Ha pasado agosto con su modorra de asfalto caliente, Sevilla ya empieza a desperezarse con las primeras treguas del cielo y septiembre se planta delante con su rutina de siempre. Para muchos, este mes sabe a vuelta al cole, a propósitos nuevos y a resetear el casete. Para nosotros, los que apenas si rascamos algún día suelto de descanso, la normalidad nunca se fue del todo. Los hierros seguían en su sitio, el taller con su silencio y el tiempo medido al compás de la materia. Pero con septiembre llega algo más, un recordatorio que la rueda del día a día a veces nos hace olvidar: la salud.
Porque podemos hablar largo y tendido de técnica, de la excelencia que no se negocia con los proveedores, de la exigencia del oficio y de la entrega callada de nuestro trabajo. Podemos discutir de métodos, de plazos y de cómo mantener la dignidad en un mundo que a veces va demasiado deprisa. Pero todo eso, absolutamente todo, se viene abajo como un castillo de naipes en cuanto la salud te da un susto o te obliga a parar en seco.
Nos pasamos media vida doblando la espalda, aguantando posturas imposibles frente a la pieza, respirando vapores de barnices y apretando los dientes cuando el cansancio aprieta. Y tendemos a creer que el cuerpo es de hierro, igual que las herramientas que afilamos cada mañana. Qué gran mentira. El cuerpo pasa factura, y llega un momento en el que te das cuenta de que la salud no es solo un estado, es el auténtico motor de todo lo demás.
Sin una espalda que aguante, sin unas manos firmes y sin la claridad que da un cuerpo sano, el taller se queda a oscuras. No hay obra que valga, ni encargo que importe, ni vocación que resista si las fuerzas fallan. Por eso, al volver a la rutina de este septiembre que ya huele a otoño y a azahar lejano, hay que bajar la pelota al suelo y valorar lo que de verdad sostiene nuestra vida.
Que sigan los retos del oficio y que no nos falte trabajo, pero que nunca nos falte la salud para sacarlo adelante con dignidad. Cuidarse no es un capricho ni una debilidad; es la única manera de poder seguir haciendo lo que nos gusta. Al final, con la salud intacta y los hierros a punto, lo demás… lo demás viene solo.





