Calvario, Nuestra Señora de los Dolores, Nuestro Padre Jesús Nazareno, Nuestra Señora de las Angustias o la del Santísimo Cristo de la Expiración.

Afortunadamente, los documentos conservados hasta la fecha – tales como fuentes notariales y testamentos aportados por el propio pueblo cordobés y recogidos por distintas personas entre los años 1790 y 1814 – han arrojado la suficiente luz como para hacer el oportuno seguimiento de la historia de algunas de estas hermandades.

Esa amplia información obtenida ha permitido ir perfilando las diferentes realidades de cada una dentro de sus respectivas trayectorias, aun cuando siguen existiendo, como cabe esperar, esos interrogantes que tan atractiva hace el pasado de las cofradías cordobesas, a menudo relacionadas con el trascendental papel de la muerte en el ámbito religioso y espiritual y, por otro lado, también con las propias instituciones religiosas durante un determinado y crítico período cargado de fuertes tintes políticos.

Para llegar a este punto era necesario preguntarse si aquellas personas a las que hemos de agradecer la existencia de documentación histórica se hallaban vinculadas, por su parte, a ciertas congregaciones, hermandades o cofradías. Por supuesto, máxime teniendo en cuenta la sociedad de siglos pasados – ya analizada en anteriores ocasiones – la respuesta es sí. Así pues, entre esos valiosos testamentos, cabe destacar apartados muy concretos – dedicados, a veces, a la elección de sepultura, cortejo fúnebre, capítulo de débitos amén de otras indicaciones – en los que se ponía de manifiesto la expresión y materialización del sentimiento religioso y cómo se traducía esto en el día a día. Esto solía implicar la pertenencia de los fieles a alguna hermandad cordobesa así como su participación en el seno de esta, cumpliendo con una serie de deberes – como pago de cuotas, asistencia a actos litúrgicos y festividades – y que a un tiempo les podían aportar asistencia social, acompañamiento en el funeral, servicios eucarísticos e incluso privilegios de sepultura no solo para un determinado individuo sino también para su familia.

La situación y el contexto de la sociedad cordobesa en siglos pretéritos venía marcada por la desigualdad, lo que significa que no es de extrañar que aquellas personas consideradas de las clases más pudientes e influyentes podían permitirse ser miembros de distintas hermandades – acumulando mayor cantidad de obligaciones y derechos – mientras que, los más humildes solo tenían vinculación con una corporación.

Se ha podido calcular que la cifra ascendía hasta un total de 194 asociaciones religiosas clasificadas de la siguiente forma:

Cofradías dedicadas a alguna advocación mariana, 74 testamentos, un 38,14%; consagradas al culto y veneración del santoral, 53, un 27,31%; dedicadas a la Pasión de Cristo o al culto de sus divinos atributos, 36, un 18,85% del total computado. Por último, otras asociaciones no catalogables en ninguno de los tres grupos anteriores – alguna de matiz cívico-religioso – 31 testamentos, un 15,97% del conjunto.

Resulta evidente que, en aquellos tiempos, tenían una gran relevancia las asociaciones religiosas de inspiración mariana, lo que confirma con mayor rotundidad la tradicional y comentada veneración del pueblo andaluz hacia la Santísima Virgen y la acusada tendencia al culto mariano a lo largo del siglo XVIII. El “segundo puesto”, por así decirlo, quedaba ocupado por la activa participación de la feligresía a los santos y patrones en cuestión. Y así, el tercer lugar quedaba reservado para esas hermandades íntimamente relacionadas con la figura de Cristo, revelando de este modo el proceso del culto rendido en el siglo XVII a los variados pasajes de la Pasión – de lo que da buena cuenta la escultura barroca – en clara desventaja con respecto las cofradías marianas, de mucha menor carga dramática.

Así lo demuestran los testamentos en los que muchos reflejan su unión a ciertas hermandades a través de cláusulas de sepultura y sus preferencias, dando lugar a una relación entre el hermano y la corporación de lo más curiosa hoy en día. Se puede deducir fácilmente que los estatutos de las hermandades permitían el enterramiento en el espacio asignado a la cofradía, posibilidad que satisfacía en grande los devotos de siglos atrás. De conformidad con lo expuesto, se han dado casos en que aunque la persona no hiciese referencia explícita a su lazo con la corporación en su testamento, dejaba legados píos, por ejemplo, que hacen sospechar que, en efecto tal vínculo existiera. En lo referente a un ejemplo aportado por Mª Francisca de Alva y Muñoz, se especifica que dos urnas suyas – una de un Niño Jesús y otra de Nuestra Señora del Carmen – sean enviadas a la Iglesia de San Rafael “a fin de su mejor culto y colocación en la que se está ampliando – siendo esta la del Juramento – y pido a su hermandad me encomiende a Dios […]”.

En este contexto, es también necesario mencionar a la Hermandad de San José, “que representa el ansiado auxilio que necesitan los testadores en su última hora” y a la de Ánimas del Purgatorio. Entre sus labores más frecuentes se encontraban la de reservar un lugar para el hermano difunto, celebrar misas por su alma y asistir al entierro con cirios.

Partiendo nuevamente de los citados testamentos que tan útiles han sido a la hora de acercarnos un poco más a la religiosidad cordobesa del pasado, estos han servido además para hacer unas estimaciones en relación al pueblo de la ciudad y su pertenencia a las hermandades. Así pues, cabe afirmar que “una mayoría pertenece a la Hermandad del Santísimo Sacramento – 24 casos, un 12,37% del total –; otro grupo importante a la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen Calzado – 17, un porcentaje de 8,76% – ; un tercer puesto ocupado por los testadores que se reparten entre la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores y la Congregación de San Pedro de Alcántara – 13 cada una, un 6,70% –; continúa la Hermandad de San Rafael – 11, un 5,67% – compartiendo puesto con la Cofradía de Ánimas del Purgatorio. Un quinto lugar para tres Cofradías minoritarias en nuestros testadores: Nuestra Señora del Rosario – 8, 4,12% –, precedida de la de los Santos Mártires – 9, 4,64% – e igualando con la Orden Tercera de San Franscisco – otros 8, 4, 12% –, seguida de la de Nuestra Señora de la Concepción – 5, 2,57% –, San Eulogio Mártir y Nuestra Señora de los Remedios – 4 cada confraternidad, 2,06% – hasta sumar todas las enumeradas un porcentaje sobre el conjunto global de 68,52%; en tanto que un 31,48% está representando a todas aquellas cofradías de menor entidad cuantitativa en nuestros testamentos”.