A paso mudá | ¿Certámenes o castings? La nueva realidad

Los y de bandas han sido, desde hace décadas, un escaparate donde las formaciones musicales muestran su talento y devoción a la música procesional. Espacios de encuentro donde el sonido de cornetas y tambores, agrupaciones y bandas de música llenan plazas y auditorios con marchas que evocan la Semana Santa. Sin embargo, en los últimos años, estos eventos han adquirido un matiz distinto, convirtiéndose, en muchas ocasiones, en una suerte de casting encubierto para las hermandades.

No es extraño escuchar entre los músicos comentarios del tipo «vamos a tocar en tal certamen porque allí­ nos verá la junta de gobierno…» Y es que lo que antes era una simple muestra de repertorio se ha transformado en una audición no oficial en la que cada banda lucha por captar la atención de las hermandades en busca de un contrato. Se han vuelto pruebas de fuego en las que cada compás cuenta, donde los responsables musicales de las cofradías toman nota, analizan el estilo, la potencia y la calidad interpretativa con la misma meticulosidad con la que un jurado evalúa a un concursante en un talent show.

Por supuesto, esta dinámica no es negativa en sí misma. Al fin y al cabo, las hermandades buscan lo mejor para sus titulares, y las bandas necesitan oportunidades para crecer y consolidarse. No obstante, cuando el criterio se centra más en impresionar que en transmitir, cuando la selección se rige más por la espectacularidad que por la esencia, se corre el riesgo de perder el verdadero sentido de la música procesional: la emoción, la fe y la comunión con la cofradí­a.

Los certámenes seguirán siendo una parte fundamental del mundo cofrade, pero quizás sería necesario reflexionar sobre el papel que están adquiriendo. ¿Se han convertido en una competición donde prima el marketing sobre la devoción? ¿Deben las bandas preparar sus repertorios pensando en agradar a posibles fichajes o en honrar su propia identidad? La música cofrade está en constante y, y como en todo, encontrar el equilibrio sería la clave para que no se pierda su esencia en el camino.