Pocas veces hay algo tan dulce y tan amargo como una renovación. Y es que esos acuerdos entre partes suelen ser meros trámites y no llaman la atención del gran público.
Pero se da la circunstancia de que, en ocasiones, se habla tanto de que van a echar a tal banda, que cuando no se produce la ansiada salida por quienes lo pregonan, les debe quedar más amargura que la que hay en el rostro de la Virgen de San Juan de la Palma.
Eso ha pasado con un par de bandas, en Córdoba y en Sevilla, que se daban, por los portadores del oráculo de Delfos, por finiquitadas.
Esos eran los casos de Pasión de Linares en Santa Genoveva y de Redención de Córdoba en La Conversión. Pues las dos siguen.
En el tiempo de las campañas en contra de y a favor de, cada una que sale mal debería celebrarse como el Día de la Inmaculada, puente festivo incluido. No por el fallo, qué va, sino por las intenciones que se ocultan y por aquellos que las jalean.
Solía llamarse cura de humildad, pero de eso ya no hay ni un resto para recuperarla, así que, al menos, la frustración, el quedarse con las ganas, ya es un consuelo.





