La revirá | Un filtro discrecional y elitista bajo la apariencia de formación

Hay decisiones que no necesitan ser anunciadas como restrictivas para serlo en la práctica. Basta con envolverlas en un lenguaje impecable y dejarlas caer con la suavidad de lo aparentemente incuestionable. Eso es exactamente lo que ocurre con el nuevo planteamiento formativo recogido en el Reglamento de la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías de Córdoba, presentado este sábado: una arquitectura normativa que, bajo el ropaje de la formación integral, introduce en realidad un mecanismo de selección encubierta para acceder a las Juntas de Gobierno. Porque exigir un itinerario obligatorio de dos años no es formar: es filtrar. Y hacerlo, además, sin abordar de manera clara sus consecuencias económicas, sociales y humanas, lo convierte en algo mucho más grave que una simple propuesta pedagógica.

La cuestión económica, que algunos parecen considerar un detalle menor, es en realidad el primer gran muro. Hasta ahora, el curso existente no ha sido gratuito. Requería matrícula, pago, desembolso. Si ese mismo modelo se convierte ahora en requisito imprescindible, lo que se está imponiendo es un peaje económico obligatorio para poder aspirar a gobernar una hermandad. No hay eufemismo que lo disimule. ¿Se va a garantizar su gratuidad? Nadie lo ha asegurado con claridad. Y si no se hace, el mensaje es cristalino: solo podrán acceder quienes puedan permitírselo. Dinero como condición de acceso. Dinero como filtro. Dinero como criterio silencioso de exclusión. Difícil encontrar una fórmula más clara de clasismo estructural dentro de una realidad que, en teoría, debería ser abierta y popular. Seguro que todos tenemos en la cabeza cofrades de nuestro entorno que han formado parte toda su vida de juntas de Gobierno y cuya capacidad económica era manifiestamente mejorable. Pues estos quedarán fuera de la ecuación de no remediarlo nadie.

Pero incluso si ese obstáculo económico desapareciera —cosa que está por ver— quedaría en pie el más inquietante de todos: el filtro intelectual. No estamos hablando de un curso divulgativo ni de una formación básica accesible. Hablamos de un programa de teología de nivel exigente, con materias como mariología, liturgia o teología moral, que requieren una base previa, una capacidad de estudio y una formación académica que no todo el mundo posee. Y no solo eso: el proceso culmina con un Trabajo de Fin de Grado (TFG), un ejercicio propio del ámbito universitario, obligatorio, individual, evaluado, y que en este caso deberá estar además orientado específicamente a la hermandad en cuya Junta de Gobierno se pretenda ingresar. Es decir, no basta con superar un curso: hay que elaborar un trabajo académico aplicado, someterlo a evaluación y obtener el visto bueno de quienes —casualmente— forman parte del mismo entramado que impulsa la norma. Y todo ello bajo la supervisión de tutores que, previsiblemente, serán cuidadosamente seleccionados. La pregunta es inevitable: ¿esto es formación o es un proceso de criba perfectamente diseñado?

Porque ahí aparece el núcleo del problema: la discrecionalidad. ¿Quién decide si un candidato es apto? ¿Bajo qué criterios? ¿Con qué margen de interpretación? Si la validación final depende de estructuras vinculadas a la propia Delegación, lo que se está instaurando es un sistema en el que el acceso a las Juntas de Gobierno queda condicionado no solo por la voluntad de los hermanos, sino por el beneplácito previo de una instancia superior. Y eso, en cualquier ámbito, tiene un nombre muy concreto: control. Un control que no se ejerce de forma explícita, sino a través de mecanismos aparentemente técnicos, académicos, objetivos… pero profundamente interpretables. El resultado es devastador en términos democráticos: solo podrán llegar quienes superen el filtro, quienes encajen en el modelo, quienes sean considerados aptos desde arriba. Siguiendo el mismo razonamiento de antes, estoy convencido de que todos tenemos en nuestra memoria a cofrades verdaderamente ejemplares que nunca fueron precisamente Albert Einstein, ni falta que les hace para ser fundamentales en sus cofradías. Pues ellos también podrían quedar fuera.

Se podrá insistir en que todo esto busca mejorar la calidad de la gestión, elevar el nivel formativo, fortalecer la vida pastoral. Se podrá repetir hasta la saciedad que se trata de acompañar, de ayudar, de orientar. Pero la realidad es mucho más cruda: estamos ante la implantación de un sistema que combina barrera económica, exigencia académica elitista y validación discrecional. Una triple condición que convierte el acceso a responsabilidades en las hermandades en un proceso restringido, selectivo y profundamente desigual. No es formación: es ingeniería de control social dentro del mundo cofrade. Y lo más inquietante de todo no es que exista, sino que se presente con una sonrisa, envuelto en palabras amables, como si no estuviéramos viendo exactamente lo que es: un filtro elitista, clasista y peligrosamente subjetivo que redefine desde arriba quién tiene derecho a formar parte de la vida real de las hermandades.