Cuando la tarde de primavera se convirtió en un sueño de Gloria y Cofradías

El cielo de Córdoba se abrió de par en par para convertir la tarde de primavera en un sueño de Gloria y Cofradías. La incertidumbre de los días previos se difuminó para dar paso a un azul pulcro e inmaculado que vaticinaba una tarde noche llena de aroma de incienso y música procesional que impresionaron con su esencia los cuatro puntos cardinales de la ciudad. En apenas media hora la ausencia se convirtió en plenitud. San Cayetano, Capuchinos y San Lorenzo. Tres barrios que acogieron en su seno a otras tantas salidas procesionales, dos de ellas amparadas por la tradición sobrevenida y una tercera que busca un hueco en el corazón de los cordobeses.

A las ocho de la tarde la Cuesta de San Cayetano se había convertido un auténtico hervidero a resultas de un barrio que no quiso faltar a la cita en el milagroso Niño Jesús de Praga que inició su salida inmediatamente después de la presentación en sociedad del diseño de la que será nueva capa de salida de Nuestra Señora del Carmen Coronada. Una magnífica pieza que obedece a la creatividad de Sergio Cornejo que sigue fielmente el inequívoco estilo marcado en el paso de la Emperatriz Cordobesa tanto en su orfebrería como en sus bordados. Con puntualidad británica la Cruz de Guía de la corporación carmelita se puso en la calle y tras de sí un sencillo pero perfectamente organizado cortejo del que formaban parte los niños de comunión del Colegio del Carmen, a cuyo alrededor sobraban los padres como suele ocurrir en estas circunstancias, y los miembros de la Juventud del Caído, comenzó su camino hacia Santa Marina, corazón de la feligresía, acompañando el paso del Niño Jesús de Praga que presentaba un interesante y original exorno floral, e iba acompañado por la siempre magnífica banda de cornetas y tambores Caído y Fuensanta, que comenzó su repertorio con sones clásicos como corresponde a una procesión de estas características y volvió a demostrar una vez más por qué es una de las mejores formaciones musicales en su estilo del actual panorama cofrade, una evidencia por más que no gocen de las ventajas del apoyo incondicional de buena parte de los medios de comunicación de la ciudad del cainismo. El Niño Jesús de Praga ha estrenado una nueva bola del mundo, una original pieza, donada por el grupo joven de la Archicofradía con dorado y estofado de Rafael Barón, orfebrería de Daniel Porras y diseño de Pedro José Sánchez Reyes. El orbe representa el mapa del mundo, con el mar estofado y la orfebrería sigue el estilo de las piezas de platería barroca cordobesa.

Instantes después de que el pequeño paso del Niño Jesús abandonase San Cayetano para adentrarse en el barrio de Santa Marina, en otro centro neurálgico de la religiosidad popular de la ciudad de Córdoba, Capuchinos volvía a convertirse en un vergel para dar cobijo a una de sus más bellas flores, La Reina de los Ángeles en sus misterios Gozosos, esa preciosidad que pasa lamentablemente desapercibida buena parte del año y que se convierte en protagonista indiscutible cuando el mes de María fluye con toda plenitud en las entrañas de la tierra de San Rafael.

Elegantemente vestida por Antonio Villar, y sobre la primera fase de su nueva peana, la Madre de Jesús de la Sangre abandonó Capuchinos a los sones de «Virgen de los Ángeles» magníficamente interpretada por la Banda de La Esperanza que nuevamente acudió a la cita para servir de contrapunto al impecable caminar de la cuadrilla que lleva a la Virgen, que congregó a un público más numeroso que en ocasiones precedentes, muestra inequívoca de que se están haciendo las cosas bien en Córdoba en lo que a devociones lefíticas se refiere. El cortejo, también más nutrido, avanzó camino de su antiguo hogar cisterciense, para volver a alimentar el sueño de que tal vez algún día vuelva a repetirse lo impensable.

La Reina de los Ángeles comenzó su devenir por el barrio de Capuchinos mientras buena parte de las miradas empezaron a dirigirse a otro de los barrios que atesora en sus entrañas una de las cuotas de religiosidad popular más importantes de cuántas se reparten por los rincones de esta Córdoba cristiana que algunos se empeñan en travestir de multicultural. La atención cofrade de este sábado de gloria, qué duda cabe, adquiría mayor interés si cabe, en torno a la Virgen de los Remedios que después de casi una vida volvía a hacer palidecer al cielo de Córdoba, esa misma ciudad a la que regala sus dones en forma de milagro desde que la memoria es memoria.

Precedida de un cortejo con un inconfundible aroma a clasicismo como corresponde a la Hermandad que ha afrontado el reto de ponerla en la calle, el Calvario, la Virgen de los Remedios se presentó a la Córdoba Cofrade elegantemente vestida por Francisco Mira, ataviada para la ocasión con una capa cedida por la hermandad del Carmen de San Cayetano y una saya bordada de María Santísima de la Caridad sobre el paso de la Divina Pastora de Capuchinos que presentaba un exorno floral netamente clásico. El cortejo que desarrolló un coqueto e interesante itinerario, que la llevó a San Pedro y la Magdalena, avanzó en medio de un considerable gentío que no quería perderse esta ocasión histórica, entre el evidente asombro de los miles de turistas que habían acudido a Córdoba para disfrutar de los archipublicitados patios y que literalmente alucinaban por la maravilla inesperada que encontraban ante sus ojos, pensando probablemente que en Andalucía todas las semanas las Cofradías se hacen con las calles. Turistas que volverán a vivir lo vivido, que no solo de geranios y gitanillas vive el hombre. Momento especial emotivo el que tuvo lugar en Juan Bernier donde una densa petalada se derramó literalmente sobre la Virgen. Un excelente repertorio desplegado por la igualmente excelente Amueci puso el resto, configurando un conjunto exquisito que se ha ganado con nota el derecho de incorporarse al nutrido y creciente calendario de Glorias de Córdoba, la Córdoba de María por obra y gracia de sus hermandades.