1924. Calle San Vicente. Taller del escultor sevillano Antonio Castillo Lastrucci. El maestro mira su creación absorto. Es una Virgen de candelero o con una estructura interior para ser vestida. Su destino está muy cerca: la Parroquia de San Lorenzo. Será la nueva titular mariana de una hermandad con siglos de historia que representa el misterio de Jesús ante el sanedrín.

Hoy mismo partirá hacia el templo. Castillo continúa observándola, recreándose en cada detalle de aquella mirada tierna, de sus lágrimas, de los labios entreabiertos y la tez oscura de su piel que le aportan una personalidad exquisita.
La imagen ha sido vestida por primera vez por el que sería su vestidor, Antonio Amián, con saya blanca, manto bordado y un tocado a tablas de raso combinado con un encaje colocado alrededor del rostro y de su cabeza, recreando el atavío de las religiosas de los conventos de la feligresía.
100 años después, hace apenas seis meses, la Virgen del Dulce Nombre, aquel Bendito Simulacro que saliera del cincel del prolífico imaginero, volvía a lucir aquella estética personalísima, recreada para la salida procesional del Martes Santo por su vestidor, el magnífico profesional José Antonio Grande de León.
La decisión de recuperar la estampa de aquella dolorosa centenaria que debaja el taller del maestro fue un clamor popular para la efeméride, pues si bien el revival se había utilizado en ocasiones señaladas de la historia reciente de la cofradía, era la primera vez que la talla de Castillo lo llevaba en su paso de palio para la jornada más especial.
La idea era acertada desde el punto de vista sentimental por la fecha y artístico por la innovación en la combinación de piezas textiles. Faltaba el resultado práctico con el impresionante manto regionalista de salida que bordara Juan Manuel Rodríguez Ojeda en 1923.
Y quién mejor para ejecutar la minuciosa tarea que José Antonio Grande de León, un artista del atavío de la Madre de Dios y un excepcional bordador que lleva 30 años realizando esta labor a la Virgen del Dulce Nombre y a una larguísima lista de tallas marianas por toda la geografía andaluza y muy especialmente en la tierra que lo vio nacer, Sevilla.
El sueño se cumplió a la perfección. El jueves 14 de marzo la titular de la corporación del Martes Santo se presentaba a los fieles sobre su paso y con la misma estética que portara un siglo antes, engrandecida aún más si cabe con pequeños matices como la toca dorada de la parte trasera, que completaba y llenaba de empaque el conjunto.
El trabajo del vestidor, Grande de León, fue alabado y aplaudido tanto por los hermanos como los cofrades de Sevilla y los medios de comunicación, llegando incluso a traspasar las fronteras locales y tener un importante eco en todo el país.
María Santísima del Dulce Nombre estaba arrebatadora, sublime y preciosa, siendo éstos algunos de los calificativos más repetidos cuando los devotos se acercaban a San Lorenzo para verla y rezarle en sus andas procesionales.
El propio vestidor José Antonio Grande de León agradecía a través de las redes sociales las muestras de cariño, siendo su impecable trabajo todo un acierto en la recuperación de la centenaria estampa.
Y el delicado trabajo tuvo sus frutos en forma de reconocimiento, ya que la vestimenta de María Santísima del Dulce Nombre fue condecorada con el premio Demófilo a la obra de arte efímera, uno de los más importantes galardones dedicados a la Semana Santa de Sevilla.
El Demófilo fue sin lugar a dudas la guinda de un aniversario muy especial en el que la Virgen del Dulce Nombre paseó por las calles de Sevilla con el mismo atuendo que en 1924, cuando dejó el taller de Castillo Lastrucci.










