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El Capirote, Opinión, Sevilla

Cuestión de años

Observa uno las fotografías de hace décadas y se da cuenta de cómo, en un corto lapso de tiempo, hemos llegado a cambiar tanto que algunos aspectos nuestros son irreconocibles. Extraño era que alguien pidiera respeto al paso del Gran Poder o El Silencio, siendo hoy una tónica dominante -por no hablar de quienes se erigen como graciosillos y se ponen a toser sin motivo-. Uno se extrañaba cuando los flashes hacían acto de aparición y hoy lo que nos sorprende es que no haya aficionados disparando con sus móviles entrando en una especie de bucle que redefine una luz intermitente de todos aquellos pertenecientes a la generación de andar por la calle mirando continuamente sus celulares. ¿Se han dado cuenta de que cuando el teléfono estaba anclado sobre la mesa del salón uno era más libre que ahora?

Los años también nos hablan de modas, algunas de ellas indignas de ser perecederas. Las carreritas, los empujones o las montañas de sal -con pipas incluidas- que se amontonan mientras esperan el paso de una cofradía, imponiendo una penitencia evitable a quienes visten túnica y antifaz. ¿Y qué me dicen de los carritos? ¿Atravesando por lugares imposibles, intentando desafiar una marabunta humana deseosa de volverse y revolverse y montar un 2 de mayo? Mientras que algunos continúan enrocados en la situación del Martes Santo o un reajuste de horarios para mejorar el tránsito de las cofradías, ¿qué sentido tiene todo esto si quien acude a verlas tiene comportamientos nada favorables con respecto a la estación de penitencia de las corporaciones?

Hemos perdido el norte y, si me apuran, diré que hasta la educación. Y eso que no se ha mirado con lupa la miniferia que durante la Madrugada se instala a las puertas de Reyes Católicos, donde algunos aprovechan hasta para poner su reggaetón -para más INRI- y la fritanga haciendo más estragos en los abrigos que la cera del cortejo en los zapatos. Y ¿qué me dicen de las carreritas? Una explosión de juventud deseando causar estragos en la noche más hermosa, precipitando que pronto nos vayamos a casa por el temor a ser engullidos por la avalancha y los gritos. Y las plazas semivacías, las calles con un número ínfimo de personas.

Y todo esto en cuestión de años. Y no muchos.

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