La Hermandad sevillana de los Estudiantes ha convocado una asamblea general en forma de Cabildo General Extraordinario que se celebrará el próximo miércoles 21 de marzo a las 20 en las dependencias de la casa hermandad situada en el vestíbulo del Rectorado de la Universidad Hispalense en la calle San Fernando. El objetivo de la convocatoria la lectura y aprobación del acta del Cabildo General anterior, estriba en la exposición del informe sobre el estado de conservación de la imagen del Santísimo Cristo de la Buena Muerte. Un informe que ha sido realizado por el contrastado restaurador Pedro Manzano Beltrán. En virtud del citado informe los hermanos deberán valorar y pronunciarse acerca de si procede una intervención conservativa de la imagen del Santísimo Cristo de la Buena Muerte. En todo caso la intervención se circunscribirá a aspectos estructurales y a labores conservativas.
El Cristo de la Buena Muerte es una excelente talla realizada en madera policromada por el afamado imaginero cordobés Juan de Mesa. Su origen data del contrato realizado el 13 de marzo de 1620 por el padre Pedro de Urteaga, por entonces prepósito de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús en Sevilla con el citado artista, donde éste se obligaba a hacer y acabar dos imágenes de esculturas, una de Cristo Crucificado y otra de María Magdalena abrazada al pie de la cruz, las dos por un importe total de 150 ducados. El Crucificado y la Magdalena, acabados en 1620, se instauraron en la iglesia jesuítica el primer domingo de Cuaresma del año siguiente, instalándose las imágenes en un retablo nuevo, frente al púlpito. La última intervención que se realizó sobre el crucificado tuvo lugar en 1995, a cargo del Instituto de Patrimonio Nacional.
Es esta una escultura realizada en madera policromada, de 1,76 metros de alto, que representa a Cristo ya muerto. Se presenta clavado en la cruz con tres clavos y morfológicamente enlaza con la habitual línea clasicista de Martínez Montañés, maestro de Juan de Mesa. Así, al realista estudio de su anatomía acompaña a esta imagen una evidente serenidad de líneas y temple formal, que llega a su máxima expresión en la sobria interpretación de la cabeza, desprovista de corona de espinas, que emana emoción y dulzura. Obra emblemática de este artista, su popularidad fue tal que posteriormente realizó dos reproducciones de la misma, una de ellas en 1621 que se relaciona con el Cristo de la Buena Muerte de la catedral de Madrid, y la otra en 1627, aún no identificada.




