Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

Crónica insólita del Lunes Santo de 1982

En la fecha del martes 6 de abril de 1982, el Diario Córdoba destacada en su primera página la lluvia que tanto condicionó las estaciones de penitencia de la jornada del Lunes Santo, interrumpiendo el recorrido de las cofradías, dejando que tan solo la Sentencia y el Vía Crucis – tal y como se puede deducir por la fotografía que nos muestra a María Santísima de Gracia y Amparo junto a la Parroquia de San Nicolás de la Villa – pudieran ponerse en la calle, aunque aclaraba que “las cuatro hermandades salieron de los templos, aunque el Remedio de Ánimas solo hasta el dintel de la Iglesia de San Lorenzo”.

Sin duda, la trayectoria de la Hermandad de la Merced es una de las que nos ha ido regalando algunas de esas joyas que han pasado a formar parte de la memoria cofrade colectiva y, teniendo en cuenta que con la popular cofradía del Zumbacón se nos abre un inmenso abanico de posibilidades, hoy vale la pena centrarse en su papel dentro de aquella crónica del Lunes Santo.

En ese contexto, el relato nos ubicaba en el entorno de San Antonio de Padua. Muy lejos de las hermosas y complejas estrecheces del casco antiguo, la iglesia del Zumbacón se enmarcaba en un escenario caracterizado por solares y gente sencilla que derrocha humildad, sencillez y, sobre todo, expectación. La curiosidad se hacía dueña del ambiente en el que habría de aparecer por primera vez la actual imagen del Señor Humilde, presentándose a su barrio sobre un paso que anteriormente había pertenecido a la Hermandad del Perdón de Cádiz.

Enfatizaba aquella crónica del 82 en el aspecto que aún conservaban los alrededores de la Parroquia de San Antonio de Padua, con un paisaje compuesto por descampados y terraplenes entre los que destacaba, al fin, la mirada al cielo del Señor de la Coronación de Espinas. Con esta primera estación de penitencia y haciendo frente a la amenaza de la lluvia – a la que finalmente habría de enfrentarse la hermandad, dificultando considerablemente el recorrido de regreso a su templo – el titular de la cofradía se abría camino, aún sin su misterio, en la jornada del Lunes Santo. Una estampa sin duda llamativa a la que los cordobeses no tendrían ocasión de acostumbrarse, pues tan solo un año más tarde ya habrían completado la escena los dos romanos y el sayón de Pinto Berraquero.

Con la salida de la Sentencia, el Diario Córdoba daba un paso más al aproximarse a algunos de los hermanos costaleros para conocer de primera mano su experiencia, sus incentivos y sobre todo, esa palpable ilusión que tanto mencionaba como motor para sobrellevar el consabido esfuerzo que implica estar debajo del paso durante la jornada pertinente. Había ya por aquel entonces un joven Antonio Ángel Cuenca quien, a la corta edad de 20 años, se enorgullecía del que era su cuarto año como costalero de la corporación – y eso obviando el hecho de que incluso perteneciese a la Junta de Gobierno – como resultado de la decisión que había conducido a la cofradía a seguir ejemplos anteriores para dejar atrás los años de los costaleros profesionales en pro de un futuro, ahora sobre los hombros de las cuadrillas de hermanos.

En ese año de 1982, no dejaba de llamar la atención el hecho no solo de tener soportar el peso de las imágenes y el paso, sino también el de hacerlo dignamente por el entramado de callejuelas en el que uno puede perderse en cualquier momento en esta preciosa ciudad, con sus características estrecheces y dificultades particulares. Pero para enfrentarse a ello, según las palabras de aquellas primeras cuadrillas, ya existía entre sus componentes una compenetración especial – en la que sin duda influían las relaciones que ya se habían establecido años atrás en incluso siendo también los pies de la Virgen de las Angustias – que se convirtió en la clave del rigor y el buen hacer de una hermandad con un estilo tan definido como disciplinado.

La Hermandad del Cristo de la Salud era presentada por el Diario Córdoba como “devoción y penitencia en las calles de la ciudad” y como el centro de una atención en una tarde tan crítica como la que se presentaba. Ante esas circunstancias, la expectación era máxima en la Plaza de la Trinidad, donde empezaban a resonar el característico sonido de los tambores y el clásico y solemne Vía Crucis “comenzaba a serpentear por las sinuosas callejuelas del barrio antiguo de la ciudad. […] La devoción, el fervor y el respeto recorrió con las calles con el Cristo de la Salud, que fue llevado a hombros por los cofrades”.

Ya cuando caía la noche, en torno a las 21:00 horas, el crucificado de la corporación salía al fin a la plaza donde lo esperaban “miles de personas” con numeroso cortejo y siendo la tercera hermandad en salir a realizar su estación de penitencia. A su paso y como de costumbre la Hermandad del Vía Crucis fue haciendo al público de la ciudad contagiarse de esa típica esencia de sobriedad y recogimiento marcada por el silencio que tan pocas cofradías son capaces de inspirar.

La lluvia, aunque siempre es un temido factor, no consiguió amedrentar a la cofradía del Cristo de la Salud, pues “cuando comenzó el aguacero impresionante, hasta la tribuna oficial llegó la noticia de que la Hermandad del Vía Crucis no renunciaba a iniciar la Carrera Oficial, lo que hizo con un retraso de más de media hora, el Cristo titular envuelto en un plástico transparente escoltado por la totalidad de los hermanos que mojados, muchos de ellos descalzos, a veces portando cruces sobre los hombros pasaron por delante de la tribuna del Ayuntamiento de las Tendillas en medio de una cálida salva de aplausos […]”.

Como cabe suponer, máxime teniendo presente el estilo y las decisiones que han ido definiendo a la cofradía de San Lorenzo, el Remedio de Ánimas suspendía su salida procesional ante esa temida posibilidad de lluvia que logró deslucir el Lunes Santo cordobés. No obstante, los respectivos pasos del Santísimo Cristo y Nuestra Señora Madre de Dios en sus tristezas fueron conducidos a las puertas de su templo, donde a pesar de todo, se “vino a subrayar la seriedad y religiosidad de nuestra Semana Mayor”.

Curioso como poco podría resultar el añadido en aquella publicación del 82 sobre los antiguos altares domésticos, que por entonces habían “renacido con fuerza”, puesto que fueron once en total los que se instalaron en los portales de las casas que ocupan las calles de la Judería a fin de no dejar morir esa vieja y hermosa costumbre.

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