Córdoba, El Rincón de la Memoria

La Córdoba Cofrade de los años 20

Si bien es cierto que de un tiempo a esta parte la Semana Santa de Córdoba tal como la conocíamos ha experimentado enormes cambios que se han ido materializando en un enriquecimiento y evolución de la misma, cuánto más sencillo sería si esa comparación se establece entre el panorama cofrade actual y el que reinaba durante las décadas de los 20 y los 30 de la ciudad califal, en las que como bien sabemos, la modestia y la sobriedad se imponían a cualquier lujo y alarde, potenciando al máximo el sentido religioso que debe latir en lo que a fin de cuentas en la Pasión y Muerte de Jesús.

Por aquellos tiempos y de conformidad con los conocimientos y la documentación aportada, la cifra de hermandades que realizaban su estación de penitencia en la Semana Mayor de nuestra capital no era superior a seis, lo cual se traduce en una prueba irrefutable del letargo en el que se hallaban sumidas y las dificultades a las que debían enfrentarse por sobrevivir a lo largo del tiempo.

Por supuesto, fiel a las narraciones que en otras ocasiones hemos ofrecido a nuestros lectores, el fin de la Guerra Civil trajo consigo unos deseos renovados – generalmente fomentados por las generaciones más jóvenes de cofrades – de dotar de un mayor esplendor a la Semana Santa, creando así nuevas hermandades y retomando antiguas devociones que pronto se pondrían a la altura de otras corporaciones de notable antigüedad y prestigio que, también con grandes esfuerzos, habían conseguido mantenerse vivas con asombrosa dignidad y entrega.

Con esa ilusión y espíritu de trabajo renacía la Semana Santa de Córdoba con el gran apoyo y la coordinación que aportaba el trabajo de la Agrupación de Hermandades y Cofradías, que ahora luchaba a capa y espada por otorgarle a esos siete días el protagonismo y el peso merecido que, a su vez, comenzaba a atraer al turismo, tan importante para la economía de la ciudad.

Hasta ese momento y como anticipábamos anteriormente, los años 20 estuvieron marcados por el papel que desempeñaban esas seis cofradías, siendo la de Nuestra Señora de las Angustias la de historia más extensa, pues su fundación data de 1558, momento desde el que siempre han tratado de mantenerse fieles a sí mismos y a un sello que bien podría haberse considerado el más representativo de Córdoba, como un inequívoco reflejo del modo en que el pueblo cordobés entendía la Semana Santa.

Por su parte, la Virgen de los Dolores ya se había encargado de dejar una profunda huella en la ciudad que la veneraba hasta el punto de reconocerla como su Señora desde que su cofradía quedase constituida en el popular Hospital de San Jacinto en 1707 e intensificándose con su salida procesional, que ya en los primeros años del siglo XX venía produciéndose en la jornada del Domingo de Ramos con la sola presencia de su paso. No fue hasta 1921 cuando la corporación a la que daba nombre abandonó su día de salida para recorrer las calles únicamente con la Procesión Oficial del Santo Entierro, postergando una tradición en la que ya participaba desde mucho tiempo atrás.

Avanzaba la Semana Santa con un Miércoles Santo que prácticamente equivalía a nombrar a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Calvario, creada en 1772 y conocida en sus orígenes como la Cofradía de Jesús Nazareno, Vía Crucis y Monte Calvario. Por extraño que resulte a día de hoy, también se ponían en las calles en este día las corporaciones del Santísimo Cristo de Gracia y la Virgen de las Angustias, conformando un desfile que además contaba con la singular presencia de la bellísima talla de Nuestra Señora del Mayor Dolor – hoy Nazarena – que aún no pertenecía a cofradía alguna y procedía, cómo no, del cercano Hospital de Jesús Nazareno. La procesión daba comienzo hacia la media tarde en un grupo que se conformaba en la emblemática Plaza de San Lorenzo, convertida en punto de partida.

Así pues, una gran parte de la estación de penitencia se realizaba con luz solar tal y como demuestran las célebres fotografías de archivo publicadas en la publicación de Patio Cordobés correspondiente a su edición de 1971, las cuales nos llevan a la confluencia de la Calle Claudio Marcelo con la actual Plaza de las Tendillas, denominada de Cánovas años ha. Estas invitan a un casi inevitable análisis del que se extraen no pocas diferencias con la actualidad y que van desde la humildad y sencillez en su ornamentación hasta el mismo entorno, que aún habría de convertirse en objeto de reformas.

El Jueves Santo venía señalado por la estela trazada por el Hermandad de Jesús Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad, saliendo de su sede en torno a las 9 de la noche, rodeada por una ingente cantidad de fieles y eternamente conocida con el sobrenombre de “Los Toreros” por su estrecho vínculo con estos y el barrio sin igual de Santa Marina, cuna de célebres e inmortales diestros.

El Viernes Santo era sinónimo de la antedicha procesión del Santo Entierro, que a pesar de la hermandad bajo ese nombre no había sido todavía reorganizada, aunque este hecho no tardaría mucho más en producirse adoptando a un tiempo el título de Caballeros del Santo Sepulcro. El desfile tomaba forma en la céntrica Plaza de la Compañía, con una gran cantidad de representaciones y estableciéndose en el siguiente orden: Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto, el Señor Amarrado a la Columna, Nuestro Padre Jesús del Calvario, el Santísimo Cristo de Gracia, Nuestro Padre Jesús Caído, el Santísimo Cristo de la Expiración, Nuestra Señora de las Angustias, la Virgen de los Dolores, el Santo Sepulcro y Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad.

Integraban la comitiva altas representaciones de la Iglesia así como civiles, militares de la ciudad, la escolta proporcionada por las fuerzas del ejército e incontables fieles portando cirios con los que se alumbraba el camino de las citadas imágenes, dando lugar a una procesión impactante y de inmensa solemnidad que tenía como objetivo principal la estación de penitencia en la Catedral.

Igual que ocurre ahora, la Hermandad del Resucitado se encargaba de poner el broche a la Semana Santa de Córdoba con el Domingo de Resurrección, saliendo desde la Parroquia de Santa Marina con las tallas del antiguo Señor y la Nuestra Señora de la Luz o la primitiva Virgen de la Alegría – de las que tanto hemos hablado recientemente – dependiendo del año en que nos situemos y limitando su procesión a las calles de su feligresía.

Una especial mención se merece otro de los factores de mayor relevancia en la comunidad cofrade de aquellos años, que no es otro que los concursos de saetas y olvidados altares organizados por el Ayuntamiento de Córdoba con la intención de buscar la involucración del pueblo en su Semana Santa. En 1924 esa participación se traducía en premios de 500 pesetas, iniciativa acogida con gran entusiasmo tanto por los cordobeses como por su prensa, máxime teniendo en cuenta la generosidad de ella. El reparto de esta suma se hacía con la aportación de 100 duros a dividir entre los ganadores del concurso de altares de acuerdo con el veredicto de un jurado. El de saetas al aire libre, por su lado – algunos en los escenarios de la Plaza del Conde de Priego y el Campo de la Merced – ofrecía dos premios de 75 pesetas, dos de 50, cuatro de 25 y diez de 15. El certamen de 1925, como se ha podido saber por fuentes documentales de la época, contó con un jurado formado por Dora “la Cordobesita”, los ilustrísimos hermanos Enrique y Julio Romero de Torres y como asesores, los cantaores Ramón García, Fernando Cárdena, Manuel Mondéjar y Onofre hijo.

Dicho lo cual, no hace falta insistir mucho más en las cuantiosas diferencias que presenta nuestra actual Semana Santa con la de otros años pretéritos, presentada en un marco fiel al profundo sentido religioso, lleno de humildad, sencillez y misticismo que tanto dicen extrañar en el presente las generaciones más veteranas de cofrades cordobeses.