Adiós a Conchita García Gordillo: el alma cofrade de Sevilla se despide de una de sus mujeres más queridas

Sevilla, cuna de memorias imborrables, ha despedido este lunes a doña Concha García Gordillo —“Conchita”, como le gustaba ser llamada por quienes compartieron su vida—, figura entrañable cuya luz ha iluminado durante décadas la religiosidad popular, la vida social y la entrega silenciosa de tantas mujeres anónimas.

Nacida en la capital andaluza el 2 de marzo de 1930, hija de madrileños afincados en el sur, Conchita encarnó la elegancia serena y el compromiso generoso. Muy joven encontró al amor de su vida, don Francisco Yoldi Delgado, con quien contrajo matrimonio a los 21 años en la iglesia de Santa María la Blanca. Junto a él compartió un destino tejido entre la familia, la devoción y la empresa. Yoldi, destacado químico ligado a la firma Persán —referente en productos de limpieza e higiene—, fue el compañero de una vida entregada a los demás.

De su unión nacieron dos hijos profundamente ligados al alma de Sevilla. Concha, actual presidenta de Persán, y Francisco, impulsor incansable de iniciativas sociales y cofrades, fallecido recientemente en un trágico accidente. A ellos les sobrevive un legado familiar de tres nietos —José, Javier y Juan— y ocho biznietos, que fueron fuente de inmensa dicha en sus últimos años. Conchita recibió los santos óleos de manos de su confesor y guía espiritual, el padre José Miguel Verdugo.

El nombre de Conchita está escrito en letras discretas pero indelebles en los anales de la historia cofrade hispalense. Fundadora y presidenta durante medio siglo de la Asociación de Mujeres Cofrades de Sevilla, promovió la participación femenina en una época en la que las mujeres no podían realizar estación de penitencia ni aspirar a responsabilidades visibles. También dejó huella como fundadora del colectivo sevillano de la Asociación Española contra el Cáncer.

Hermana número uno de la Hermandad de la Paz y figura destacada en San Buenaventura, ejerció durante años como camarera del Santísimo Cristo de la Salvación. Fue testigo de excepción de la histórica huelga de costaleros del Viernes Santo de 1972, cuando su esposo presidía la hermandad de la Soledad y la salida estuvo a punto de no realizarse. La intervención solidaria de la cofradía de Montserrat marcó el inicio de una tradición nueva: las cuadrillas de hermanos costaleros. En gratitud, la familia Yoldi estrechó para siempre sus lazos con la Magdalena, donde su hijo llegaría a ser hermano mayor.

Además de ser vestidora del Niño Jesús de la Archicofradía del Sagrario —obra atribuida a Martínez Montañés—, su amor por Sevilla se desplegó en su pertenencia activa a las hermandades de los Estudiantes, el Cachorro, el Gran Poder, la Pura y Limpia del Postigo, así como a las devociones de Valencina y la Hermandad de las Nieves.

Sevilla pierde a una mujer cuya vida fue sinónimo de entrega, fe y amor sereno por sus tradiciones. Y aunque el incienso ya no subirá hasta su balcón, su memoria permanecerá, inmortal, en el corazón de quienes la quisieron. La ciudad la despide como ella vivió: con sencillez, devoción y la elegancia de quienes nunca buscaron brillar, pero alumbraron a todos.