Gracias a la conservación de ciertos documentos se pudo revelar que, durante los últimos años del siglo XV, existió en nuestra hermosa ciudad la advocación de la Vera Cruz. Así lo demostraba la ermita situada en el denominado Campo de San Antón, a su vez, fuera de la muralla que antiguamente cercaba Córdoba. No obstante, nada tiene esto que ver con la hermandad penitencial que, con el mismo título se asentaba en la actual San Francisco y San Eulogio, entonces conocido como San Pedro el Real.
Por aquellos años, especialmente entre los años 1540 y 1550, las cofradías erigidas con el título de la Vera Cruz gozaban de una gran popularidad en el seno de la diócesis cordobesa, fuertemente impulsadas por la orden franciscana. Esa divulgación comenzaba a extenderse en 1536, momento en el que el entonces papa, Paulo III, atendiendo a los requerimientos del cardenal Quiñones, tomó la determinación de conceder indulgencias a la Hermandad de la Vera Cruz de Toledo. Este sería tan solo el principio de las relaciones establecidas entre el dicho pontífice y la cofradía de ese nombre y en el caso de la corporación cordobesa, Paulo III se esforzaría desde 1538 por otorgar a estas gran cantidad de beneficios espirituales, tal y como se deduce del testimonio de Fray Alonso de Torres.
Así, la cofradía quedaría instalada en una amplia capilla del Convento de San Pedro el Real, donde también se conservaba la “Cruz Verde”, pieza que se sacaba con ocasión de los habituales autos de fe del Tribunal de la Inquisición. Además, allí mismo se rendía culto a un crucificado al que los vecinos profesaban una inmensa devoción, popularmente conocido con la advocación de Santo Cristo de las Maravillas. Ese fervor habría de reflejarse en la ingente cantidad de limosnas que tanto fieles como cofrades en general dejaban en el convento en muestra de agradecimiento por los milagros y favores que le eran atribuidos al crucificado.
Sin embargo y tal y como narrásemos en anteriores publicaciones, no sería hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando la hermandad comienza a sumirse en una profunda crisis. Los problemas de índole económica fuerzan a la cofradía a cancelar la estación de penitencia del Jueves Santo, produciéndose la última en la Semana Santa de 1788. Sin duda, la eliminación de los penitentes disciplinantes agravaría la crítica situación de la corporación, ya cercana a la desaparición.
No obstante, la hermandad de San Pedro el Real continuaría poniéndose en la calle de forma puntual, aunque después de 1802 deja definitivamente de hacerlo al encontrarse “sin fondos, aún para el preciso culto”. Además, un informe fechado en 1819 afirma que la corporación “con motivo de la destrucción de la capilla por los franceses, está en suma decadencia, ya por los gastos hechos para reedificación quanto por los pocos hermanos que le han quedado”.
Finalmente, la Hermandad de la Vera Cruz empezaría a extinguirse poco con la supresión de la estación de penitencia en 1820 hasta caer en el más absoluto olvido con el peso que siempre tiene el transcurso del tiempo.
A pesar de todo lo anterior, la historia de la cofradía que hoy no ocupa es uno de esos perfectos ejemplos de resurgimiento, pues en el año 1980 un grupo de jóvenes pertenecientes a la Legión de María se unieron en torno a la imagen de una dolorosa de la que también les hablábamos días atrás, cuya advocación era la de los Dolores y que se encontraba en el Convento del Buen Pastor, de las Madres Filipenses, actual sede de la Hermandad del Perdón y aún conocida popularmente como San Roque.
Por aquel entonces, se barajaba para la resucitada corporación el título de Nuestro Padre Jesús de la Amargura en su encuentro con la Santa Verónica y María Santísima de los Dolores Gloriosos. Sería tres años más tarde después de aquella primera reunión de miembros cuando, concretamente en 1983, cuando la joven cofradía decidió adoptar definitivamente el título de la Vera Cruz uniéndose en ese mismo momento con la Hermandad del Dulce Nombre viendo aprobados sus estatutos por el entonces obispo Infantes Florido, dejando asimismo constancia plena de que con ello, la corporación estaba refundando la primitiva Archicofradía de la Vera Cruz, por lo que esto comprendía los títulos y privilegios obtenidos siglos atrás.
Precisamente con motivo de la redacción de sus reglas, la hoy corporación de San José y Espíritu Santo comenzó a considerar la posibilidad de convertir a la Santísima Virgen en la titular mariana de la hermandad. Llegado ese punto, los diversos obstáculos percibidos por los hermanos de la Vera Cruz terminaron por convencerlos de que la que fuera la Virgen de los Dolores nunca llegaría a ser de su propiedad, hecho que hizo pensar a la corporación que tal vez lo mejor sería encargar una nueva dolorosa a la mayor brevedad posible para evitar que el transcurso del tiempo hiciera que esa determinación fuese aún más complicada de tomar.
Así las cosas, aquel mismo año de 1983, concretamente en el mes de octubre, la cofradía del Lunes Santo firmaba con el imaginero sevillano Antonio Dubé de Luque el contrato de su nueva y futura titular, cuyos únicos requerimientos eran que los ojos de la Virgen del Dulce Nombre fuesen de color azul, y que en su rostro se reflejase el de una joven de unos quince o dieciséis años de edad, dando como fruto a una hermosísima talla con la que aquella dolorosa de San Roque ya pasaba a formar parte de la historia de la Vera Cruz.
Llegaba al fin la bella y deseada titular a la hermandad con la que Córdoba recuperaba una parte de su historia, aún asentada en el templo Buen Pastor, cuyas dependencias sirvieron de escenario para la fotografía que abre este artículo, en la que la Virgen del Dulce Nombre aparecía ataviada con saya azul y manto blanco, sin portar corona alguna y dirigiendo su tierna mirada a las Madres Filipenses del antedicho convento para ser inmortalizada en un ambiente de ilusión más que evidente.
La venida de la dolorosa de Dubé requería, por supuesto, del pertinente acto de bendición de la talla, responsabilidad que recaería en el entonces gran valedor de nuestra Semana Santa, Fray Ricardo de Córdoba y para el que su todavía sede se preparó cómo se aprecia en la imagen, con flores, cirios y un dosel al fondo con los que dotar a la iglesia de la solemnidad propia del evento en el que María Santísima del Dulce Nombre se erigía como indiscutible protagonista. Bajo esa premisa, la emotiva ceremonia se llevó a cabo en la fecha del 1 de abril de 1984 con la Congregación de Madres Filipenses y la Parroquia de San Juan y Todos los Santos como padrinos de este hecho histórico.

Asimismo, durante aquellos primeros años, las características y mágicas estrecheces de la Judería cordobesa harían compondrían el inigualable entorno que la hermosa titular mariana de la Vera Cruz recorrería en rosarios de la aurora como el de la instantánea, en el que la Santísima Virgen era retratada a su paso justo en frente de la Iglesia de San Roque posiblemente en los primeros años de la década de los 80, momento en que seguiría vistiendo con gran sencillez, sin notables adornos, incluyendo el blanco en sus vestiduras y el rosa para su manto, considerablemente alejada de un estilo algo más sobrio.

Tan solo un año después del acto de bendición de su dolorosa, la hermandad se detuvo a pensar en los factores que ayudarían a crecer y evolucionar la reorganizada cofradía de la Vera Cruz, lo cual hizo pensar en las ventajas que una parroquia ofrecía para tal fin y que concluyó con la marcha de la Virgen del Dulce Nombre hacia el otro lado del río y la vista ya puesta en su nuevo hogar, que no sería otro que la Iglesia de San José y Espíritu Santo, que desde hacía tiempo ya acogía a la antigua Hermandad del Descendimiento. Desde allí ya tendrían lugar salidas procesionales gloriosas que presidiría una vez más la titular de la cofradía, tal y como demuestra la fotografía que acompaña estas líneas, en las que la Virgen, próxima ya a la Torre de la Calahorra, aparece ya sobre un paso en sustitución de las antiguas parihuelas y ataviada con un manto morado y saya de terciopelo negro bordada en oro con motivos vegetales.
En lo que respecta al titular cristífero de la cofradía, aunque el antiquísimo crucificado al que se rendía culto mucho tiempo atrás y en torno al cual se constituyó la antigua corporación se encontraba aún en el salesiano Convento de la Visitación, la renovada Hermandad de la Vera Cruz, se pone de nuevo en contacto con Dubé de Luque para confiarle ahora la talla de Nuestro Señor de los Reyes, el cual sería bendecido el día 8 de febrero de 1987 por el obispo de la Diócesis, José Antonio Infantes Florido. Para esta ocasión el Señor ya aparecía abrazado a su cruz en la Parroquia de San José y Espíritu Santo, con la Virgen del Dulce Nombre alzada en un altar desde el que parecía querer contemplar otro nuevo y certero paso hacia la Semana Santa de Córdoba en la que pronto les sería cedido su sitio en la jornada del Lunes Santo que ya no se comprende sin su presencia.





