Es, probablemente y sin temor a equívocos, el capataz de capataces. Nombrar a Manolo Villanueva es hablar de una saga, de sabiduría, de franqueza sin tapujos y de una forma de entender el oficio de capataz, añeja -no desfasada- y perfectamente definida.
Así lo ha expresado en numerosas ocasiones y ha hablado sin paños calientes sobre cómo debe actuar un costalero. Recientemente, la cuenta de Instagram Andando por Derecho, recogía un fragmento de una charla del prestigioso capataz hispalense, en la que recordaba que, “cuando yo llegué con mi hermano allí los pasos no andaban bien. Los pasos en Sevilla no andaban bien. Y como me dice mucha gente, Manuel tú qué es lo que le hiciste al misterio de la Amargura. Digo, yo nada, implantarle el sistema de andar antiguo, punto. Se acabó”.
Rotundo y contundente, Villanueva insistía en que “es lo que yo hice, implantarle el sistema de andar antiguo”. Y proseguía evocando que “mi hermano se acordará, que el primer ensayo, en la calle Torreón, levantamos el paso, marcha, aquello lo vi chungo y dije, pararse ahí, abajo con él. Escucha, quita la música. Y esto es andar, andar, y así y así y así. De aquel año hacen treinta y cinco y ya no se le ha puesto más música para ensayar”.
La cualidad del costalero
Finalmente, para el capataz la cuestión es simple (y siempre compleja), “el costalero lo que tiene es que saber andar muy bien y que el tío valga. Punto y se acabó”. Y argüía que “esa es la historia, porque el costalero que sabe andar muy bien se coge a lo que quiera, a lo que sea y a lo que le pongan. Y ya te lo pueden poner a la mitad de la chicotá, al principio, al final, se coge y no se descompone el paso. Eso es que el costalero sepa andar muy bien”.





