Fue un encuentro casual, en plana calle. La conversación fue casi furtiva, pero en diez minutos hicimos un traje a medida a las cofradías. Lo que viene siendo criticar, pero -al menos- para nosotros dos había un criterio y se hacía desde el amor que tenemos por las hermandades y que ahora se ve sacudido por tantas acciones que se nos antojan un sinsentido, o lo tienen cuando se abordan los asuntos pendientes con espíritu crítico.
De momento me guardo del nombre de mi partener, aunque pronto lo sabrán. Lo que sí puedo desvelar es que aquella tertulia improvisada, a pie de acera como cuando uno espera a una cofradía, me dio para diez columnas de opinión. Una por minuto.
Una de las reflexiones de mi interlocutor fue la que estriba en que la sociedad actual lo quiere todo ya, antes de que llegue y sea su tiempo. De ahí, que asistamos impávidos a más salidas extraordinarias a lo largo del año que procesiones hay en cualquier semana santa de cualquier ciudad.
Pero esa prisa que tienen los cofrades para sacar el santo no es la misma cuando se trata de avanzar, de intentar ser abierto de miras y poner las luces largas. Como cualquier político de turno (con todo lo peyorativo del concepto), miramos el pan para hoy y el que venga que arree. De ahí que en X se hagan bromas, a tuit lleno, con el cartel de la Macarena. Es paradójico, porque se causa la misma y supuesta chanza que se quiere denunciar.
Para ello se le dan cachetadas a la hermandad de San Gil en el culo de otras cofradías, con dibujos de otras imágenes. La burla es la misma de la que se acusa a la junta de la Macarena y a Luis Gordillo, quien por cierto sí que sabe pintar y lo hace muy bien.
Sin embargo, aquí lo que realmente queremos son carteles costumbristas, pregones que se ajusten a los cánones clásicos y criticamos las marchas contemporáneas. Las mismas composiciones que escuchamos con fruición, protegidos por el anonimato nuestros auriculares.
Es la hipocresía del mundo actual, la que lo quiere todo ya pero no permite que el tiempo camine deprisa y siga su cauce. Lo mismo que hace la Iglesia con sus axiomas, señalando con el dedo acusador, justo todo lo contrario que predicó su fundador.





