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Córdoba, El Rincón de la Memoria

Cuando Lorca vio a la Virgen de las Angustias

Existe, en el lenguaje más informal de la Córdoba Cofrade el término de “cofradías rancias”, término no necesariamente despectivo y asignado a las hermandades más antiguas de tradiciones igualmente longevas, con ese singular corte, sello e identidad inconfundibles que parece impregnarlas de principio a fin, facilitando, en cierto modo, que las generaciones más jóvenes sean capaces de transportarse a la Semana Santa de siglos atrás e imaginar esa profunda religiosidad, misticismo y sobriedad tan difíciles de hallar hoy en día. En ese grupo podríamos incluir, sin duda, a corporaciones tan sólidas y señeras como la de Jesús Caído, la Caridad o las Angustias.

En cuanto a esta última, cabe siempre destacar el incomparable grupo escultórico que la destreza del eterno Juan de Mesa hizo posible, tallando en sus últimos días de vida la que ha sido considerada en múltiples ocasiones como su obra maestra. Una obra maestra destinada a su ciudad natal, que tan bien la acogió y protegió celosamente en las épocas más turbias de nuestra historia, consciente de la gran herencia de la que había sido destinataria y a la que no tardaron en calificar, no sin razones, como la joya de mayor valor artístico de cuantas alberga la hermosísima Córdoba.

La extensa vida de la hermandad de San Agustín está plagada de leyendas, devoción y anécdotas que, con los años, fueron perfilándola hasta convertirla en una de las cofradías más prestigiosas y buscadas de la capital cordobesa. Entre todas esas historias, hoy nos centraremos en una curiosa donde las haya.

Nos remontamos, en un primer lugar, al año 1977, momento en que la extinguida publicación de Patio Cordobés dedicaba una de sus páginas interiores a un artículo del reconocido Miguel Salcedo Hierro, que comenzaba entrando en materia presentándonos a Manolo Carreño, “sin duda el último romántico. […] Es un amigo forjado a golpes de encuentros. Donde nos vemos nos hablamos: él, con el empaque de su innato señorío, representativo de una añorada bohemia”. Seguía ahondando Salcedo Hierro en la personalidad de su colega, al que acercaba al lector a sabiendas de lo que encerraban sus primeras líneas:

[…] Lo que le ocurre es que es tal la suma de sus conocimientos científicos y culturales – no olvidemos que es licenciado en Química y gran conocedor de la Literatura – que sabe aplicarlos con extraña habilidad a ese momento solemne del anochecer, que en toda Europa se coordina con la aparición de las “horas bajas” y que en Córdoba tiene la exacta denominación de “entre dos luces”: el instante de tomar en los dedos el cristal donde se contiene el primer vino – la primera luz – de la noche.

[…] Sus explicaciones son apasionantes y, a mayor abundamiento, las esmalta con citas cervantinas o barojianas y poesías de Manuel Machado – él lo llama Manolo porque fue amigo suyo –. También de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero. Yo le oí una noche recitar de memoria, sin dejarse atrás ni una letra, el artículo necrológico que los ilustres dramaturgos escribieron en 1930, con ocasión de la muerte del gran pintor cordobés.

Había que detenerse en ese punto, pues Manolo Carreño fue además, en su día, íntimo amigo de otro escritor de renombre, recordado donde los haya. No era este otro que Federico García Lorca. De él, Carreño era capaz de recitar una gran cantidad de poemas e incluso solía emocionarse al hablar de alguien de la talla del poeta. Cuando Lorca se dejaba caer por Córdoba – algo que por lo visto ocurría con considerable constancia – salía sin pensarlo al encuentro de Carreño para realizar una “ronda poética nocturna”, parándose entonces en los rincones más emblemáticos y bellos de la ciudad califal, donde, según dicen, Lorca “se extasiaba hasta el extremo de tener que plasmar instantáneamente su inspiración”.

Tanto era así que, en una ocasión, el granadino no titubeó a la hora de hacer un alto frente al Triunfo de San Rafael que hay junto a la Puerta del Puente. Allí, sacó un papel que colocó sobre una carpeta a la vez que apoyaba esta sobre la espalda de Carreño con el objetivo de improvisar un poema a nuestro querido custodio. El resultado fue a parar a las manos del propio Manolo Carreño, quien lo guardó con gran cariño conservando siempre el original, que se negó a entregárselo varias veces al propio Miguel Salcedo – quien pretendía fotocopiarlo – aunque, eso sí, con mucha mano izquierda, pues en su gesto se sobreentiende el afán de mantener la exclusividad del poema lorquiano.

Si bien no accedió a prestárselo a Salcedo Hierro, sí que se lo recitó, negándose nuevamente, a repetírselo e impidiendo así que el cronista cordobés pudiese memorizar los versos, repletos de belleza y de la propia esencia de Lorca.

Sin embargo, la noche del Jueves Santo del año 1973, Miguel Salcedo se encontró con Manolo Carreño cuando el primero regresaba de ver frente a San Pablo la salida procesional de Nuestra Señora de las Angustias. En ese instante, Carreño le hizo referencia a su reciente Pregón de la Semana Santa, sobre el que reconoció su mérito, aunque rematando con un “pero si nos hubiéramos encontrado antes te habría facilitado un dato que muy pocos saben y lo habrías podido incluir”. “¿Qué dato?”, le preguntó extrañado Salcedo, a lo que su interlocutor contestó:

Que una noche de Jueves Santo – lo mismo que ésta, pero hace ya cuarenta años – fuimos Federico García Lorca y yo, con otros amigos, a ver la salida de la Virgen de las Angustias de su templo de entonces: de San Agustín. Acababan de ponerle el palio y aquel año salía con él por primera vez. Era una primavera espléndida y la estábamos gozando a través de las rejas de Don Gome. Ante ellas nos detuvimos para ver pasar la procesión y observé que Federico estaba notoriamente impresionado: le había emocionado la belleza de la Virgen, el patetismo del Cristo, la magnificencia del “paso”, la devoción y el silencio de los nazarenos en la estrechez de la calle Muñoz Capilla, el estridente anunciamiento de la banda de cornetas y tambores y el cálido ambiente que nos subyugaba y se nos metía en el corazón. Federico echó mano a una libretilla que llevaba y escribió a lápiz una poesía muy corta, que también conservo en mi poder.

Ante un mensaje como ese, Miguel Salcedo Hierro se preparó dispuesto a no dejar pasar una oportunidad como aquella que se le había presentado. De modo que, haciendo un ejercicio mental de retentiva, sabedor de que Manolo Carreño se mantendría fiel a su costumbre de recitar las poesías una sola vez, logró aprenderse la deseada espinela llamada a convertirse en el lazo entre el insigne poeta y la espiritual Semana Santa cordobesa de aquel entonces:

Molde de la estrecha vía
dos hileras luminosas;
prisionera de las rosas
viene la Virgen María.
De plata y de pedrería
lleva las andas repletas
y a su paso, las saetas,
para su lujo y derroche,
se van clavando en la noche,
constelada de cornetas.

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