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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

Pax Romana

La Pax Romana o Pax Augusta fue la época de orden y prosperidad que según la historiografía de Roma vivió todo el conjunto del Imperio hasta la dinastía de los Severos (193-235 d.C.). Una vez que Augusto logró poner fin a la crisis económica, social y política que se había vivido en los últimos años de la República a causa de la Guerra Civil, se introdujo el concepto de Pax Romana o Pax Augusta.

Augustus von Prima Porta (20-17 v. Chr.), aus der Villa Livia in Prima Porta, 1863

Con este término se denominó a una época de paz que beneficiaba a todos los ciudadanos romanos y a los pueblos sometidos a Roma. La paz había creado el Imperium Romanorum que, según la propaganda oficial, reflejada en las Res Gestae se debía a la acción del princeps. Éste respondía con su acción a un mandato divino que le conminaba a extender el dominio de Roma sobre todos los pueblos del mundo. Se tenía la conciencia de que Roma tenía un destino señalado por los dioses. El Imperium Romanorum era el mejor posible de todos los imperios universales, en el que reinaba la justicia, por eso todos los pueblos dominados debían de plegarse ante la superioridad romana.

La Pax Romana generó una ideología de carácter imperial que se caracterizaba por la conciencia de la predeterminación divina, la eternidad del dominio basado en el orden y la justicia. Augusto se jactaba en su propaganda oficial de haber cerrado durante su reinado tres veces la puerta del templo de Jano Quirino, lo cual significaba la paz absoluta. Los emperadores que sucedieron a Augusto heredaron este concepto y trataron de seguir llevándolo a la práctica hasta final de la época de los Severos. Los soberanos pensaban que el dominio universal manifestado en el orbis romano debía de extenderse a otros territorios para que también disfrutasen de sus beneficios. Esta idea del Imperio Universal caló hondo en la mentalidad romana y tuvo una vigencia de varios siglos. Con todo este engranaje ideológico se quería dar a entender la política exterior romana como una actitud defensiva; sin embargo lo que se hacía era camuflar una política realmente agresiva, que buscaba el dominio universal por razones prácticas.

A pesar de todo, las guerras ofensivas no quedaban descartadas en la idea de Pax romana, porque para conseguir el dominio sobre todo el orbis terrarum era necesario llevar a cabo una política de expansión, aunque ésta fuese limitada. Para ello el emperador era investido del Imperium proconsular que le convertía en comandante en jefe de todas las tropas romanas. Al finalizar el período de la Pax romana la superficie administrada directamente se había duplicado respecto a los primeros tiempos de Augusto, pues Roma se empeñó en llevar sus fronteras hacia los límites naturales del mundo conocido. A lo largo de esos dos siglos en la parte occidental del Imperio se acabó con los núcleos de resistencia en Galia e Hispania, se ocupó Britania hasta los límites con Escocia, África del Norte tenía sus fronteras en el desierto del Sáhara y Egipto era romano hasta la primera catarata. Las fronteras de la Europa Oriental estaban constituidas por el Danubio y el Rin, Asia se aseguró con la anexión de Capadocia y en las provincias orientales los límites los fijaban el desierto de Siria y el río Éufrates.

Resumiendo, es cierto que el Imperio Romano alcanzó en varios momentos de su historia la “Paz absoluta” al igual que lo es, que lo hizo a sangre y fuego. Lejos de la visión edulcorada, noble y novelera que el cine de Hollywood nos ha ofrecido del Imperio Romano en general y sus ejércitos en particular, lo cierto es que cuando los romanos llegaban a un territorio arrasaban literalmente un poblado generando el terror en todos los pueblos colindantes para que de este modo se rindieran “pacíficamente”. Solían llevarse por delante a los que potencialmente podían suponer una amenaza bélica, generalmente la población masculina mayor de cierta edad, y claro, entre unas cosas y otras se alcanzaba la paz… como no podía ser de otra forma.


Llegado este punto, si ha tenido la paciencia de llegar, se preguntará ¿pero qué nos está contando El Cirineo esta semana? ¿Esta no es una página cofrade? Tranquilidad, tranquilidad, que no cunda el pánico. No hemos perdido la cabeza ni hemos decidido cambiar la temática de Gente de Paz. Denme unos instantes y lo irán comprendiendo.

El Imperio alcanzaba la ansiada paz absoluta a través de un proceso que comenzaba con el ascenso al poder del líder supremo, señalado de los dioses o por Dios a partir de la asimilación del cristianismo por el imperio desde los tiempos de Constantino; líder que con su divinidad iluminaba al pueblo de Roma y a toda la humanidad. Se trataba de un proceso en el que se sucedían secuencialmente una serie de fases perfectamente definidas por algunos historiadores. Pese a lo que la gran mayoría piensa, habitualmente los emperadores no tenían una sucesión hereditaria asegurada, y el cargo se obtenía en virtud de una disputa o incluso en determinadas épocas, era fruto de una elección. En este contexto las meritadas fases podían seguir con mayor o menor fidelidad el siguiente patrón:

Fase I: El líder que aspiraba al cetro del imperio iniciaba una serie de contactos con miembros del gobierno para gozar de su apoyo inestimable, intentando detectar a aquellos dispuestos a cambiar de barco en cualquier momento en función de hacia dónde soplase el viento. En esta fase se hacían entregas selectivas de presentes al pueblo que se pretendía gobernar, dejando traslucir que tales acciones derivaban de una actitud totalmente desinteresada. Así mismo se negociaba, mediando o no contraprestación, con quienes ostentaban cargos de relevancia, como los centuriones que mandaban las cohortes, los poseedores del martillo a cuyo son trabajaban los remeros de los navíos que componían la flota imperial o la curia sacerdotal, responsable de la salud de las almas del pueblo a gobernar.

Fase II: Abierto oficialmente el periodo de sucesión, el verdadero líder regalaba al pueblo sus dotes de oratoria. Reuniones multitudinarias, comunicaciones masivas por diversos medios para hacer llegar a todos el mensaje de la verdad absoluta y hacer comprender al pueblo soberano lo inmensamente desdichada que había sido su existencia hasta que los dioses determinaron su llegada para salvarlo de la mediocridad. En esta fase se hacía alarde del poderío económico y político poseído, poniendo especial énfasis en cómo eso redundaría en beneficio del colectivo, en la búsqueda siempre del bien común.

Si por cualquier circunstancia, se producía cierto distanciamiento de los planes originales – si las cosas se torcían – no se escatimaba el empleo de cualquier arma estratégica al alcance para la consecución del objetivo, que no era otro, no pierdan la perspectiva, que iluminar a los mortales con la magnificencia del ser divino, humilde entre los humildes, venido al mundo para llevar al imperio al paraíso, como si del Mesías hebreo se tratase. Si había que hacerle ver al contrincante su obstinación en perpetuar sus pasos por el mal camino y que con su actitud estaba entorpeciendo la llegada de la Utopía, se hacía, mostrándole si las circunstancias lo aconsejaban, cuán poderosos eran los aliados del elegido y cómo de terribles eran los secretos que ocultaba el rival, secretos que nadie querría que un día viesen la luz.

Fase III: El pueblo en su infinita inteligencia se decantaba por el ser divino que había venido a salvarlo, como no podía ser de otro modo. En ocasiones el resultado podía ser ajustado (una parte importante del pueblo apostaba por el rival a pesar de su manifiesta inferioridad), lo que escapaba a la comprensión del líder. ¿Cómo era posible que existiesen mortales que no supiesen apreciar las condiciones del elegido? No obstante la seguridad en si mismo, hacía que él tuviese la certeza de que todos los sumidos en la equivocación se darían cuenta poco a poco de ello y terminarían plegándose ante su divinidad.

Fase IV: Los primeros pasos de gobierno se dirigían a dos objetivos. El primero era dejar claro quién mandaba. Era factible que para alcanzar el poder hubiesen sido precisas ciertas alianzas que ya no eran necesarias. Demasiados gallos en un gallinero que poco a poco había que ir vaciando. Siempre de forma elegante, por supuesto, de modo que las primeras dimisiones “voluntarias” se iban produciendo paulatinamente. Un segundo grupo de cercanos al poder, creían entender antes o después que no era oro todo lo que relucía y optaban por regresar – estos sí voluntariamente – a casa, a las afueras del imperio, preguntándose desde entonces y para siempre cómo no se dieron cuenta antes.

El segundo paso consistía en materializar un gran proyecto faraónico en el que embarcar al imperio, por un lado para hacer ver que hasta que el líder no había llegado se nadaba en la ya mencionada mediocridad y por otro lado, para asegurarse la dependencia económica del imperio respecto del poderío económico del líder; a veces era conveniente conservar ases en la manga, por si había quienes tardaban en apreciar la luminosidad de la esencia divina y necesitaban una ayudita para seguir adorando al emperador.

Fase V: Se escudriñaba el pasado más cercano, sobre todo si los anteriores gobernantes o sus descendientes, aún conservaban parte del apoyo que tuvieron. Para terminar con este apoyo, era preciso hacer ver lo que se escondía en los armarios, lo que había debajo de las alfombras… o insinuarlo, vaya a ser que no hubiera gran cosa o nada. Como todo el mundo sabe, la mujer del César no sólo ha de ser virtuosa sino parecerla, y había antiguos gobernantes que aun siendo virtuosos, lo habían disimulado perfectamente, por lo que había que explotar esta torpeza y traducirla en insinuaciones de oscuridad y ausencia de transparencia. En esta fase se anulaba a los antiguos regidores como posibles rivales futuros.

Fase VI: Los servicios secretos detectaban posibles núcleos de población disidente y directamente eran expulsados del territorio. Muchos otros por hastío abandonaban el imperio para regresar en tiempos mejores, o para no volver nunca, que en otros reinos también se podía habitar. Las legiones romanas se expandían por todo el territorio y mediante una táctica expansiva (como ya ha sido explicado, frecuentemente camuflada de defensiva) se atacaban sistemáticamente posibles focos de insurrección y a toda clase de pueblos fronterizos, aplacando preventivamente cualquier tentación de rebelión o agresión externa. Es en esta fase cuando la paz absoluta, la pax romana, se lograba implantar en todo el imperio.

Fase VII: Alcanzada la perfección y marcado el camino correcto para el futuro, se elegía un delfín, un sucesor adecuado para continuar con la misión divina. Esta fase era fundamental para evitar que el pueblo decidiese erróneamente y se alejase del edén alcanzado bajo el mandato del líder divino, convertido para siempre en César Augusto. Era preciso que el delfín fuese una persona suficientemente maleable como para que el líder pudiera indicarle amablemente, desde su plácido retiro, qué pasos debía dar en cada una de las decisiones que hubiera de tomar. Si era preciso, se hacía ver que el heredero rompía absolutamente con la etapa del emperador, para aparentar un propio liderazgo y de paso lograr un acercamiento de aquellos desdichados que no habían tenido la inteligencia suficiente para apreciar la grandeza del auténtico líder en toda su extensión, empecinándose en encontrar una alternativa. Llegado el momento, el delfín propiciaba un homenaje que elevase definitivamente al líder supremo que originó el imperio.

La secuencia lógica de estas fases, desembocaba necesariamente en una nueva victoria y en la perpetuación del sendero de grandeza iniciado por el gobernante designado por los cielos, horizonte incuestionable ya para todos los súbditos. No hace falta decir que si algo salía mal, la responsabilidad era de aquellos llamados a sucederle, convirtiéndose en auténtico talón de Aquiles de los planes perfectamente diseñados para mayor gloria del imperio.


¿Les suena? Si usted ha sido capaz de llegar a este párrafo, les haya parecido o no un pestiño, puede que encuentre ciertas similitudes entre lo que acaba de leer y lo que ha venido y viene sucediendo en algunas de nuestras cofradías – y tal vez en sus alrededores – en los últimos tiempos. Por increíble que pueda parecer, algunos de los dirigentes que nos gobiernan se jactan de haber alcanzado una suerte de paz absoluta, de Pax Romana, en las corporaciones que regentan. Y si profundizamos en la secuencia de hechos que han llevado a lograr esta situación “idílica”, se podría identificar la confluencia de varias de las fases descritas – o todas – en algunas de nuestras hermandades, en una suerte de estrategia que parece nacida de la mente del peor de los enemigos del universo cofrade. Un universo cofrade que ahora sitúa en los altares a los peores y más miserables tiranos.

Si esta es la realidad que tenemos encima, es al pueblo a quien corresponde modificarla. No olviden nunca que muchos de aquellos emperadores terminaron siendo traicionados por aquellos que les rodeaban ni tampoco olviden cómo cayó el imperio romano. Su grandeza fue magnífica, pero su caída estrepitosa… y relativamente rápida. Y terminó en una escisión, en dos imperios, el Romano de Occidente y el que tuvo por capital Bizancio. En las manos de todos está convertir el imperio y la tiranía en democracia o permitir que acabe definitivamente destruido.

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