La Hermandad del Císter dio a conocer el cartel conmemorativo y la papeleta de sitio extraordinaria del Vía Crucis de las Hermandades y Cofradías de Córdoba, un acto celebrado ayer miércoles que se inserta en un contexto de especial significación para la corporación, al coincidir con el L Aniversario Fundacional. La presentación tendrá lugar hoy, 11 de febrero, a las 20:15 horas, en el Convento del Santo Ángel (Capuchinos), inmediatamente después del tercer día del Quinario.
El Vía Crucis Penitencial estará presidido, si Dios lo permite, por Nuestro Padre Jesús de la Sangre en el Desprecio del Pueblo en la S.I.C. de Córdoba el próximo 21 de febrero, constituyendo uno de los hitos espirituales más relevantes del calendario cofrade cordobés y un acontecimiento de profundo calado devocional para la hermandad.

Una obra fotográfica intervenida desde la vanguardia
El cartel parte de una fotografía original de Inmaculada de la Rosa, posteriormente intervenida y diseñada por el artista cordobés Jesús Zurita, autor asimismo de la papeleta de sitio extraordinaria concebida para esta ocasión singular, destinada a perdurar como testimonio documental de un episodio histórico en la vida de la corporación.
Durante su intervención, Jesús Zurita Villa fechó su alocución el 11 de febrero de 2026, iniciándola con un saludo dirigido a Fray Juan Jesús y al Hermano Mayor, Manuel, y expresando públicamente su gratitud hacia Inmaculada de la Rosa por permitirle trabajar sobre su imagen en una colaboración que definió como una labor compartida: “agradeciendo el ejercicio de generosidad al permitirme trabajar sobre su fotografía, para, en una faena al alimón, ejecutar la suerte del cartel anunciador del Vía Crucis de las Hermandades y Cofradías de Córdoba”.
El artista confesó que, para un creador que se reconoce “dibujador que gasta más flema que cualquier otro material, exasperante con los plazos y los tiempos”, partir del “trabajo pulcro de Inmaculada” supuso “una tarea aliviada, cómoda, agradable”.
La luz roja como símbolo central
Zurita subrayó que la fotografía es “el lenguaje artístico que mejor juega con la luz y las luces, que, de manera más potente, las capta y las devuelve en la forma de lo visual: la fotografía alumbra imágenes”, destacando la presencia de “una luz roja como la sangre viva” como eje simbólico esencial de la composición.
Frente a la posible centralidad de la cruz, el autor argumentó que “la cruz termina en el alba de la resurrección”, y que en las luces del amanecer se busca “la luz que queremos prender”. Matizó que no se trata de “confundir Vía Crucis con Vía Lucis”, aunque recordó que “la Calle de la Amargura no termina en El Calvario, desemboca en el jardín de Arimatea”.
Una apuesta decidida por la contemporaneidad
El diseñador reveló que su amigo Alfonso Muñoz impulsa la idea de que El Císter sea “una Hermandad de vanguardia”, aspiración que ha guiado el planteamiento estético del cartel: “producir una imagen vanguardista que no sólo anuncie, sino que hable de, y desde nuestro tiempo”, capaz de predisponer a las gracias que se pretenden alcanzar con el rezo del Vía Crucis presidido por el Señor de la Sangre.
Reivindicó un “lenguaje vanguardista” compatible con la tradición cofrade, defendiendo que lo cofrade no se detiene por inercia, sino que puede parecer inmóvil porque “detiene el tiempo cuando el mundo gira demasiado deprisa”. En un contexto dominado por la prisa —que calificó de “tiranía”—, afirmó que las hermandades avanzan “a otra cadencia, pero marchan, se mueven, y deben tener una palabra que conteste a las preguntas de cada tiempo”.
Meditación sobre el dolor y la fragilidad
En su reflexión teológica y estética, el autor señaló que al rezar el Vía Crucis y contemplar “los dolores de Cristo, su muerte cruenta, el derramamiento de su sangre”, se medita sobre los propios padecimientos y la fugacidad de la existencia. En ese contexto, advirtió que “ya no se puede confundir el brillo con la verdad, el brillo con la luz”, pues la oración silenciosa “no necesita distorsión alguna para mostrar el abismo del hombre”.
Definió la atmósfera del cartel como poseedora de “un puntito de réquiem ilustrado”, comparable a “una película en la que cada plano parece pintado con la melancolía de Julio Romero, pero bañada en rojo, rojo sangre”, una luz de velas que “no se limita a iluminar, que revela las verdades del barquero”.
La Catedral como templo vivo y el Señor “vestido de templo”
El artista advirtió del riesgo de acercarse al Vía Crucis “como quien entra en un museo patrimonio de la humanidad”, subrayando que la Catedral de Córdoba “no es un museo, es un templo que puede llegar a herir, que respira, que convierte los silencios en confesiones inmóviles y etéreas”. Evocó la belleza del bosque de columnas y la tentación de permanecer en ese espacio detenido, donde el tiempo “no transcurre, se contempla”.
De ahí que en el cartel el Señor aparezca “vestido de templo, revestido de Mezquita-Catedral”, porque “el verdadero templo es su cuerpo, el que se reconstruyó al tercer día”. Los atauriques que ornamentan sus vestiduras simbolizan que, pese a “los cardos y espinas secos de los paraísos perdidos”, se sigue persiguiendo el paraíso prometido.
Arte, ciudad y denuncia de la impostura
Zurita defendió la necesidad de “seguir poniendo la imagen del Señor en la calle” en una ciudad que es fruto tanto de su hermosura pretérita como de “tantas derrotas estéticas”. La imagen del Señor de la Sangre, con “sus manos dulcemente atadas”, conmueve “sin sentimentalismo”, porque su belleza es “tan pura como dolorosa”.
El cartel, explicó, no elude “ni las caídas —ahí pueden ver la de la sillería del Coro catedralicio de Duque Cornejo— ni los propios padecimientos de nuestra vida, cuasi expirantes como el Cristo de la Conversión”, retratando “la muerte del orgullo humano”. En el fondo sitúa los padecimientos; en el frente, “las caricias de Dios, espinas y atauriques”.
La papeleta como documento que otorga
El autor afirmó que las hermandades “no pertenecen a ningún siglo, sino al tiempo suspendido de la contemplación”, enseñando que “mirar es un acto moral, y la lentitud una forma de rebeldía”. En ese marco adquiere pleno sentido la papeleta de sitio, que “no es un papel que se expide, sino un documento que otorga”.
En la papeleta, el Señor ocupa el centro, rodeado de plantas secas —“cardos, higueras, flores de la pasión, claveles, espinos y zarzas, todos secos, todos especímenes”— que aluden a su Pasión. La luz del paraíso se contrapone así a “toda vánitas vegetal”. Dos ángeles inspirados en figuras de Antonio del Castillo sostienen símbolos lumínicos: uno porta “un sol entre las manos que tiene menos brillo que las potencias del Cristo”, mientras otro prende de éstas una antorcha para entregar “la luz de Dios, la que se adivina en las estrellas del destino”.
Un agradecimiento personal y un obsequio simbólico
En el tramo final de su intervención, Zurita agradeció a Alfonso el trato dispensado durante meses de diálogo “con más preguntas que respuestas” sobre cómo hacer “nuevas cosas para El Císter, y no para el Cister”, reconociendo que, en cierto modo, crea también “para conversar con Dios a través de mi trabajo, a través de mi tiempo”.
Como gesto de gratitud, anunció la entrega del original de la papeleta a Alfonso, “como una escritura pública de agradecimiento y admiración por sus conocimientos y sensibilidades que tanto me han ayudado”.
Concluyó afirmando que, aunque todo envejece, las hermandades no lo hacen porque son “jardines de eternidad”, espacios de meditación sobre la luz y la vanidad. Frente a un presente “rápido y ruidoso”, reivindicó la fuerza de lo lento y casi mudo, pues “el tiempo no se conquista, es imposible, sólo se observa mientras se extingue”, y aseguró que, pese al paso de los años, “la vela, como los corazones sagrados, seguirá ardiendo”.





