No busquen más sentido que el que tiene. Las luces de Navidad nacen para atraer, no solo a mosquitos sino también a todo turista o paisano viandante que se acerca a cada punto de luz, masificado, del que pende la economía de cada ciudad o pueblo.
Es innegable el inexorable bien que la iluminación navideña genera en el tejido comercial y hostelero de los núcleos de población. Créanme cuando les digo que de donde yo provengo el alumbrado ha sido declarado «objetivo de estado», ante la incapacidad de algunos políticos de configurar correctamente el mapa de luces led que preponderan en la época inverna o la habilidad para generar una auténtica guerra de las luces de navidad por ver que equipo de gobierno municipal pone el mejor alumbrado. Ni en Star Wars se pelean tanto por ver que espada ilumina más. Y créanme cuando les digo que ninguna Navidad sería lo mismo sin su iluminación extraordinaria.
Sin embargo, esto ha llegado demasiado lejos. Y es que el fanatismo, que últimamente está muy a la orden del día en el orbe global, ha vuelto a imperar en la mente de un personal que ha desarrollado una fe ciega en los espectáculos de luz y sonido desde que la ciudad de Málaga sacó el invento a pasear. Una auténtica odisea de exhibiciones lumínicas que se han multiplicado a lo largo y ancho de todo el mapa peninsular que ha transformado la Navidad en la obra de teatro perfecta para el consumo sin parangón.
La pérdida del sentido estricto del espíritu navideño y del verdadero significado de la Navidad ha vuelto a hacer estragos en la colectividad nacional que que ha recaído en el esteticismo de proporciona la época más fotografiada del año.
Igualmente, estamos ante una de las etapas más perfectas del viejo calendario gregoriano. Todo viene construido ante una máquina perfecta que denota felicidad tras haber navegado por el profundo océano de los once meses restantes del almanaque. No hay mejor forma de culminar el año que con una fiesta y la Navidad es el artefacto mejor engrasado de todos para llevar a cabo este cometido. A saber, un comienzo inolvidable con el día de Nochebuena, un fin de año grandioso con la noche de Nochevieja y una culminación de la Navidad con el fenómeno conocido como la Noche de Reyes, en la que nuestras ansias de consumo se ven vaciadas tras el desenfreno de toda una Navidad y de toda una campaña que vete tú a saber en que mes comenzará el próximo año. A todo esto añadimos las luces como elemento tractor de cara a engrasar esta maquinaria imparable capaz de acabar con el verdadero motivo del porque celebramos esta fiesta.
Un compendio desmedido que se ha transformado en una batalla para ver quien da el pistoletazo de salida antes a la Navidad. El mensaje perfecto para trasladar la fiesta invernal a la época estival o ya si eso la celebramos…
Estoy perdiendo las luces, mejor lo dejo.
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