Cruz de guía | El día que descarriló nuestro corazón y el alma se tornó de Esperanza ante la tragedia

Hay noches en las que la vida te pone de golpe frente a lo que de verdad importa. El accidente de Urda ha sido uno de esos hachazos que te dejan sin aliento, una de esas noticias que entran por la radio o por el móvil y te congelan el alma en un segundo. Ver romperse de esa manera a tantas familias que solo viajaban de vuelta a casa nos ha dejado a todos con un nudo en la garganta y una sensación de desamparo tremenda.

En medio de ese impacto, si algo ha vuelto a moverme por dentro —y de qué manera— ha sido la reacción de nuestra gente. De las hermandades, de los cofrades de a pie, de los barrios. Sin aspavientos, sin buscar la foto y sin discursos enlatados. Solo desde el dolor sincero. En cuestión de minutos, los perfiles de las cofradías de Sevilla, Córdoba, Jaén o Granada apagaron el ruido habitual del día a día para encender una vela, pedir por los que se han ido y acompañar en el silencio a los que ahora se quedan con las manos vacías. Nada tenía importancia ayer, ni los compromisos musicales que tanto alimentan el salseo cofrade, ni los proyectos patrimoniales, ni los procesos electorales. Solamente el grito desconsolado de la gente que sucumbió ante la inoperancia de los políticos. Aquellos que no regresaron esa noche a casa. Se volvió a repetir la tragedia.

Muchas veces nos perdemos en debates absurdos de capilla. Pero cuando el drama aprieta de verdad, te das cuenta de que la fuerza de una hermandad no está en la plata de sus altares ni en el lujo de sus enseres. Está en los bancos de un templo en penumbra donde varios hermanos se reúnen a rezar por alguien a quien ni conocen, está en las colas para donar sangre que se arman en un santiamén, en la llamada al de al lado para ver cómo encajar el golpe. Las hermandades están hechas de otra pasta. La que transmite el sentimiento de Esperanza ante la tragedia, la que consuela el dolor de la pérdida. Aquí estamos y estaremos.

No es vestirse de gala ni lucir túnica en primavera; es saber estar cuando todo se derrumba. Ante el desastre de Urda, nuestras corporaciones han hecho lo único digno que se podía hacer: arrimar el hombro desde la fe, ser hombro donde llorar y recordar a todo el mundo que, ante la muerte y el dolor, jamás caminamos solos.