Ganas, lo que se dice ganas, es lo que me sobran, ahora mismo escucho claramente que está sonando desde mi ventana la marcha “Pasan los campanilleros” del maestro Manuel López Farfán, lo que estaría bien, salvo por que vivo a cinco kilómetros de la población con banda más cercana, y es que las ganas me pueden, mira, cómo se oye claramente los cascabeles, qué cerquita estamos de ese magnifico momento, separados tan solo por una espera, bueno, es poco menos de un mes.
Ganas si, y muchas, ahora mismo acabo de acercarme a la ventana y con desconsuelo compruebo que lo que creía cascabeles son gotas de lluvia golpeando en el acerado y sobre los cristales de la ventana las más agudas de sus notas, y “Desconsuelo” es lo que suena en mi corazón que no en mis oídos, llueve, agua caída del cielo, bautizo necesario de los sedientos campos en este final de invierno, de sequía y desesperación de agricultores, de pueblos que estaban viendo con demasiada proximidad los cortes por restricciones de agua, bienvenida agua. Te lo agradecemos yo, y las habas, guisantes, pimientos y tomates de mi huerto improvisado, de golpe la marcha a cambiado a “Alegría”.
Ganas, ya lo creo, la tierra húmeda huele a incienso, a aceite de unción del Santo Sepulcro, a paños guardados en arcones antiguos, esos que solo se abren muy pocas veces al año, y que cuando los abrimos, parece que respiran a la vez todos los paños encerrados, inundando con su aliento a naftalina cada rincón de la estancia, olor que nos abraza y trae recuerdos de tiempos pasados, ni mejores ni peores, solamente pasados, llueve y el olor de la humedad está jugando con mis sentidos, escucho con atención y solo oigo “Amarguras”.
Ganas, si se pudiesen medir, se ha caído en la sala de casa el cepillo de barrer, y en el silencio de un gris día de lluvia ha sonado igual que el último golpe de un llamador, sonido fuerte, áspero, seco, que tensa además de los músculos hasta el último tendón de este maltratado cuerpo de un viejo costalero. Silencio, ahora, solo se oye el rachear del cepillo barriendo, y lo que de verdad oigo es un paso de silencio, bueno, de silencio no, solo que el acompañamiento es el sonido de las alpargatas racheando por el suelo, silencio, y es que la lluvia ha cesado, silencio y nada más.
Ganas, qué quieres que te diga que tú no sepas, en este silencio que ahora reina en casa, solo oigo el replicar de las teclas de mi ordenador, pero si escribo y cierro los ojos, lo que de verdad oigo es el fleco de bellota, golpeando con cariño a un varal de plata, caminando hacía la puerta, silencio total, y el tintineo de cada tecla equiparable al beso del fleco sobre el frío varal, silencio, silencio y gloria, antes de llegar a la puerta, sonido de racheo, tintineo en el cielo, no perdón, en las bambalinas del techo de palio, en la tierra, crujir de las maderas, y tras las puertas del templo murmullo de la gente que con ganas esperan en este mágico momento que muy pocos hemos vivido.
Ganas es lo que nos sobra, las ganas engañan a nuestros sentidos, las ganas obligan a nuestro cuerpo a vivir extrañas experiencias, a oír lo que no suena, a ver lo que es invisible, a vivir con intensidad incomprensible lo que solo viven los que viven esperando año tras año, nuestra Semana Santa, ahora oigo la marcha “La Esperanza de Triana” del maestro López, los sentidos me engañan y las ganas me pueden, pero me pregunto, ¿y sí llueve?
Si llueve, ganas es lo que me van a sobrar, me faltará paciencia, ahora vuelve a llover, languidece el día, y las gotas de lluvia reproducen en mi ventana compasadamente “Hosanna in Excelsis” y cierto es, de lo más alto vienen estas gotas de lluvia a bendecir la tierra y a los que en ella habitamos, si llueve, pues más ganas para cuando se pueda y Él nos deje.
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