Francisco Luis Castaño, conocido en el mundo del costal cordobés como Sony, ha desarrollado una trayectoria vinculada a las trabajaderas y al martillo que le ha permitido conocer la Semana Santa desde distintas responsabilidades. Antes de convertirse en capataz fue costalero, una experiencia que marcó profundamente su manera de entender las cofradías y que le permitió aprender unos valores que, según explica, han permanecido con él hasta la actualidad. Su recorrido incluye el trabajo en distintas cuadrillas, la responsabilidad de ponerse al frente de varios pasos y una etapa como hermano mayor de la Hermandad del Huerto.
En esta conversación repasa sus primeros años bajo los pasos, las personas que han influido en su formación, las satisfacciones y decepciones acumuladas durante su trayectoria y las circunstancias que rodearon su salida de la Hermandad del Nazareno. También aborda su experiencia al frente de la Hermandad del Huerto, la situación actual de la corporación, los recientes cambios en la organización de sus cuadrillas y su valoración del nombramiento de Luis Miguel Carrión como capataz general. Una entrevista en la que la responsabilidad, la confianza, la lealtad, la humildad y el compromiso aparecen como conceptos esenciales de su particular manera de concebir el mundo cofrade.
— Antes de ser capataz fuiste costalero. Todo el que termina llamando a un paso lleva detrás una historia que comienza mucho antes de empuñar el martillo. ¿Cómo fueron tus primeros pasos en el mundo del costal? ¿Qué recuerdas de aquellos comienzos? ¿Qué te atrapó de esa forma de vivir la Semana Santa para que, para quien la siente de verdad, termina convirtiéndose en algo mucho más profundo que una afición?
Pues mira, a mí me viene desde pequeño, porque, gracias a Dios, me he criado en una cofradía por dos vertientes: una es la familiar y otra, la decisión personal. Recuerdo que, cuando acompañaba a mis padres a ver la Semana Santa, me llamaba muchísimo la atención el movimiento de los pasos. Creo que a la inmensa mayoría de los nenes les sucede lo mismo: ese movimiento despierta una curiosidad especial.
Con el paso del tiempo, después de todos aquellos años, fui acercándome todavía más a ese mundo. Mi padre pertenecía a la corporación de San Hipólito, por lo que, cuando llegaba la Semana Santa, la vivíamos intensamente. Disfrutábamos no solamente de la Semana Santa de Córdoba, sino también de la provincia y de otras ciudades.
«Ser capataz no es algo que uno tenga que perseguir: es una responsabilidad que te llega»
Llegué a cumplir quince años y, por amistad, unos compañeros míos, unos amigos que pertenecían a la cuadrilla de María Santísima de la Candelaria, me ofrecieron la oportunidad de probar. Yo vi ahí la posibilidad de conocer desde dentro aquello que tanto me había llamado la atención desde pequeño. Quería comprobar cómo era y tenía que intentarlo.
Antiguamente las cosas no funcionaban como ahora. Con quince años, si tenías cuerpo, podías entrar; si todavía no estabas preparado físicamente, tenías que esperar un año más. Aquella Semana Santa era muy tardía, pero el calendario de ensayos estaba bastante avanzado. El capataz me propuso que me incorporara, pero me dijo que era muy joven y que, como la Semana Santa estaba ya tan próxima, lo mejor era que acudiera a dos ensayos, o dos ensayos y medio, para ir familiarizándome y que al año siguiente me incorporase definitivamente.
El capataz era Rafael Castelló, conocido como «el Napo», que llevaba entonces a María Santísima de la Candelaria. Así lo hice. Aquel año no salí con la Hermandad del Huerto, pero, al mismo tiempo, otro amigo nuestro que pertenecía a la Hermandad del Rayo me comentó que estaban escasos de gente. Me preguntó si quería acercarme para probar.
Me dijo: «Paco, ¿tú quieres venir con nosotros y pruebas?». Creo que fue un sábado cuando acudí al ensayo. Me dieron allí la ropa, que consistía en un pañuelo y una faja, y me incorporé a aquella experiencia. Cuando llegó el Sábado Santo y nos dispusimos a trabajar, la verdad es que al principio me gustó. Yo todavía no sabía muy bien cómo funcionaba una cofradía desde dentro ni lo que suponía meterse debajo del primer paso, pero aquello me llamó poderosamente la atención.
«El mayor referente que existe es la calle, la calle te educa y te enseña»
Al año siguiente, como me había hecho la promesa de acudir a la iglesia de San Francisco, allí fui. Pero antes, el año anterior, había tenido aquella experiencia con la Candelaria. Aquel Domingo de Ramos, que no pude entrar en su cuadrilla, vi al Señor del Huerto. Me quedé enamorado de su talla, acompañado entonces por el ángel de Miguel Arjona. Y en vez de ir a la Candelaria fui a meterme en el Señor. Rafael Bracero Montoro, que era el capataz en aquel momento, me incorporó a la cuadrilla. Así fue como aquel año hice todos los ensayos con el Señor. Ese mismo año conocí a Curro, que me llevó al Esparraguero y al Santo Entierro y, a partir de ahí comencé a desarrollar mi trayectoria en ese ámbito.
Desde entonces, gracias a Dios, han sido muchos años de recorrido en el mundo de abajo y muchísimas satisfacciones. Considero que, tanto para un costalero como para un nazareno o un capataz, salir en una cofradía y trabajar para ella constituye un regalo que te concede la vida. Ese regalo hay que tratarlo como tal y hay que ser agradecido por haberlo recibido.

Afortunadamente, he tenido muchos regalos a lo largo de mi vida, porque han sido varias las cofradías en las que he podido trabajar debajo de los pasos. Y de todas ellas me he quedado con algo. Si quieres, seguramente después volveremos a hablar de ello, pero me quedé especialmente impregnado de las palabras y de los valores que se vivían debajo de los pasos en aquellos años. Los aprendí, los puse en práctica y permanecieron conmigo.
Para mí, ser costalero no es solamente meterte debajo de un paso y ponerte la ropa, ser costalero es una forma de vida. No es simplemente una actividad que se desarrolla durante unos días al año. Esa forma de vida se me quedó dentro y continúa acompañándome hasta hoy.
«Salir en una cofradía y trabajar para ella constituye un regalo que te concede la vida»
— En el mundo del costal hay nombres que dejan una huella imborrable y maneras de trabajar que terminan convirtiéndose en escuela. ¿Quiénes fueron tus grandes referentes cuando comenzabas? ¿Qué aprendiste de ellos? Y, mirando hacia atrás, ¿qué parte de tu forma de entender el oficio procede de aquellas personas y qué has ido construyendo con el tiempo hasta desarrollar tu propia personalidad como capataz?
Mira, en cuanto a los referentes que han marcado mi personalidad, para mí el mayor referente que existe en el mundo de abajo es la calle. Y cuando digo la calle lo digo con todas las palabras, porque para un costalero la calle es una escuela, es la que te da y te quita. La calle te educa y te enseña.
Después puedes encontrar capataces que te inculquen unos valores que antiguamente existían y que siguen existiendo, aunque hoy se diga que algunos de ellos se están perdiendo. Si esos valores se están perdiendo, será porque las personas que están al frente de las cofradías no se preocupan lo suficiente por conservarlos.
«Ser costalero es una forma de vida»
Me refiero a valores como el trabajo en equipo, el compañerismo, la lealtad, la disciplina, el respeto y la humildad. Son principios que te proporcionan un feedback, una retroalimentación, año tras año y que te ayudan a mantener una línea de comportamiento durante toda tu trayectoria. Para mí, esos valores han sido fundamentales y son los que me han permitido llegar hasta el día de hoy manteniendo una misma manera de entender las cofradías.
Es verdad que no tengo que esconder que, cuando entré en la cuadrilla de Luis Miguel Carrión, encontré en él un referente en la forma de trabajar las cofradías. Pero aquello fue una referencia en cuanto a una manera concreta de desarrollar el trabajo. Pero, por encima de todo, los valores que me inculcó la gente de abajo han constituido mi línea de continuidad y son los que siguen definiendo mi forma de entender este mundo.
— ¿En qué momento empezaste a sentir que tu camino podía pasar del costal al martillo?
En ninguno. En ninguno, porque entiendo que eso no se busca. Ser capataz no es algo que uno tenga que perseguir: es una responsabilidad que te llega, y normalmente lo hace cuando menos te lo esperas.
Si por mí hubiera sido, habría seguido siendo costalero. Por supuesto tuve la oportunidad de decir que no, porque mi intención habría sido continuar debajo de los pasos hasta que, desgraciadamente, una lesión en el cuello me obligó a retirarme. Llegó un momento en el que no pude seguir trabajando debajo y ya no me quedó otra que salir por fuera.
«Los valores que me inculcó la gente de abajo han constituido mi línea»
Yo estaba a gusto, me encontraba cómodo y me sentía dentro de una familia. Nosotros no nos limitábamos a coincidir durante los días de Semana Santa. Manteníamos el contacto durante todo el año. Estoy hablando de muchísima gente con la que compartíamos bautizos, bodas, comuniones y otros momentos de la vida. Éramos una familia y yo me sentía en mi casa.
Por eso nunca pensé que llegaría el momento de abandonar las trabajaderas y ponerme al otro lado. No lo buscaba. Creo que fue el Señor del Huerto quien me dijo: «Ahora te toca a ti». También Curro apostó por mí en ese sentido y, a partir de ahí, comenzó otra etapa de mi vida.
— ¿Y cuándo te pusiste por primera vez delante de una cuadrilla como capataz titular? ¿Qué descubriste entonces sobre ese trabajo que quizá no habías imaginado?
Como titular me puse por primera vez delante de una cuadrilla en la Hermandad de Jesús Nazareno. Lo que sentí fue una obligación y una responsabilidad que hasta entonces no había experimentado de la misma manera.
Eso no quiere decir que antes no hubiera tenido responsabilidades. En las cofradías en las que había trabajado también había sido responsable y había asumido mis obligaciones. Pero una cosa es formar parte de un equipo y otra muy distinta es ser el capataz titular, porque, cuando estás al frente, los auxiliares miran hacia atrás y esperan que seas tú quien marque el camino; los capataces no miran hacia atrás.
Cuando asumí aquella responsabilidad en el Nazareno me encontré en una situación un poco complicada. Los sentimientos que me acompañaron fueron los de una enorme responsabilidad y un compromiso muy grande. Tenía por delante un camino bastante amplio y, sobre todo, tomé conciencia de la dimensión de la responsabilidad que estaba asumiendo.
Antes había sido «responsable» en las cofradías en las que salía con Curro, por supuesto, pero no había ejercido como capataz titular en el sentido estricto de la expresión. Yo salí del equipo de Curro y fue entonces cuando la Hermandad del Nazareno se puso en contacto conmigo. A partir de ahí llegaron la Hermandad de la Estrella y luego la Hermandad del Carmen.
«El capataz es la cara visible de una hermandad. Alrededor de esa responsabilidad se generan muchísimos intereses»
— Después de tantos años en este mundo habrás conocido personas extraordinarias, compañeros que se convierten en amigos y gente que demuestra que el costal también puede ser una escuela de generosidad y lealtad. Pero la convivencia trae igualmente desencantos, desengaños y comportamientos que uno no espera de quienes considera cercanos. Si haces balance de tu trayectoria, ¿pesan más las personas que te han aportado y te han hecho crecer o las decepciones que has ido acumulando?
Por supuesto que pesan mucho más las personas que me han ayudado y me han hecho crecer. Considero que han sido pilares fundamentales en mi día a día y que continúan siéndolo hasta hoy.
Es verdad que las decepciones que te encuentras en este mundo son de peso y pueden hacerte mucho daño. Vivimos en un ámbito en el que, en teoría, el compañerismo y la fraternidad deberían estar por encima de cualquier otra consideración. Si no fuera así, perdería buena parte del sentido todo lo que hacemos.
Cuando sufres un desengaño importante con determinadas personas, el dolor es considerable. Pero, si colocara en una balanza todo lo que me han aportado positivamente las personas que he conocido frente a las experiencias negativas, me quedaría, sin ninguna duda, con lo positivo. Gracias a esas personas he aprendido a ser como soy y a comprender las cofradías de la manera en que las entiendo actualmente.
Para mí, las cofradías deben desenvolverse dentro de un ámbito de fraternidad, compañerismo y humildad, sustentado en esos valores que tanta gente me ha ayudado a desarrollar. Son muchas las personas que han contribuido a mi crecimiento personal y cofrade, y eso es lo que verdaderamente pesa cuando miro hacia atrás.
«Hay límites que no estoy dispuesto a sobrepasar por mucho que me ofrezcan el martillo de una hermandad»
— ¿Y las personas que te han decepcionado qué te han enseñado sobre la naturaleza humana y sobre la dificultad de separar la amistad, la confianza y los intereses que pueden aparecer alrededor de un martillo?
Me han enseñado a ser yo mismo y a tener personalidad. También a confiar cada día más en mi propio criterio y mis valores. Sobre todo, me han enseñado a no creer necesariamente en lo que muchas personas promulgan cuando después no son ejemplo de aquello que defienden.
Al final, el capataz, la persona que lleva el martillo, es la cara visible de una hermandad. Es una de las personas a las que se identifica directamente con la corporación y, por eso, alrededor de esa responsabilidad se generan muchísimos intereses. Esos intereses pueden provocar enemistades y desengaños que uno no espera, pero que terminan apareciendo.
Si analizamos las grandes sagas de capataces del mundo de abajo, comprobaremos que muchas de ellas tienen un componente familiar. ¿Por qué? Porque la familia suele ofrecer una lealtad que resulta difícil encontrar en otros ámbitos. Es muy extraño que dentro de una misma familia se produzcan determinadas maniobras contra uno de sus miembros.
Sin embargo, no es tan extraño que, por mucha confianza que tengas depositada en un equipo, aparezcan intereses que terminen perjudicando esa relación. He visto cosas que son verdaderamente difíciles de comprender, hasta el punto de contemplar cómo algunas personas han sido capaces de vender a su propio hermano.
Todo eso me ha enseñado a ser yo mismo y a tener claro que hay límites que no estoy dispuesto a sobrepasar, por mucho que me ofrezcan el martillo de una hermandad o por mucho que pueda interesarme una determinada responsabilidad.
«Hay personas que han permanecido contigo y también a aquellas cuya amistad o relación era mucho más frágil de lo que pensabas. En ocasiones, esa fragilidad es tanta que, a la primera dificultad, te dejan en la cuneta»
— Al hilo de lo que estás comentando, ¿has aprendido a distinguir entre quienes están a tu lado por un afecto verdadero y quienes permanecen mientras sus intereses coinciden con los tuyos?
Mira, cuando sacas muchas cofradías o perteneces a un equipo que trabaja en varias corporaciones, puede parecer que tienes muchísimas personas a tu alrededor. Sin embargo, cuando abandonas ese ámbito, cuando sales de ese equipo y ves los toros desde la barrera, empiezas a comprobar quiénes estaban realmente a tu lado.
Es entonces cuando ves a las personas que han permanecido contigo y también a aquellas cuya amistad o relación era mucho más frágil de lo que pensabas. En ocasiones, esa fragilidad es tanta que, a la primera dificultad, te dejan en la cuneta.
Ahora me doy cuenta mucho más de quiénes han estado realmente a mi lado y de quiénes me han aportado algo durante el camino. Cuando determinadas circunstancias terminan, resulta más fácil comprobar qué relaciones tenían una base sólida y cuáles dependían de que siguieran coincidiendo los intereses.
«Juegas con los sentimientos de muchísimas personas»
— ¿Y te resulta más difícil confiar en la gente después de haber sufrido traiciones?
Hombre, lógicamente cuesta más. Cuando te llevas determinados golpes, confiar vuelve a resultar más complicado. Pero, cuando deposito mi confianza en una persona, es porque previamente la he analizado y considero que es digna de recibirla.
Cuando has recibido tantos palos como he recibido yo, desgraciadamente unos cuantos a lo largo de mi vida, es normal que te cueste más confiar. Aprendes a medir mejor a quién le entregas esa confianza y a no hacerlo de manera inmediata.
— Actualmente estás al frente del paso de la Virgen del Carmen de Puerta Nueva. ¿Qué significa para ti esta responsabilidad en el momento actual de tu trayectoria? Después de todo lo que has vivido, ¿te enfrentas al martillo con la misma ilusión que al principio o ha cambiado tu manera de entenderlo?
Siempre que me pongo delante de un paso, con un martillo para trabajar en una cofradía, lo primero que me invade es la responsabilidad. Todo debe afrontarse desde la responsabilidad. Quien se pone delante de un paso y no entiende que está asumiendo una responsabilidad de esa naturaleza se equivoca.
Cuando estás al frente de una cuadrilla juegas con los sentimientos de muchísimas personas. Trabajas con personas y, donde hay personas y sentimientos, tiene que existir responsabilidad. Debe haberla necesariamente.
Esa responsabilidad que te acompaña cuando asumes el martillo condiciona cualquier otra manera de pensar que puedas tener o cualquier planteamiento previo sobre cómo quieres desarrollar el trabajo. Lo primero es comprender qué representa esa función y qué compromiso exige.
«Lo que sucede debajo, tanto en las circunstancias favorables como en las adversas, debe quedarse debajo»
— ¿Qué buscas hoy en una cuadrilla? ¿Qué consideras irrenunciable para que el trabajo tenga sentido, más allá del resultado que pueda contemplarse en la calle?
Lo he dicho antes: el trabajo del costalero debe ser un trabajo en equipo. Tiene que desarrollarse desde el respeto, la humildad, el compañerismo y la fraternidad. Esos principios son los que permiten que una cuadrilla llegue a buen puerto.
Yo todavía no he visto a costaleros que lleven a cofradías solos ni los voy a ver. El costalero y la cuadrilla tienen que desenvolverse bajo esos términos. El trabajo en equipo es fundamental, sin perder nunca el respeto ni el comportamiento que debe mantener una persona que valora lo que está haciendo y a quienes tiene a su lado.

— Tu salida de la Hermandad del Nazareno fue un episodio especialmente duro en tu trayectoria como capataz. Sin necesidad de detenernos en todos los detalles de aquel proceso, me gustaría preguntarte por lo esencial: ¿cuáles crees que fueron las auténticas causas de tu destitución?
Como bien dices, no quiero entrar en detalles. Lo que sí quiero explicar es lo que aquel proceso, trabajar para la Hermandad del Nazareno, ha supuesto para mí. Me queda la satisfacción de haber cumplido con el trabajo que se me encomendó. Considero que hice bien mi trabajo. Seguramente habrá personas que compartan esa valoración y otras que no, pero yo tengo la conciencia de haber cumplido con aquello que se me pidió. De hecho, cuando salí, la cuadrilla se encontraba en una situación mejor que cuando llegué.
No fue solamente mérito mío, sino también de muchísimas personas que participaron en aquel proceso. En una cofradía hay una parte fundamental que no puede olvidarse: el trabajo de la Junta de Gobierno. Yo puedo trabajar con los costaleros, pero, si la Junta de Gobierno no consigue que el costalero se sienta en casa y a gusto dentro de la hermandad, esa persona no vuelve. En el Nazareno tuve una ayuda importante por parte de la Junta de Gobierno, del mismo modo que también me ayudó muchísimo la gente de abajo.
En cuanto a los motivos de mi salida, hay situaciones que se producen debajo de los pasos y que deben permanecer allí. En una cuadrilla existen momentos muy buenos y otros malos, pero lo que sucede debajo, tanto en las circunstancias favorables como en las adversas, debe quedarse debajo. No tiene por qué trascender ni salir a la luz.
Cuando determinadas situaciones terminan saliendo y generan presiones sobre la Junta de Gobierno, esta, como órgano soberano de la hermandad, toma sus decisiones. Creo que ese tipo de presiones fueron las que ocasionaron mi salida. Considero que podríamos haber terminado de otra manera, pero la Junta de Gobierno adoptó una decisión que, para mí, es soberana y absolutamente respetable. Por mi parte, solamente tengo palabras de agradecimiento para la Hermandad del Nazareno y para todos los componentes de aquella corporación.
«Me queda la satisfacción de haber cumplido con el trabajo que se me encomendó»
— Hace poco me decía un capataz que consideraba que habían prescindido de él en una hermandad más por cuestiones personales que por su trabajo al frente de la cuadrilla. ¿Entiendes que aquella decisión respondió fundamentalmente a cuestiones relacionadas con el trabajo de la cuadrilla o que entraron en juego otros factores que terminaron siendo determinantes?
Hay muchos factores que pueden afectar a la figura del capataz. En mi caso, creo que no existieron factores externos en mi salida pero sí hubo circunstancias relacionadas con la cuadrilla que influyeron, lógicamente, porque cuando hablo de la cuadrilla me refiero al conjunto de personas que la integran.
No creo que hubiera personas que estuvieran esperando encontrar el primer fallo para utilizarlo como argumento y ejercer presión con el objetivo de que me destituyeran. No lo creo porque, durante aquel tiempo, todos íbamos en la misma dirección. Al menos, yo no percibí que existiera un grupo de personas que estuviera trabajando para provocar mi salida.
Cuando hay alguien o un grupo que quiere que te marches, o que pretende ejercer presión para conseguirlo, normalmente terminas notándolo. Yo no percibí esa circunstancia de manera individualizada.
Como te he comentado, aquello era un trabajo conjunto en el que intervenían la Junta de Gobierno, la cuadrilla y los costaleros antiguos. Todos formábamos parte de una misma dinámica. Por eso no creo que hubiera una persona concreta o un grupo que actuara individualmente para provocar mi salida.
Lo que sí ocurrió es que se produjeron una serie de situaciones debajo del paso y que, como integrantes de la cuadrilla, algunas personas expusieron determinadas cuestiones. A partir de ahí, la Junta de Gobierno tomó su decisión.
«Es verdad que no esperaba aquella salida. No me la esperaba. El Señor estaba en la Catedral y tenía que regresar al día siguiente»
— ¿Qué fue lo más difícil de asumir de aquella salida: dejar de estar al frente del paso, la manera en que se desarrollaron los acontecimientos o descubrir determinadas actitudes en personas con las que mantenías una relación de especial cercanía?
Para mí fue difícil todo, porque no es una situación agradable para nadie. Cuando se produce algo así, resulta doloroso en todos los sentidos. A partir de aquel momento, lógicamente, yo estaba deseando que aquello terminara, llegar a casa, que se tranquilizaran las aguas y comprobar qué iba a pasar después.
Es verdad que no esperaba aquella salida. No me la esperaba. El Señor estaba en la Catedral y tenía que regresar al día siguiente. Cuando se produjo aquella situación, me quedé un poco en blanco, porque no entendía cómo se podía tomar una decisión de esa naturaleza cuando en una cofradía existen muchas herramientas para resolver los problemas. Una de ellas es la conversación, hablar como personas adultas. Se puede hablar como personas adultas, sentarse y tratar de alcanzar un acuerdo. Para mí fue muy duro, pero no por una sola circunstancia: fue duro en todos los sentidos.
«Lo que realmente me hizo mucho daño fue comprobar que algunas personas individuales, muy cercanas a mí, adoptaban una posición determinada o cambiaban su manera de verme después de aquella decisión»
— ¿Se quebró tu relación con personas con las que habías mantenido una gran afinidad personal y cofrade?
Sí, sí, claro. Al final, estas situaciones trascienden a las personas y al daño que se les puede ocasionar, tanto por una parte como por la otra. Eso provoca que determinadas relaciones terminen rompiéndose.
Yo he cometido muchos fallos a lo largo de mi vida, seguro, pero nunca he intentado perjudicar a nadie de aquella manera, nunca he querido hacerle daño a nadie. Y no quiero decir con esto que me parezca mal que una Junta de Gobierno, que para mí es soberana, tome la decisión de no contar contigo. Claro que una decisión así te hace daño, pero forma parte de las atribuciones de una junta.
Lo que realmente me hizo mucho daño fue comprobar que algunas personas individuales, muy cercanas a mí, adoptaban una posición determinada o cambiaban su manera de verme después de aquella decisión. Cuando se trata de personas con las que has mantenido una relación muy estrecha, el golpe es mucho mayor. Lógicamente, muchas relaciones se rompieron.
«Lógicamente, muchas relaciones se rompieron»
— ¿Qué has aprendido de todo aquel proceso?
He aprendido muchas cosas. En el ámbito de las cuadrillas, cualquier capataz aprende de las experiencias que vive, tanto en el trabajo cotidiano como en la vida cofrade. De los errores se aprende y, seguramente, hay situaciones que hoy no volvería a cometer. Incluso intentaría solucionarlas antes de que llegaran a producirse.
Pero también aprendí mucho sobre algo de lo que ya hemos hablado: la confianza y la necesidad de saber en quién depositarla. Para mí, esa ha sido una de las enseñanzas más importantes.
Soy una persona que confía mucho en todo el mundo. Mañana puede venir alguien y engañarme, y no pasa nada. Pero, después de determinadas experiencias, aprendes que debes tener una armadura un poco más fuerte y no entregar tanta confianza desde el primer momento. Eso es algo que me llevé bien aprendido de todo aquel proceso.
«Aprendes que debes tener una armadura un poco más fuerte y no entregar tanta confianza desde el primer momento»
— ¿Hay algún límite que establecerías desde el principio para evitar que una situación así vuelva a repetirse? ¿Alguna condición o barrera que no estarías dispuesto a traspasar dentro de tu equipo o en la relación con una hermandad?
Bueno, realmente no creo que se traspasaran determinadas barreras, pero sí hubo algunas situaciones que no me gustaron y que, lógicamente, no estoy dispuesto a permitir. Antes de llegar a esos límites habían existido conversaciones previas en las que las cosas quedaron claras.
Cuando hablas con las personas, cuando hablamos entre hombres, se establecen unos términos y parece que todos los entienden. Pero, si pasan dos semanas o una semana más y compruebas que esos términos empiezan a ser distintos de lo que se había acordado, comienzan las discrepancias. Entonces te preguntas qué está pasando y por qué se están produciendo esos cambios.
En cuanto a los límites, para mí están claros: lo que se establece entre todos debe cumplirse. Yo no soy un dictador ni una persona que pretenda imponer las cosas de manera autoritaria. Evidentemente, entiendo que el responsable soy yo y que, como tal, me corresponde marcar una línea de trabajo.
Pero me gusta hablar con las personas que me acompañan, escuchar sus planteamientos y alcanzar un término en el que todos estemos de acuerdo. Y, cuando se llega a un acuerdo y se establecen unos límites, esos límites no pueden sobrepasarse. Hay que cumplir los compromisos que se han adquirido.
«Mi mandato fue, fundamentalmente, una etapa de transición económica»
— ¿Cómo conseguiste recomponerte y volver a mirar al llamador? ¿Tu etapa actual al frente del Carmen de Puerta Nueva ha servido para cerrar aquella herida?
Hombre, claro. Recuerdo perfectamente la primera vez que volví a ponerme delante de un paso después de aquello. Y no me refiero solamente al día de la salida, sino al primer ensayo. Te hablo del primer ensayo.
Me costó muchísimo. Lo pasé verdaderamente mal y llegué a preguntarme qué estaba haciendo allí. Me decía: «¿Qué hago aquí? ¿Qué estoy haciendo aquí?». Al final, vienes de sufrir un desengaño importante y llega un momento en el que te planteas si realmente merece la pena continuar.
Es verdad que el grupo humano que tenemos allí, tanto debajo como por fuera del paso, hizo que empezara a ver las cosas de otra manera. Ese grupo me hizo comprender que merecía la pena trabajar por aquellas personas y seguir compartiendo el camino con ellas.

Hoy tenemos un grupo formidable. Pero también me ayudó muchísimo la gente de dentro de la hermandad y la gente de abajo, que sabía que yo estaba atravesando un momento complicado y que lo había pasado bastante mal. Para mí aquello fue un golpe considerable.
Por eso, la incorporación al Carmen de Puerta Nueva y el respaldo de todas esas personas me ayudaron al cien por cien. No fue solamente el hecho de volver a ponerme delante de un paso, sino encontrarme con un grupo humano que me hizo recuperar la confianza y las ganas de seguir trabajando.
«El capataz tiene que desarrollar su trabajo dentro de la cofradía siguiendo las directrices que esta establece y actuando por el bien de sus titulares»
— En tu trayectoria conviven dos facetas que, aunque comparten una raíz cofrade y religiosa, exigen habilidades y responsabilidades distintas: la de capataz y la de dirigente de una hermandad. Has sido hermano mayor del Huerto y miembro de Junta de Gobierno, y conoces también las exigencias de dirigir una cuadrilla. Más allá de la fe como nexo común, ¿qué puntos de encuentro existen entre esas dos responsabilidades? ¿Qué valores y capacidades sirven tanto para gobernar una corporación como para ponerse al frente de un paso?
Pues mira, el nexo que encuentro entre ambas responsabilidades es que las dos implican trabajar por unos titulares. En ambos casos existe una responsabilidad que debe asumirse y ejercerse pensando en el bien de la hermandad.
El capataz tiene que desarrollar su trabajo dentro de la cofradía siguiendo las directrices que esta establece y actuando por el bien de sus titulares. El hermano mayor, por su parte, debe dirigir y gestionar un grupo humano, que es su Junta de Gobierno, para el bien de la corporación.
No creo que haya mucho más nexos de unión. La relación entre el capataz y el hermano mayor tiene que entenderse desde una perspectiva; el capataz es un servidor de la cofradía y ocupa un puesto de confianza. Como cualquier otro puesto de confianza dentro de una hermandad, está sometido a las directrices que establece la Junta de Gobierno.
Cuando un hermano mayor marca una línea de actuación para las personas que ocupan puestos de confianza, no hay demasiado que discutir: se cumple o no se cumple. El nexo de unión que encuentro entre ambas responsabilidades es, fundamentalmente, la gestión de grupos humanos para trabajar por el bien de los titulares de una hermandad.
«Yo cogí la hermandad con un déficit de cinco cifras y la dejé con un saldo positivo también de cinco cifras»
— Durante tu etapa como hermano mayor del Huerto tuviste que tomar decisiones que afectaron a la vida interna de la corporación, a sus proyectos y, necesariamente, a las personas que formaban parte de ella. Como cualquier hermano mayor, tuviste que afrontar distintos desafíos. ¿Qué recuerdos conservas de aquellos años y cuáles fueron las principales dificultades que encontraste?
Mira, durante el mandato anterior al mío la cofradía tuvo que afrontar una serie de proyectos, entre ellos la incorporación del Señor Amarrado a la columna y el de Nuestra Señora del Amparo a la vida de la hermandad y a su culto interno y externo. También se incorporó el frontal del techo de palio de la Virgen de la Candelaria.
¿Qué ocurrió cuando asumí la responsabilidad? Que me encontré con un déficit económico importante, porque había que afrontar los pagos de aquellos proyectos. Por eso considero que mi mandato fue, fundamentalmente, una etapa de transición económica. El objetivo era que la cofradía pudiera continuar creciendo en los años posteriores.
Eso no significa que durante aquel periodo no se hicieran otras cosas. Con independencia de la recuperación económica que conseguimos, también se encargó una de las piezas del bordado de María Santísima de la Candelaria: la trasera del palio. Además, quedó pagada, de manera que posteriormente, durante el mandato siguiente, pudo salir por primera vez a la calle.
Pero, si tengo que quedarme con algo de mi etapa como hermano mayor, es precisamente con aquella transición económica. No pude hacer mucho más de lo que hicimos, porque entendía que era necesario dejar a la hermandad en condiciones de que otra Junta de Gobierno pudiera continuar desarrollando su patrimonio material.
El Huerto tiene una característica que considero muy positiva. La línea de continuidad que marcaron nuestros antecesores, desde la etapa de Manuel Muñoz Rodríguez y las personas que han pasado desde entonces por ella, ha permitido mantener una dirección común. Esa continuidad es la única manera de que una hermandad pueda crecer tanto en su patrimonio material como en el inmaterial.
Yo tenía claro que, para que esa línea pudiera mantenerse, mi mandato debía servir para sanear la economía. Si me hubiera dedicado a impulsar nuevos proyectos o a asumir más compromisos económicos, posiblemente habría provocado que la cofradía entrara en un déficit del que después quizá habría resultado muy difícil salir. Me lo planteé de esa manera y así lo hicimos. Al final, el resultado fue positivo.
«Hay que respetar las decisiones de las juntas, aunque no siempre estemos de acuerdo con ellas»
— ¿Conseguisteis equilibrar las cuentas?
Sí, no era un déficit enorme, pero sí era una cantidad de cinco cifras. Yo dejé la hermandad con un saldo positivo también de cinco cifras. No se trataba únicamente de eliminar el déficit y sanear las cuentas. También había pólizas que era necesario mejorar para evitar que la hermandad pagara tantos intereses. En ese sentido, el tesorero hizo un gran trabajo. Al final, conseguimos pasar de una situación de déficit de cinco cifras a otra de saldo positivo de cinco cifras.
— Ha pasado ya tiempo desde que dejaste de ser hermano mayor, pero seguramente aquella experiencia te ha dejado enseñanzas que siguen influyendo en tu manera de entender la vida de la hermandad. ¿Hasta qué punto ha condicionado tu experiencia la forma de valorar las decisiones de quienes gobiernan actualmente el Huerto?
Totalmente. Mi experiencia me lleva a contemplar esas decisiones desde el respeto. Cuando un hermano mayor o una Junta de Gobierno adopta una determinada decisión, entiendo que lo hace por alguna razón.
Por eso considero que hay que respetar las decisiones de las juntas, aunque no siempre estemos de acuerdo con ellas. Si no te gusta cómo se están haciendo las cosas, puedes presentarte y asumir tú esa responsabilidad. Y, si no lo haces, lo que corresponde es colaborar y comprometerte con la hermandad, independientemente de que consideres acertadas o equivocadas algunas de las decisiones adoptadas.
Para eso están los cabildos. La asamblea de hermanos es el máximo órgano de decisión de la cofradía y el lugar en el que se pueden y se deben plantear las discrepancias. Si no estás de acuerdo con algo, tienes que acudir al cabildo y exponer allí tus argumentos.
Las decisiones de una Junta de Gobierno deben contemplarse desde el respeto, porque son sus integrantes quienes han asumido esa responsabilidad. Eso no significa que no se puedan cuestionar o debatir, sino que existen cauces establecidos para expresar las diferencias y participar en la vida de la hermandad.
«Una Junta de Gobierno puede confiar en una persona o puede llegar un momento en el que pierda esa confianza»
— ¿Cómo valoras el momento actual de la Hermandad del Huerto?
La Hermandad del Huerto se encuentra en un momento muy bueno. Es verdad que todavía tiene mucho margen de mejora y bastantes cosas por hacer, pero considero que atraviesa una etapa positiva. No diría que ha alcanzado un momento óptimo, porque creo que ese momento no existe: una cofradía siempre tiene que seguir evolucionando.
Ahora mismo queda por afrontar un proyecto importante, que es la conservación del patrimonio. Se ha trabajado mucho para enriquecer el patrimonio de la hermandad, pero también es necesario disponer de un lugar adecuado donde conservarlo. Hoy tenemos una casa de hermandad que es la que es y, para preservar todo lo que las juntas anteriores han ido incorporando, necesitamos afrontar nuevos proyectos.
Esas son algunas de las cuestiones que habrá que abordar de cara a los próximos años. No obstante, insisto en que la hermandad se encuentra en un buen momento.
La Junta de Gobierno entrante tiene por delante una responsabilidad bastante exigente, porque el nivel alcanzado por la cofradía en sus cultos internos, en sus cultos externos y en sus dimensiones social, cultual y cultural es muy amplio. Se ha trabajado muchísimo y eso obliga a mantener un grado de actividad considerable.
La Hermandad del Huerto no es una cofradía igual que otras, porque cuenta con muchos titulares: tenemos cuatro titulares y un cotitular. Para atender adecuadamente sus cultos es necesario desarrollar un trabajo muy importante, no solamente desde el punto de vista religioso, sino también en la búsqueda de financiación.
Hay que trabajar durante todo el año. Desde enero hasta diciembre se suceden las responsabilidades, hay que organizar actividades, cerrar ferias y afrontar compromisos económicos. Prácticamente no tienes vacaciones, porque la actividad continúa y exige una dedicación permanente.
«Para ser costalero hay que ser buena persona, pero para ser capataz también»
— ¿Cuáles son entonces las principales fortalezas que detectas en el Huerto?
La fortaleza más importante es la línea de continuidad que marcaron nuestros antecesores. Esa es la principal característica de la Hermandad del Huerto y es algo que siempre he defendido.
La nueva Junta de Gobierno llega con mucha fuerza y conoce bien esa trayectoria. Son personas que conocen la cofradía y entienden la línea de trabajo de la que estamos hablando. Además, incorpora a gente nueva, con una capacidad de generación de ideas muy amplia, que puede aportar planteamientos distintos y contribuir a reforzar esa continuidad.
Estoy convencido de que esa combinación puede ayudar muchísimo a que la hermandad siga avanzando sin perder su identidad. Cuando preguntas a cualquier hermano mayor del Huerto por las fortalezas de la corporación, creo que siempre te hablará de lo mismo: la continuidad de la línea de trabajo que ha mantenido la hermandad a lo largo de los años.
«El compromiso de alguien que ha trabajado durante tantos años también tiene que valorarse»
— ¿Y qué es lo que te preocupa?
Me preocupa que toda esa fuerza y todas esas ideas nuevas puedan terminar torciendo, en algún momento de los próximos años, la línea que se ha mantenido hasta ahora. La renovación es positiva y la incorporación de personas con nuevos planteamientos puede enriquecer mucho a la cofradía, pero esa evolución no debe hacer que se pierda la continuidad que constituye una de sus principales fortalezas.
— La Hermandad del Huerto ha decidido prescindir de Federico Jiménez, que durante muchos años ha estado al frente del paso de misterio, y ha nombrado a Luis Miguel Carrión «Curro» como capataz general. Tú conoces perfectamente el mundo del costal de la corporación. Has compartido numerosas vivencias, años de trabajo y experiencias con ambos, con Federico y con Luis Miguel, con quien has formado parte de un mismo equipo durante años. Además, mantienes una relación personal estrecha con los dos. ¿Cómo has recibido esta nueva etapa en la organización de las cuadrillas? ¿Qué valoración haces de la salida de Federico y del nombramiento de Curro, teniendo en cuenta tanto tu conocimiento del trabajo de ambos como los vínculos personales que te unen a ellos?
Lo primero que voy a decir es que el trabajo de Federico al frente del Señor de la Oración en el Huerto ha sido óptimo. Mantenerse durante tantos años en esa responsabilidad y conseguir los resultados que ha conseguido en esa cuadrilla no es nada fácil.
La cuadrilla del Huerto tiene sus particularidades. Cada persona es diferente y no resulta sencillo construir un grupo humano con esas características. Además, los comienzos de Federico no fueron fáciles. Sin embargo, con el paso del tiempo ha conseguido desarrollar un trabajo enorme y formar una cuadrilla que ha alcanzado un nivel muy importante.
«Los capataces no deben convertirse en coleccionistas de martillos»
He tenido la suerte de compartir con él muchos años, tanto debajo del Señor como por fuera del paso. Por eso, su salida me produce tristeza. Pero, como te he comentado antes, respeto la decisión de la Junta de Gobierno, porque es soberana. No voy a entrar a valorar sus motivos ni pienso hacerlo.
Al igual que ha prescindido de ese puesto de confianza, la Junta de Gobierno ha tomado decisiones sobre otros puestos que también son de su competencia. Por tanto, tendrá sus razones para haber actuado de esa manera. Pero, desde la tristeza, sí quiero hacer hincapié en el buen trabajo que ha realizado Federico durante todos estos años. No ha sido fácil y soy plenamente consciente del esfuerzo que ha tenido que hacer hasta conseguir formar la familia que ha construido debajo del paso y desarrollar la manera de trabajar que ha conseguido.
Por otra parte, el nombramiento de Luis Miguel me sorprendió. Y, sinceramente, me sorprendió para mal.
¿Por qué? Porque, como he comentado antes, existen límites, valores y principios que no se deben sobrepasar. Los capataces también tienen que aprender a decir que no. Si no sabes decir que no y estás dispuesto a saltarte todos los límites, todos los principios y todos los valores con tal de conseguir un martillo, entonces dejas de ser tú mismo.

Creo que él ha sobrepasado unos límites que, desde mi punto de vista, no debería haber cruzado. La Junta de Gobierno podía haber llamado a cualquier otro capataz. Del mismo modo que ha llamado a Luis Miguel, podría haber contactado con otra persona y cualquier otro capataz podría haber aceptado el puesto, porque estaba vacante. Si la Junta de Gobierno confía en otro capataz para ejercer esa responsabilidad, es libre de hacerlo.
La Junta de Gobierno tiene libertad para llamar a Luis Miguel, pero, si él acepta, desde mi punto de vista está traspasando un límite infranqueable.
«Si no sabes decir que no y estás dispuesto a saltarte todos los límites, dejas de ser tú mismo»
Además, considero que los capataces no deben convertirse en coleccionistas de martillos. No se trata de acumular pasos, sino de ser conscientes del rendimiento que puede ofrecer cada persona al frente de una cuadrilla. Las juntas de gobierno también tienen que valorar la productividad de quienes ponen delante de sus pasos.
Si yo nombro a una persona para que me dé el cien por cien delante de un martillo, debo tener en cuenta que, si le asigno dos pasos, el capataz me ofrecerá el cincuenta por ciento de su rendimiento en cada uno y el otro cincuenta por ciento tenga que asumirlo su equipo. Si le doy tres pasos, el capataz aportará aproximadamente un 33,33 por ciento a cada uno y el otro 66,67 por ciento dependerá de su equipo.
Entonces, ¿en qué momento estamos? ¿Qué rendimiento puede ofrecer una persona cuando tiene que repartir su trabajo entre varios pasos? Hay que tener en cuenta que el resto del esfuerzo lo va a asumir el equipo. Yo conozco a ese equipo y sé que está más que preparado para desarrollar ese trabajo. Pero hay que ser conscientes de lo que se nombra y de cómo se organiza. Por eso, a mí el nombramiento me sorprendió tanto, para mal.
«No se trata de acumular pasos, sino de ser conscientes del rendimiento que puede ofrecer cada persona»
— ¿Y en lo personal cómo has vivido esa decisión?
En lo personal, cuando una persona sobrepasa o deja de respetar los valores que ha defendido y que a mí me inculcaron debajo de los pasos, la decepción es inevitable. Si yo te estoy diciendo todos los días que vamos a hacer una cosa y después actúo de una manera completamente distinta, ¿cómo te vas a sentir? Pues igual. Yo me siento muy decepcionado.
— Desde tu experiencia como capataz y como miembro de órganos de gobierno de hermandades, ¿qué debería valorar una Junta de Gobierno antes de poner fin a una etapa de esta naturaleza?
Debe valorar el trabajo realizado y el cumplimiento de aquello que se le ha encomendado. Si yo nombro a una persona como capataz y permanece durante treinta años en esa responsabilidad, entiendo que su trabajo no habrá sido tan malo y que, durante todo ese tiempo, habrá cumplido con lo que se le ha pedido.
Si una persona ha desarrollado su función durante tantos años y ha respondido a las exigencias de la hermandad, ¿quién puede asegurar que no va a seguir haciéndolo? Además, estamos hablando de alguien que, aparte de haber cumplido con su cometido, se ha comprometido en cuerpo y alma con su cofradía. Y estoy seguro de que Federico seguirá comprometido con el Huerto. Para él, su hermandad y el Señor del Huerto son su vida. Su compromiso con la corporación es enorme.
Una Junta de Gobierno puede confiar en una persona o puede llegar un momento en el que pierda esa confianza. Eso forma parte de las decisiones que puede adoptar. Pero también tiene que valorar el compromiso de alguien que ha trabajado durante tantos años, que se ha dejado el lomo y que ha entregado tanto a la cofradía.
Es verdad que ese compromiso, por sí solo, no constituye un condicionante absoluto para mantener a un capataz en el martillo. Pero hay que tenerlo en cuenta. En el Huerto, los capataces que han estado al frente del Señor han mantenido tradicionalmente una relación muy estrecha con la imagen. Siempre ha existido esa vinculación. Rafael Bracero, Rafael Sáez y Federico son personas que se han criado alrededor del Señor del Huerto.
«Si yo te estoy diciendo todos los días que vamos a hacer una cosa y después actúo de una manera completamente distinta, ¿cómo te vas a sentir? Pues igual. Yo me siento muy decepcionado»
— ¿Se ha sido injusto con Federico?
No voy a valorar si la decisión ha sido justa o injusta, porque, si la Junta de Gobierno la ha tomado, habrá tenido sus motivos. Lo que sí voy a valorar es su trayectoria y el trabajo que ha realizado.
Puede haber cuestiones internas, rencillas o circunstancias que, cuando alguien llega al poder, terminen influyendo en determinadas soluciones. Puede que ese haya sido uno de los casos, pero no voy a entrar a valorar las decisiones de una Junta de Gobierno en su conjunto ni a atribuirle motivaciones particulares a las personas que la integran.
Para mí, la Junta de Gobierno es soberana y su decisión merece respeto. Pero eso no impide que reconozca el trabajo de Federico. Y quiero dejarlo claro: mi valoración de su trayectoria es muy positiva.
«Las juntas de gobierno también tienen que valorar la productividad de quienes ponen delante de sus pasos»
— Quiero terminar regresando a la persona que hay detrás del capataz y del antiguo hermano mayor. Después de tantos años de costal, responsabilidades, amistades, desencuentros, alegrías y decisiones difíciles, ¿qué lugar ocupa hoy el mundo de las cofradías en tu vida?
Soy hermano del Huerto. Continúo perteneciendo a la hermandad y, para mí, el mundo de las cofradías ha formado parte de mi vida y sigue formando parte de ella. La diferencia es que hoy lo vivo como espectador.
Y, gracias a Dios, lo estoy disfrutando muchísimo, porque durante muchos años apenas veía la Semana Santa. Estaba tan implicado en el trabajo y en las responsabilidades que prácticamente no podía contemplarla desde fuera.
Ahora puedo disfrutarla de otra manera. Las cofradías siguen siendo una parte de mi propia vida, porque todo lo que he vivido y todo lo que he compartido durante estos años forma parte de lo que soy.
— Si tuvieras que hacer balance de todo lo vivido, ¿qué pesa más: la satisfacción de haber formado parte de proyectos importantes, el cariño de las personas que has conocido o las decepciones que te han obligado a cambiar tu manera de mirar a los demás? Y, sobre todo, ¿qué te gustaría que permaneciera de ti cuando ya no estés al frente de ningún paso ni ocupes ninguna responsabilidad dentro de una hermandad?
Creo que me quedo con el cariño de las personas que he conocido y que me han aportado tanto. Y no ha sido poco.
Al principio de la entrevista hablábamos de las personas que han sido fundamentales para mí. Ese cariño es lo que me llevo, porque, al final, las cofradías te proporcionan grandes momentos, pero también te permiten conocer a personas que permanecen en tu vida para siempre, siempre que no te defrauden ni te decepcionen.
«Hay que ser humildes, hay que ser respetuosos y hay que ser personas que vengan a servir, no a servirse»
Cuando sufres un desengaño con alguien, la relación puede cambiar, pero las personas que permanecen a tu lado y siguen compartiendo contigo el camino dejan una huella que no desaparece. El cariño de esas personas es eterno.
En cuanto a lo que me gustaría que permaneciera de mí, hay una palabra que considero fundamental: la humildad. En este mundo hay que ser humildes, hay que ser respetuosos y hay que ser personas que vengan a servir, no a servirse. Y la humildad es fundamental. Si no entendemos eso, no sé qué sentido tiene todo lo que estamos haciendo.
Al final, en este mundo no nos vamos a llevar nada. El día que dejemos de estar delante de los pasos o de ocupar cualquier responsabilidad, lo único que permanecerá será nuestra personalidad y el recuerdo que hayamos dejado en los demás.
Yo me considero una persona humilde y respetuosa, siempre que no se sobrepasen determinados límites. Pero, para mí, la humildad es un faro fundamental en la vida.
Y, por supuesto, también considero imprescindible ser buena persona. Para ser costalero hay que ser buena persona, pero para ser capataz también. Eso es algo que tengo muy claro. En esta vida hay que ser buena persona, servir, ayudar, mantener la humildad y respetar a los demás.
Lo que verdaderamente importa es que, cuando termine tu trayectoria, las personas te recuerden como una buena persona y no como alguien que dejó un mal recuerdo.
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