Las columnas del atrio proyectan el eco de tu voz atemporal, la espadaña apunta hacia el balcón desde el que mandarás a tus costaleros eternamente y el arco se regodea en su piel de albero con la que te vio pasear a la sultana de la gracia pura según Sevilla.
Te has marchado, Luis. Ayer hiciste tu última chicotá, y subiste al cielo de la mano de la «Esperanza de los mortales». Tenías tanto amor a la Virgen que se te volcaron las arterias de la alegría por mirarle la cara a la Esperanza, se te rompió el corazón de macareno y derramaste la sangre verde por el manto camaronero, para que tu recuerdo permaneciera material e inmaterial junto a la reina de tus desvelos.
Siempre tuviste debilidad por ella, maestro. Tu alma vagabundeaba libre por el Salvador oliendo a garrapiñada cada Domingo de Ramos, pero se perdía desesperadamente en el arco. Ese arco fue el reloj de tu vida, Luis. Y la emperatriz que lo preside forjó la brújula de tu destino. Porque no solo fuiste creyente, cofrade, capataz y Macareno, no. Tú directamente escribiste la enciclopedia del amor a la madre de Dios según Sevilla.
«Qué tiene esta Esperanza que cura todos los males» decía en esa campana abarrotada del año 2001 mientras paseaba a la perla de San Gil en su último año al frente del dragón de plata, al que dominaba con sabiduría y limpiaba «to los pecaos» ayudado del Arcángel macareno. «Ole los costaleros buenos», animando a su gente en cualquier chicotá del sueño que creó madrugada a madrugada durante décadas; «nosotros también somos Macarenos, y escogidos de ella», clamaba a su cuadrilla frente a las «costaleras de la Caridad», que era como él denominaba con el arte y el cariño características de Luis a las Hermanitas de la Cruz.
Y es que este legendario capataz hacía poesía delante del paso, con frases que atraviesan las entrañas y calan en las profundidades del alma: «Aquí llora el palio, lloran los varales, llora la candelaría y llora toa Sevilla que está aquí con ustedes y con la Virgen de la Esperanza» en el convento; o «Benditos sean ustedes y la madre que os parió, Macarena también», en la calle Feria.
Así era Luis. Un rapsoda espontáneo que ofrecía un repertorio infinito de prosa y de lírica a propios y extraños cada vez que sacaba por el atrio a la Señora de la Resolana. Y hoy, estoy seguro, volvería a gritarnos: «Vamos arriba con ella, valientes». Arriba, Luis. Arriba. Allí estás ya, mandando a los costaleros celestiales y alegrando las puertas del cielo mientras miras cara a cara a la Esperanza. Qué privilegio. Hasta siempre, zorro plateado. Descansa en paz.
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