Cierro los ojos, respiro profundo, y enseguida mi mente viaja a la inexistente pasada Semana Santa, y de forma automática, resuenan tambores en mis tímpanos, me rodea el suave murmullo de la bulla inexistente que mentalmente me rodea, huelo el incienso, y escucho si pongo atención el fleco de bellota marcando el compás sobre esos inexistentes varales, sonidos de alpargatas y crujir de la madera, imagino la cera fundida cayendo sobre una inmaculada candelería de plata, hasta soy capaz de percibir el suave aroma de la flor del exorno de las jarritas del frontal ese imaginario palio, que desde mis pensamientos, ante mi está pasando.
Y esto no es imaginación, es necesidad, la necesidad que me dejó grabada la inexistente pasada Semana Santa, tanta ganas me dejó, que este sueño, es la necesidad de sentir el pasar de un palio muy cerca de mí, muy cerca, y rellenar con este sueño la carencia dejada por una inexistente realidad.
La capacidad de sustituir la realidad con la imaginación es innata de los pequeños, y a veces como en este caso de los viejos, y es que una falta puede ser sustituida por una fantasía, resultado de rellenar una carencia con un desbocado deseo, y soñar e imaginar es una opción libre para cada uno de nosotros, y yo, a pesar de los años, soy un niño que todavía sueña.
Oigo los comentarios de los costaleros en la oscuridad de su claustro de paños recios, hablan los nuevos, que los viejos rezan en silencio, sintiendo cada segundo que pasa como un acercamiento al final de todo, y se ralentizan, como si se durmiesen cargados con su penitencia en un intento de hacerla eterna, interminable, sueños de viejos costaleros, de esos que ya no quedan, de esos de respeto infinito, trabajo infinito y paciencia eterna, algo que solo entienden los que han vestido la ropa.
Silencio, que no se me rompa el sueño, que no me vaya a despertar ahora, en este momento de éxtasis de sensaciones, de esas bien conocidas sensaciones, que este año lamentablemente no he podido vivir, y es que la lluvia nos arrancó a todos nuestros sueños, penitencia, dura penitencia, eterno dolor del alma, que me faltó vivir este año, y penitencia de esperar todo un año a revivir el momento de este sueño infantil, quizás de este sueño de viejo.
Lloraban los jóvenes en las puertas de salida por comunicar las hermandades su necesidad de no salir, y yo llevo llorando todo el año, ya que cada vez me queda menos tiempo, y tiempo es lo que le sobra a los jóvenes, y tiempo es lo que a mí me falta, que me grita el corazón “tiempo es lo que no te queda”, y llorando me despierto de este agradable sueño, y me encuentro con la pesadilla del montón de tiempo que aún me queda para disfrutar de verdad otra vez de tu soñado encuentro.
El rincón de Costal Hero | Fran 52 – Sopeña 50
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