El cirineo | El candidato ausente y la soberbia de quien pretende volver a mandar

Existe una forma particularmente miserable de ejercer la oposición: ausentarse cuando toca estar, esconderse cuando corresponde dar la cara y aparecer únicamente cuando las circunstancias permiten cosechar unas cuantas palmadas en la espalda. Es la estrategia del candidato ausente, ese personaje que convierte la silla vacía en una supuesta declaración de principios y su comparecencia de última hora en una oportunidad para alimentar el ego. No participa en los actos de la hermandad, no acompaña como debería a quienes la representan y, sin embargo, pretende que su ausencia se interprete como una protesta ejemplar contra la gestión del actual equipo de gobierno. Qué despliegue de madurez. Qué prodigio de responsabilidad. Qué manera tan patética de convertir un desacuerdo en una rabieta institucional. Porque discrepar es legítimo; utilizar la ausencia como arma arrojadiza para que los demás interpreten el mensaje que uno no se atreve a pronunciar es otra cosa.

Lo verdaderamente bochornoso es que semejante comportamiento proceda de alguien que ya ha sido hermano mayor y que aspira a ocupar nuevamente el cargo. Quien ha tenido la responsabilidad de dirigir una hermandad debería conocer, como mínimo, las reglas elementales del protocolo y del respeto institucional. Si corresponde ocupar un lugar en la presidencia junto al resto de hermanos mayores vivos, ese es precisamente el sitio que debe ocupar. No por pleitesía a la junta de gobierno, sino por respeto a la institución. El protocolo no es un capricho que se cumple cuando conviene y se desprecia cuando uno está enfadado. Si desconoce esa obligación, demuestra una ignorancia preocupante; si la conoce y decide incumplirla para escenificar su descontento, exhibe una soberbia que debería hacer reflexionar a quienes todavía consideran que puede volver a dirigir la corporación. Porque haber sido hermano mayor no concede una escritura de propiedad sobre la hermandad ni convierte los agravios personales en razones de Estado.

¿No está de acuerdo con la gestión? Pues que la denuncie. Que exponga sus argumentos, que presente alternativas y que tenga los arrestos de decir las cosas a la cara, sin limitarse a hacerlo ante su corte de vasallos, esos incondicionales que confunden la lealtad con aplaudir cualquier ocurrencia. Para eso hacen falta personalidad y valentía, dos cualidades que no se demuestran desapareciendo de los actos corporativos. Y no, tampoco basta con vestirse de nazareno un día al año para exhibir después una supuesta militancia cofrade. Una hermandad no es un decorado al que uno acude cuando necesita alimentar su imagen, ni una plataforma electoral que se activa cuando se aproxima la posibilidad de recuperar el poder. ¿Qué ejemplo ofrece a los hermanos quien reclama confianza para gobernar mientras convierte su presencia en moneda de cambio? ¿Qué autoridad moral puede reivindicar quien exige compromiso a los demás sin demostrarlo con su propia conducta?

Y aquí surge una cuestión que no debería despacharse con evasivas: si para aspirar a hermano mayor es necesario ser un hermano activo y participar en la vida de la corporación, ¿debe recibir el beneplácito del director espiritual quien apenas participa en sus actos de culto y en su actividad ordinaria, más allá de salir de nazareno? Mi respuesta es clara: no debería recibirlo automáticamente. Si las normas exigen una participación activa, ese requisito debe aplicarse con rigor, coherencia e igualdad, sin privilegios para antiguos cargos ni excepciones dictadas por intereses electorales. Naturalmente, la valoración debe ajustarse a las competencias del director espiritual y a las disposiciones que regulen la candidatura; no se trata de castigar a quien discrepa, sino de comprobar si reúne las condiciones exigibles para gobernar. No se puede reclamar compromiso como requisito y convertirlo después en una formalidad vacía.

Lo vergonzoso no es discrepar del equipo de gobierno; lo vergonzoso es utilizar la hermandad como escenario de una pataleta personal. Quien quiera volver a mandar, que empiece por demostrar que sabe estar cuando no manda. Que cumpla con sus obligaciones, que respete a la institución y que deje de confundir la soberbia con el carácter, la ausencia con la protesta y el victimismo con el liderazgo. Porque una cosa es aspirar legítimamente a ser hermano mayor y otra muy distinta acreditar que se está a la altura de semejante responsabilidad. Las hermandades no necesitan candidatos que aparezcan cuando esperan aplausos y desaparezcan cuando toca arrimar el hombro. Necesitan personas que estén, que den la cara y que comprendan que servir a una corporación exige bastante más que esperar el momento oportuno para volver a sentarse en su presidencia.