Córdoba, Costal

Cuando el Hijo de Dios derrama su Gracia al universo

Recuerdo, Padre Mío, el caminar poderoso de tu cuadrilla avanzando camino de María Auxiliadora, glorificando la tarde del Jueves Santo, con tu barrio poblando la plaza de sus mayores y la esencia talegona mezclando sus aromas con el azahar de los naranjos. Y recuerdo una marcha empapando nuestras entrañas con el deseo irrealizable de sanar tus heridas…

¿Cuántas veces he rememorado aquél instante imposible de repetir?. ¿Cuántas he soñado con tu imaginero, con las manos que tallaron tu figura y me he preguntado en qué lugar de su espíritu habitaba la semilla de la fe que te engendró?. ¿De qué fuente de la otra orilla del océano manaba el agua del altar de sus devociones? ¿Plasmó en Tí el dolor de todo un pueblo que sufría su condena? Ahora, que se van a cumplir 400 años de tu llegada a mi universo. ¿cómo contabilizar las miles de almas que se han refugiado y alimentado de tu Divina Gracia?

Ocurre cada Jueves Santo de manera exactamente diversa. El mundo entero se agolpa en la orilla de tu Reino para precipitar sus oraciones en la Ribera de tu altar itinerante, el mismo en el que se refugian las oraciones de generaciones enteras que adoptan la forma maravillosa de la ofrenda más hermosa que pueda enraizar en la tierra, los espárragos de la humildad de tu gente. Suena la banda, tu banda y el capataz de tu navío llama a aquellos elegidos para llevarte en hombros por las calles de nuestra idiosincrasia.

Y el mundo entero se detiene para que tu Gracia fluya por calles y plazas y Córdoba contiene la respiración conocedora de tu luz cegadora y celestial es el maná que precisa para seguir latiendo al compás infinito de tu verdad absoluta e imperecedera. Porque cuando el Cristo de Gracia, el Divino Esparraguero, pisa el Alpargate, la Gloria misma se inunda del amor de Dios.