Durante años, los pasos de carácter alegórico estaban presentes en un gran número de las corporaciones de entonces. Con el paso del tiempo, fueron perdiéndose, quedando relegados a un segundo plano e incluso desapareciendo de los títulos oficiales de las hermandades. La corporación de Montserrat, fundada por comerciantes de lienzos catalanes, integraba en su cortejo un paso donde se representaba a San Vicente Ferrer, pero fue el paso alegórico de San Isaías el que más se recuerda en la actualidad.
La década de los 50 del siglo XIX terminaba para la hermandad de Montserrat con la incorporación de la mujer Verónica, concretamente en la Semana Santa de 1859. Varios años después, en 1865, decidirían incorporar a otra mujer que simbolizase la Fe. Con los duques de Montpensier la hermandad iba revitalizándose poco a poco. Y precisamente cuatro años antes de la incorporación de la Fe, en 1861, la hermandad volvía a sacar un tercer paso, en esta ocasión, representando al profeta Isaías. El nuevo resurgir de la hermandad, con nuevas reglas el 23 de abril de 1850, traía unas décadas de esplendor donde destacaban que la cofradía tenía “todo bueno y costoso, haciendo la estación a la Santa Iglesia Catedral con mucho orden y grandeza”.
La corporación encargó su representación al escultor Vicente Luis Hernández Couquet, un valenciano que terminaría siendo profesor en la escuela de Bellas Artes. No tardaría mucho en ser suprimida esta representación, pues el paso saldría hasta 1885. Sobre este, comentaría Almela Vinet que “lo componía una peana forrada de terciopelo carmesí con adornos, en que la Imagen de San Isaías se ostentaba escribiendo su profecía”. El paso de estilo neogótico era obra de Eduardo Robles Pardos. Aunque en el siglo XX realizaría varias salidas, la de 1931 acabaría por ser la última en la que acudiese al templo metropolitano, precisamente cuando se cumplían 10 años de la anterior vez que lo hizo. Para esta ocasión, Manuel Galiano añadiría telas encoladas a la imagen, dejando de ser de candelero, cuando portaba entonces una túnica de tisú blanco y un manto de carmesí terciopelo bordado en oro, salido del taller de Patrocinio López. Aquella Semana Santa los sevillanos contemplarían por última vez en la calle al profeta, cuya mirada hacia arriba le hacía parecer que miraba por los balcones de las zonas por las que transitaba. Cundió entonces la leyenda de que el santo apuntaba en el pergamino la lista de aquellas mozas con las que se cruzaba la mirada, y plasmaba su nombre porque serían las próximas en pasar por el altar. Aunque suponemos que también habría alguna que intentaría no mirar a los ojos al profeta.
Isaías, que todavía puede contemplarse en la capilla de Montserrat, aparece sentado, sosteniendo una pluma en su mano derecha y en la izquierda el pergamino, escribiendo el cuarto canto del “Siervo de Yahvé”. Aquí se recoge el sufrimiento de Jesús, apuntando el profeta “por causa de nuestras inquinidades fue Él llagado, y despedazado por nuestras maldades; el castigo del que debía nacer nuestra paz descargó sobre Él, y con sus cardenales fuimos nosotros curados”. (Is. 53, 5). Sin embargo, investigaciones bíblicas revelaron que este cántico no correspondía a San Isaías sino a un seguidor suyo, a quienes los estudiosos califican como “Deutero-Isaías”.
“El santo del poyetón”, como se le conocía, en alusión a la roca sobre la que aparecía sentado, asomó la mañana del Corpus de la Magdalena del año 2010, siendo el protagonista del altar levantado por la hermandad de Montserrat. Bajo una palmera, los cofrades pudieron imaginar más fácilmente cómo fue el primero de los pasos de Montserrat. Un año después, justo cuando se cumplían 150 años de la primera salida del profeta, la hermandad organizaba una charla a finales del mes de febrero bajo el título “San Isaías. La herencia profética y salmística de Jesús”. Además, encargaba a Rocío Sáez Millán la restauración de la imagen, que se encontraba en un lamentable estado de conservación. La profesora, licenciada en Bellas Artes, comentaría después los pasos que siguió en una charla impartida a finales de enero de 2012, bajo el título “El proceso restaurador de la imagen de San Isaías”. El profeta se situaría desde el día 24 al 29 de enero sobre una plataforma, a la entrada de la capilla, antes de ser elevado para ocupar el lugar en el que habitualmente se encuentra.
El abandono al que estuvo sometido durante años oscureció la imagen debido al polvo y la suciedad, impidiendo ver el cromatismo de la obra. La última restauración devolvió todo su esplendor, mostrando detalles que antes eran imposibles. El que había formado parte del cortejo procesional de Montserrat parecía ser incluso otro. El Romanticismo, etapa en la que renacieron las cofradías hispalenses, vio nacer el paso de San Isaías. En la capilla continúa el profeta como testigo de una época cuyo estilo Montserrat atesora como ninguna otra.





