El capirote | La justa medida

Cuando uno asiste a un traslado no sabe muy bien cómo va a ser. Básicamente porque hemos empleado nuevas fórmulas. Las hay de todo tipo, que es lo que abuna hoy en día. Una paleta de colores donde elegir, pero que se aleja de lo que en un principio es un traslado. Ahora los hay con música, con saetas y llegan a denominarse «miniprocesiones».

Nosotros lo hemos querido así. Y las juntas de gobierno se han nutrido de los nuevos aires para regalarnos lo que antes era un traslado y ahora es una procesión a baja escala, donde lo único que hacen falta son los nazarenos, quienes probablemente no estén porque tardarían más en vestir la túnica que en lo que dura la imagen en transitar por dos calles hasta otra sede.

Por eso, cuando anoche me acerqué a contemplar el traslado de los titulares de Loa Estudiantes, que han permanecido en la catedral con motivo de su centenario, descubrí lo que siempre ha sido el traslado de unas imágenes. Agolpados devotos y turistas frente a la catedral. Unos sabían qué iba a suceder mientras que otros preguntaban el motivo del alboroto. Y salía el Cristo de la Buena Muerte, con paso firme, camino de su capilla en el Rectorado, seguido de su madre de la Angustia, cuya belleza nos redescubre Joaquín Gómez cada vez que saca lo mejor de Ella.

En medio de un cielo plomizo, que había dejado un fin de semana inestable, y que continúa con este lunes que también ha dejado algunas gotas, fueron sin estridencias rodeados por una comitiva justa, en su medida, y un nutrido grupo de cofrades que, móviles en mano no querían perderse el momento. Casi sin darnos cuenta las siluetas que abrazaban las paredes de la antigua fábrica de tabacos se perdieron en la estrechez de la capilla recuperando, en esta cita con su historia, un traslado que dejó regusto de otros tiempos regalándonos matices perdidos en esta Cuaresma que está llegando al ecuador.