La Hermandad del Rocío de Córdoba ha llegado al Rocío, culminando el camino de iniciación que comenzase hace nueve días a las puertas mismas de la Real iglesia de San Pablo. Un camino espiritual, un conglomerado de tradiciones ancestrales que se alimenta de las miles de promesas de año tras año, desde hace siglos, tiene por destino la mirada infinita de la Reina de las Marismas donde confluyen las ilusiones de miles de rocieros llegados de los cuatro puntos cardinales.
Un camino singular que cada año se vive con la misma intensidad aunque de manera diametralmente opuesta, plagado de detalles y sentimientos que se almacenan cuidadosamente para siempre en ese arcón de recuerdos vividos que son la herencia imperecedera de nuestra propia esencia como seres humanos, creyentes y rocieros.
Atrás quedaron los arenales de Doñana, el mágico e insustituible paso por el Jordán del Vado del Quema donde se reprodujeron una vez más las mismas maravillosas escenas de siempre que tienen por testigo al Guadiamar, la presentación en Villamanrique y la entrada por el Puente de Ajolí, donde ya se roza con la punta de los dedos el mismísimo paraíso. Un camino cargado de intensas emociones y de momentos inolvidables.
Y un año más al son de decenas de campanitas, la Carreta del Simpecado blanco y oro «que pintó Julio Romero» guiado por San Rafael, patrón de los peregrinos, llegó a la Tierra Prometida para encontrarse cara a cara con la Madre de Dios.






